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lunes, 17 de junio de 2013

EROS Y TÁNATOS

En su libro La potencia de existir, el filósofo francés Michel Onfray despliega un manifiesto hedonista en el que el cuerpo como principio de la razón y la política libertaria como praxis, se dan cita junto a una estética cínica y una "erótica solar". Esta última propuesta es un ataque directo a la forma en que hemos entablado relaciones con Eros en el occidente de los últimos dos milenios. Contra la entronización de la familia y el matrimonio como santa unión de la reproducción, la sexualidad y el amor. Contra la afirmación del deseo como falta, que atraviesa toda nuestra historia desde Platón a Lacan, Onfray quiere poner en funcionamiento una libido libertaria.

"Para eliminar la miseria sexual, acabemos con los razonamientos perversos que la hacen posible: el deseo como falta; el placer asociado a colmar esa supuesta falta a través de la pareja fusionada; la familia apartada de su necesidad natural y transformada en solución de la libido considerada como problema; la promoción de la pareja monógama, fiel, que comparte el mismo hogar cada día; el sacrificio de las mujeres y de lo femenino en ellas; y los niños convertidos en verdad ontológica del amor de sus padres. El afán de superar esas ficciones socialmente útiles y necesarias, pero fatales para los individuos, contribuye a la construcción de un eros liviano."



Sin embargo, es en la obra de Albert Camus donde el término "erótica solar" gana toda su profundidad. No en vano Onfray le ha dedicado el año pasado un libro a Camus, que todavía no ha sido traducido a nuestro idioma. El origen argelino de Camus le ha conferido al sol una importancia tal, que llegó a transformarse en uno de los actores principales en su libro más conocido: El extranjero.



Desde el principio de su vida, en los suburbios pobres de Argel y en una infancia de fútbol, playas y amigos, una infancia que se vivía en la calle y junto a la naturaleza, Albert Camus saboreó la afirmación del cuerpo en su relación indisoluble con la geografía que habitaba.

“La pobreza nunca fue para mí una desdicha: la luz difundía alrededor de mí sus riquezas. Hasta mis rebeliones estuvieron iluminadas por esa luz. Casi siempre fueron, creo poder decirlo honestamente, rebeliones para todos, y para que la vida de todos se elevara en la luz. No estoy seguro de que mi corazón estuviera naturalmente inclinado a este género de amor; pero las circunstancias me ayudaron. Para corregir una indiferencia natural, me vi colocado a mitad de camino entre la miseria y el sol. La miseria me impidió creer que todo está bien bajo el sol y en la historia; el sol me enseñó que la historia no lo es todo. Cambiar la vida, sí, pero no el mundo, del que yo hacía mi divinidad.”

Por supuesto, no hay allí necesariamente una erótica, aunque una disposición corporal sea indisociable de ella. Hay un espesor del cuerpo que solamente puede apreciar quien comienza por renunciar a la vida espiritual y puede encontrar en el cuerpo mismo algo de ese orden. “Se percata uno de que la vida corporal tiene sus matices y, aventurando un contrasentido, una psicología que le es propia.”

En las visitas que realizaba Camus a las ruinas romanas de Tipasa, a pocos kilómetros de Argel, asistimos a una comunión erótica con la naturaleza, a una desindividuación que nos trae el gusto de un dionisismo diurno   y solar. “Marchamos al encuentro del amor y el deseo. No buscamos lecciones, ni la amarga filosofía que se le pide a la grandeza. Fuera del sol, los besos y los perfumes silvestres, todo nos parece fútil."


"No puedo dejar de reivindicar el orgullo de vivir que el mundo entero conspira para darme. En Tipasa, ver equivale a creer y no me obstino en negar lo que pueden tocar mis manos y acariciar mis ojos." Allí, en este libertinaje de la naturaleza, el deseo se confunde con el entorno y puede dirigirse tanto a una mujer, como a una tibieza de la piedra. "Sólo hay un amor en este mundo. Estrechar un cuerpo de mujer es también retener contra sí esta extraña alegría que desciende del cielo hacia el mar."

Pero este orgullo de vivir, que se afirma en el presente y descree de la esperanza, no es un simple "viva la fiesta" contemporáneo. Camus lo afirmará explícitamente en una carta dirigida años más tarde a Michel Gallimard: "En última instancia, es el amor a la vida lo único que puede justificar a un hombre (la muerte no nos concierne, decía Epicuro). Por supuesto, el amor a la vida es lo contrario de la juerga y del boogie-woogie, o del viaje a ciento cincuenta kilómetros por hora.”

La apelación a Epicuro no es casual, la propuesta de Onfray también es deudora de la tradición epicúrea. En la relación con la muerte, con los dioses, con el cuerpo, con la pobreza frugal, con la naturaleza y con la amistad hay una fuerte impronta epicúrea en toda la filosofía de Albert Camus.

Y, sin embargo, la muerte sí nos concierne respecto a la lucidez que debemos tener frente a ella. Aunque nunca podamos experimentarla (y en esto Camus sigue al sensualismo de Epicuro), aunque nunca podamos más que asistir a la muerte de otro, sí tenemos conciencia de ella y somos presa del horror que nos provoca el estar tan fuertemente enraizados en la vida. “Tal debe ser la juventud: dura confrontación con la muerte, terror físico del animal que ama al sol.”


sábado, 9 de abril de 2011

MASTURBACIONES


Eros es una película compuesta de tres partes filmadas por tres grandes directores: Michelangelo Antonioni (Blow-Up; El eclipse), Steven Soderbergh (Sexo, mentiras y video; Traffic; Ocean's eleven, Che - El argentino) y Wong Kar Wai (In the mood for love; 2046).


Primera masturbación. El mediometraje de Antonioni se titula "Il filo pericoloso delle cose". Una pareja parece estar en el final del amor, allí donde todo es opresivo y el deseo comienza a retornar, pero esta vez para ser atraído por todo lo que no sucede ya entre ellos. Hay en el ambiente el tedio y la libertad que proporcionan la riqueza. Una necesidad mutua de ocupar otros espacios porque es lo demasiado amplio el lugar en que habitan. Como si no hubiera escapatoria y se pusieran a prueba los ritos que llevan al desconocimiento de lo más cercano.

En esa secuencia irrumpe Ella, es demasiado estereotipada (pero así es la figura del amor): de una hermosura natural inigualable, va de a caballo por la playa, vive sola en una torre antigua, es joven y está abierta al amor, también parece ser feliz. Así es que cuando él vislumbra esta nueva posibilidad, la sigue hasta la torre, se desean, se buscan, Ella se masturba sola mientras él mira desde la torre, antes de que baje a su habitación para el sexo conjunto, alegre, como una fiesta que no pudiera haber empezado sin esa relación primaria que tiene Ella con su propio cuerpo. Ella va a volver a ser feliz con su cuerpo desnudo en la playa, sola. Es desde esta apertura que existe la posibilidad del encuentro con el cuerpo de un otro, desde la apertura que Ella practica para-sí.




Segunda masturbación. La segunda parte se titula "Equilibrium" y allí Soderbergh nos presenta a una mujer soñada, a un soñador y al artífice de un desciframiento. El protagonista es el dueño de una agencia de publicidad que se encuentra sin nuevas ideas y está acosado además por un sueño recurrente en el que está con una mujer en una habitación, la ve bañarse, maquillarse, y no puede saber quién es. Todo sueño es un acto de autoerotismo, sobre todo cuando traemos nuevamente a una mujer a la misma habitación. Pero lo onírico tiene siempre un final, muchas veces abrupto, una interrupción. No hay aquí una masturbación explícita (la mujer del sueño tiene guantes en las manos), como en las otras dos secciones del film, pero sí dos masturbaciones veladas.

El nuevo cliente de la agencia de publicidad es un fabricante de relojes despertadores, y nuestro publicista piensa que sería un boom de ventas lanzar al mercado un despertador que permitiera dormir unos minutos más, inventa así la función snooze. Esta tecnología no solamente es un diferir del despertar, es ante todo una repetición del sueño. Permite interrumpir una y otra vez lo soñado, es decir: revivir y recordarlo. Dalí decía que dormía con una cuchara en la nariz para despertarse a la mitad de un sueño cuando la cuchara caía y así anotar o dibujar rápidamente su sueño.

Dr. Pearl es el psicoanalista del soñador y el protagonista de la segunda masturbación velada, la del voyeur. Mientras el publicista comenta su sueño en el diván, el Dr. hace todo lo posible por encontrar al otro lado de la ventana, un objeto de deseo que también adivinamos recurrente, que él espera tanto como su paciente aguarda su sueño.


Tercera masturbación. El de Wong Kar Wai es seguramente el relato más sólido y también más clásico. Se trata de un encuentro erótico y de un desencuentro amoroso. Los protagonistas son efímeramente exitosos en el apartado lugar social en que se encuentran: ella es una prostituta de alto nivel y el un aprendiz de sastre. El título de esta sección es "The hand" y es lo que marca la relación entre ellos. Ella lo masturba el día en que se conocen y esa va a ser la marca que los unirá de allí en adelante. Ella lo toca allí donde ninguna mujer lo había tocado y lo hace con una delicadeza y una firmeza que él creía imposibles. Pero el oficio del sastre también requiere de una habilidad manual extraordinaria, que se extiende sobre el cuerpo de los demás en forma de vestido. Hay una simetría entre sus oficios: los dos envuelven cuerpos ajenos. Él conoce las medidas de su cuerpo con sus manos de la misma manera que ella sabe de los cuerpos de sus clientes.

La mano es, además, lo más obsceno que hay en nosotros, porque es lo que está siempre a la vista: lo menos oculto, lo que tenemos por delante. Y es ella la encargada de adentrarse en lo prohibido, en el sexo siempre tapado por varias capas de ropa. Esa mano también puede tocar el rostro del otro, lo que identifica a quien tenemos frente a nosotros cuando está vestido. La única parte de nuestro cuerpo que no puede estar desnuda, porque la desnudez es el des-vestirse del sexo. El rostro, por su parte, posee la facultad de ocultarse a sí mismo aún durante su exhibición permanente.



domingo, 9 de enero de 2011

LA TRANSGRESIÓN

Montado entre la sexualidad y la muerte, el erotismo juega entre lo imposible y lo prohibido, lo atraviesa, lo trastoca, lo torna límite interno e inevitable. Eros se presenta haciendo a un lado sus máscaras de violencia, invitando, obligando a recorrer lo que separa lo sagrado de lo profano.

El modo de entender el erotismo para Georges Bataille está efectivamente ligado a las prohibiciones del asesinato y del incesto, a la interdicción de la profanación del cadáver y de la virgen. Así las sociedades se ordenan sobre los tabúes que ordenan y regulan los desenfrenos de las dinámicas corporales.

"Tal es la naturaleza del tabú: hace posible un mundo sosegado y razonable, pero, en su principio, es a la vez un estremecimiento que no se impone a la inteligencia, sino a la sensibilidad."






Pero la transgresión al tabú no es, como podría pensarse en un primer momento, un puro deshacer reglas, una vuelta a la violencia animal. Más bien, forma parte del ordenamiento en tanto se trata siempre de una transgresión reglada y complementaria a lo prohibido.

"La transgresión organizada forma con lo prohibido un conjunto que define la vida social. Por su parte, la frecuencia -y la regularidad- de las transgresiones no invalida la firmeza intangible de la prohibición, de la cual ellas son siempre un complemento esperado, algo así como un movimiento de diástole que completa uno de sístole, o como una explosión que proviene de la comprensión que la precede."
La explosión de la que habla Bataille es la de lo sagrado. La transgresión se da en el modo de la fiesta, por definición el evento de los excesos y de las excepciones a lo que regula la vida cotidiana o profana. Allí tomamos y somos tomados, despilfarramos, derrochamos, dejamos de lado la moderación que imponen las costumbres de la vida comunitaria, para transgedirlas también en el modo de la excepción comunal.




"La sociedad humana no es solamente el mundo del trabajo. Esa sociedad la componen simultáneamente -o sucesivamente- el mundo profano y el mundo sagrado, que son sus dos formas complementarias. El mundo profano es el de las prohibiciones. El mundo sagrado se abre a unas transgresiones limitadas. Es el mundo de la fiesta, de los recuerdos y de los dioses [...] La prohibición responde al trabajo, y el trabajo a la producción. Durante el tiempo profano del trabajo, la sociedad acumula recursos y el consumo se reduce a la cantidad que requiere la producción. Por excelencia, el tiempo sagrado es la fiesta."

La fiesta es para comenzar el momento de la consagración a la divinidad. Se puede sacrificar allí, como afirman Mauss y Hubert el alimento más preciado: el mejor animal o lo más selecto de la cosecha. Desde la óptica del mundo profano, se trata de un derroche, pero la significación cambia en la liturgia religiosa. De este modo Bataille afirma la relación indisoluble que existe entre religión y transgresión. El dogma religioso dicta las reglas que ordenan la transgresión, decide cómo y cuándo se realiza el shabbat y cuáles son los rituales del exceso.

"La dilapidación funda la fiesta; la fiesta es el punto culminante de la actividad religiosa. [...] La religión ordena esencialmente la transgresión de las prohibiciones."

Hasta aquí El erotismo de Georges Bataille.

Michel Foucault, en su "Prefacio a la transgresión" dialoga con el texto de Bataille y realiza unas aperturas de una delicadeza extraordinaria hacia Kant, Nietzsche, Sade. Atravesando la sexualidad por la muerte de Dios, que lleva a la experiencia interior batailleana, Foucault desarma algunas de las certezas que estaban presentes en El erotismo y se acerca unos pasos más hacia Blanchot entendiendo a la transgresión como una figura posible de la filosofía de la diferencia.

"La transgresión es un gesto que concierne al límite; es ahí en esa finura de la línea que se manifiesta el destello de su paso pero quizás también de su trayectoria total, su origen mismo. El trecho que cruza podría ser todo su espacio. El juego de los límites y la transgresión parece estar regido por una obstinación simple: la transgresión franquea y no cesa de traspasar una línea que detrás de ella pronto se cierra en una ola de poca memoria retrocediendo así nuevamente hasta el horizonte de lo infranqueable. Pero este juego pone en juego mucho más que estos elementos, los sitúa en una incertidumbre, en certezas pronto invertidas en donde el pensamiento rápidamente se desconcierta al querer captarlos."



"La transgresión no opone nada con nada, no hace deslizar nada en el juego de la risa ni busca sacudir la solidez de los cimientos; tampoco hace resplandecer el otro lado del espejo más allá de la línea invisible e infranqueable. Justamente porque no es violencia en un mundo dividido (en un mundo ético) ni triunfo sobre límites que borra (en un mundo dialéctico o revolucionario), la transgresión toma, en el corazón del límite, la medida desmedida de la distancia que se abre a aquel y dibuja el rasgo fulgurante que lo hace ser. En la transgresión nada es negativo. Ella afirma el ser limitado, afirma ese ilimitado en el que rebota al abrirlo por primera vez a la existencia. Pero se puede decir que esa afirmación nada tiene de positivo pues ningún contenido puede ligarla ya que, por definición, ningún límite puede retenerla. Quizás no es otra cosa que la afirmación de la separación. Aun así habría que desembarazar a esta palabra de todo lo que puede recordar el gesto de la ruptura o el establecimiento de una separación o la medida de un distanciamiento y dejarle solamente lo que en sí puede designar el ser de la diferencia."

sábado, 25 de diciembre de 2010

PARA ESTAS FIESTAS

Seguramente haya que seguir pensando sobre la unión de la excepción y el deseo. Se "pide un deseo" cuando se avista una estrella fugaz, o se ataja una pestaña, o se tira una moneda en una fuente. También están los pedidos de deseos que aparecen en esas excepciones pautadas cíclicamente que son las fiestas. Se piden tres cuando se cumple años. Y sobre todo en estas fechas, en las que todos entregan unos a otros tarjetas -ya no tarjetas, más bien sms o posteos en facebook- deseando "los mejores deseos". Quizás este último caso sea el más interesante porque allí el deseo queda abierto, sin especificarse ante la emergencia del pedido. Es sintomático, de todas maneras, que en la mayor parte de los casos los deseos "no se cumplen" cuando salen del ámbito de lo secreto. El deseo es ocultamiento o no es propiamente deseo.

Quiero dejar aquí, a modo de presente (lo que en este caso está a la vista) de fin de año, dos textos para acercarnos a aquello que el deseo indica. Así sea.

Georges Bataille: el deseo como apertura interior.

"El erotismo es uno de los aspectos de la vida interior del hombre. En este punto solemos engañarnos, porque continuamente el hombre busca fuera un objeto del deseo. Ahora bien, ese objeto responde a la interioridad del deseo. La elección de un objeto depende siempre de los gustos personales del sujeto; incluso si se dirige a la mujer que casi todos elegirían, lo que suele entrar en juego es un aspecto intangible, no una cualidad objetiva de esa mujer. Esa mujer podría no tener, si no nos afectase en nuestro ser interior, nada que forzase la preferencia. En una palabra, hasta cuando se conforma con la mayoritaria, la elección humana difiere de la elección del animal: apela a esa movilidad interior, infinitamente compleja, que es propia del hombre. El animal tiene en sí mismo una vida subjetiva, pero, al parecer, esa vida le es dada tal como lo son los objetos inertes: de una vez por todas. El erotismo del hombre difiere de la sexualidad animal precisamente en que moviliza la vida interior. El erotismo es lo que en la conciencia del hombre pone en cuestión al ser. Por sí misma, la sexualidad animal introduce un desequilibrio, y ese desequilibrio amenaza la vida; pero eso el animal no lo sabe. En él no se abre nada parecido a un interrogante."


Gilles Deleuze & Félix Guattari: el deseo productor.



"Si el deseo produce, produce lo real. Si el deseo es productor, sólo puede serlo en realidad, y de realidad. El deseo es este conjunto de síntesis pasivas que maquinan los objetos parciales, los flujos y los cuerpos, y que funcionan como unidades de producción. De ahí se desprende lo real, es el resultado de las síntesis pasivas del deseo como autoproducción del inconsciente. El deseo no carece de nada, no carece de objeto. Es más bien el sujeto quien carece de deseo, o el deseo quien carece de sujeto fijo; no hay más sujeto fijo que por la represión, El deseo y su objeto forman una unidad: la máquina, en tanto que máquina de máquina. El deseo es máquina, el objeto del deseo es todavía máquina conectada, de tal modo qué el producto es tomado del producir, y que algo se desprende del producir hacia el producto, que va a dar un resto al sujeto nómada y vagabundo. El ser objetivo del deseo es lo Real en sí mismo. No existe una forma de existencia particular que podamos llamar realidad psíquica. Como dice Marx, no existe carencia, existe pasión como «ser objeto natural y sensible». No es el deseo el que se apoya sobre las necesidades, sino al contrario, son las necesidades las que se derivan del deseo: son contraproductos en lo real que el deseo produce. La carencia de un contra-efecto del deseo, está depositada, dispuesta, vacualizada en lo real natural y social. El deseo siempre se mantiene cerca de las condiciones de existencia objetiva, se las adhiere y las sigue, no sobrevive a ellas, se desplaza con ellas, por ello es tan fácilmente deseo de morir, mientras que la necesidad mide el alejamiento de un sujeto que perdió el deseo al perder la síntesis pasiva de estas condiciones. La necesidad como práctica del vado no tiene más sentido que ese: ir a buscar, capturar, ser parásito de las síntesis pasivas allí donde estén. Por más que digamos: no se es hierba, hace tiempo que se ha perdido la síntesis clorofílica, es preciso comer... El deseo se convierte entonces en este miedo abyecto a carecer. Pero justamente, esta frase no la pronuncian los pobres o los desposeídos. Ellos, por el contrario, saben que están cerca de la hierba, y que el deseo «necesita» pocas cosas, no estas cosas que se les deja, sino estas mismas cosas de las que no se cesa de desposeerles, y que no constituían una carencia en el corazón del sujeto, sino más bien la objetividad del hombre, el ser objetivo del hombre, para el cual desear es producir, producir en realidad. Lo real no es imposible; por el contrario, en lo real todo es posible, todo se vuelve posible. No es el deseo el que expresa una carencia molar en el sujeto, sino la organización molar la que destituye al deseo de su ser objetivo. Los revolucionarios, los artistas y los videntes se contentan con ser objetivos, nada más que objetivos: saben que el deseo abraza a la vida con una potencia productiva, y la reproduce de una forma tan intensa que tiene pocas necesidades."

martes, 24 de agosto de 2010

ERÓTICA DE LO SUBLIME

En la filosofía empirista de Edmund Burke (1727-1795) las pasiones humanas tienen su origen en diversas afecciones corporales y pueden clasificarse en torno a dos grandes grupos. Las pertenecientes a la autoconservación y las pertenecientes a la sociedad.

"Las ideas de dolor, enfermedad y muerte nos llenan la cabeza con fuertes emociones de horror; pero la vida y la salud, aunque nos hagan capaces de sentir el placer, no causan tal impresión mediante el mero goce. Por consiguiente, las pasiones propias de la conservación del individuo se relacionan preferentemente con el dolor y el peligro, y son las pasiones más poderosas de todas."

Las pasiones de la sociedad pueden ser placenteras, entre ellas está el amor y todo lo relacionado a la "sociedad de los sexos". La belleza es una cualidad presente en los cuerpos que dispara la pasión amorosa. Pero -y ésta es la diferencia fundamental con la erótica platónica de El Banquete-, esta belleza no es aquello que en un primer momento nos atrae con más fuerza.

Las pasiones asociadas a la autoconservación son mucho más intensas, profundas, avasallantes. Nuestra vida está en juego, estamos amenazados de muerte y nuestro cuerpo reacciona defendiéndose de forma tal que se produce "la emoción más fuerte que la mente es capaz de sentir", esto es, lo sublime.

Lo sublime se da en el modo 'como si' de la amenaza, si de verdad nuestra vida corriera peligro no podríamos ser capaces de sentir ese 'horror delicioso', seríamos presa del puro y simple terror. Pero si estamos a cierta distancia de él, si contemplamos lo poderoso, lo infinito, lo grandioso, lo oscuro, el lugar donde el peligro acecha; entonces podremos sentir el deleite que proviene de lo que nos supera y nos aterroriza.

"Hay una gran diferencia entre la admiración y el amor. Lo sublime, que es la causa de la primera, siempre trata de objetos grandes y terribles; lo otro, de las cosas pequeñas y placenteras. Nos sometemos a lo que admiramos, pero amamos lo que se nos somete; en un caso nos vemos obligados a condescender y en el otro se nos halaga para ello."

¿Cómo es lo bello, aquello que nos causa amor? Pequeño, liso, delicado, está exento de lados oscuros, no depara grandes sorpresas, eso hace que nuestro cuerpo se relaje en su presencia. Amamos porque dominamos, porque el objeto se presenta sometido a nuestro poder.

¿Cómo funciona en cambio la erótica de lo sublime? ¿Por qué deseamos aún más fuertemente lo que nos amenaza? La infinitud, la magnificencia, la oscuridad, pero sobre todo el poder, que no es otra cosa que una potencia que está allí para destruirnos. La animalidad.

"Los sonidos que imitan las voces naturales e inarticuladas de los hombres, o de cualesquiera animales que sienten el dolor o un daño, son capaces de transmitir grandes ideas."

Someterse a la experiencia de lo poderoso no es ser dócil, ni tampoco transformarse en mero objeto de amor. Sino despertar, poner en juego allí todos nuestros instintos, todas nuestras experiencias de lo liminar, es ponerse en guardia y gustar el juego de la muerte.


No leí los libros ni vi las películas de la saga "Twilight". Sin embargo la erótica vampiresca (en general toda erótica monstruosa) me parece interesante para pensar. Relacionado con lo dicho creo que podemos dejar algunas líneas para retomar más adelante.

El vampiro se relaciona a lo sublime porque habita la noche, por su inmenso poder, por su carácter intempestivo, por su animalidad, por su posición ambigua respecto a la muerte, porque su presencia es una continua amenaza a la vez que la posibilidad cierta y aterradora de hacerse inmortal.

En este sentido, el vampiro -como tipología- siempre debe protagonizar historias que ya no podemos llamar "amorosas", que deberíamos nombrar como erótico-sublimes. Por supuesto el vampiro puede tener este tipo de relación solamente con un humano, él es su único alimento.