lunes, 23 de julio de 2012
NOAM CHOMSKY
miércoles, 4 de agosto de 2010
SÓCRATES BAILANDO SOBRE LA GRIETA

Leamos a Valéry:
"Habrán observado el hecho curioso de que tal palabra, que resulta perfectamente clara cuando se la escucha o se la usa en el lenguaje corriente, y que no da lugar a ninguna dificultad cuando es introducida en el tren rápido de una frase ordinaria, desbarata todos los esfuerzos de definición apenas la sacan de circulación para examinarla aparte, y cuando se le busca un sentido tras haberla sustraído de su función momentánea."
Las palabras son también grandes bestias somnolientas -como la Polis- que es preciso sacudir, volver a transformar en enigma. Sigue Paul Valéry:
"Resulta casi cómico preguntarse lo que significa exactamente un término que se utiliza a cada rato con plena satisfacción. Por ejemplo: tomo al vuelo la palabra Tiempo. La palabra era absolutamente límpida, precisa, honesta y fiel en su servicio, mientras cumplía su papel dentro de una proposición y era pronunciada por alguien que quería decir algo. Pero ahora está sola, agarrada de las alas. Y se venga. Nos hacer creer que tiene más sentidos que funciones. No era más que un medio, y ahora se ha convertido en un fin, en el objeto de un espantoso deseo filosófico. Se transforma en enigma, en abismo, en tormento del pensamiento..."
“-Conserva la calma, amigo. Me da miedo pensar qué es lo que realmente estamos diciendo.” le dice Sócrates a su interlocutor. Pues claro, el discurso sofista -al menos en boca de Platón- se place en deslizarse rápidamente por las palabras y no tarda en ofuscarse ante la insistencia de Sócrates, ante su espantoso deseo filosófico.
La fragilidad del concepto es evidente, y cuando la palabra se convierte en finalidad, todo el discurso se resquebraja inevitablemente. Hipias, alarmado amonesta al filósofo: “-Pues, ciertamente, Sócrates, ¿qué crees tú que son todas estas palabras? Son raspaduras y fragmentos de una conversación, como decía hace un rato, partidas en trozos.”
Filosofar es entonces este acto violento de detenerse en el lugar donde debíamos circular, de poner a prueba el puente que parece comunicarnos. Filosofar es divertirnos bailando allí donde se suponía que debíamos simplemente caminar. Volver a abrir la grieta de la significación.
"Cada palabra -sigue Valery-, cada una de las palabras que nos permiten cruzar tan rápidamente el espacio de un pensamiento, y seguir el impulso de la idea que se construye por sí misma su expresión, me parece una de esas tablas livianas que se ponen encima de un pozo, o sobre un grieta de montaña, y que soportan el paso del hombre en movimiento ágil. Pero que pase sin pesar, que pase sin detenerse -y sobre todo, ¡que no se divierta bailando sobre la delgada tabla para comprobar su resistencia!... El puente frágil de inmediato se tambalea o se quiebra, y todo cae en las profundidades. Consultemos nuestra experiencia; y hallaremos que no entendemos a los otros, ni nos entendemos a nosotros mismos, sino gracias a la velocidad de nuestro paso por las palabras. No hay que insistir en ellas, so pena de ver que el discurso más claro se descompone en enigmas, en ilusiones más o menos conscientes."
En palabras del mismo Sócrates: "De mí, según parece, se ha apoderado un extraño destino y voy errando siempre en continua incertidumbre."
miércoles, 21 de octubre de 2009
PENSAR CON LA LENGUA
Si digo "soy feliz" lo hago porque es una construcción gramatical que todos van a poder entender, y además sé que su significado también va a ser comprendido fácilmente.
Pero cualquiera puede decir "soy feliz" y no quiere expresar lo mismo que yo, mi felicidad no es cualquiera, es esta disposición fugaz en la que yo solo me encuentro.
Todo aquel que quiere realmente expresarse, entiende muy pronto que el lenguaje no le alcanza, pues cuando todos lo entienden, entonces nadie lo ha comprendido. El paso obligado es la búsqueda de un lenguaje propio, si es que tal cosa existe. Cuando uno lleva esto al extremo, puede transformarse en poeta, que es la concreción acabada de la persona que construye su propio lenguaje.
Pero el precio a pagar es que al poeta casi nadie lo comprenda. Pues de la misma manera que a él le requiere toda su vida llegar a expresarse de manera tan íntima, el lector también necesita de un cierto trabajo para salir de su lenguaje compartido y tratar de internarse en los nuevos significantes.
Cuando el lenguaje es arte, más que nunca, lo que está escrito no es lo que es. El ejemplo más conocido de esta afirmación es lo que se conoce como metáfora. Ella dice "no soy lo que digo". Pero todo el lenguaje se comporta de esta forma y toda obra de arte es re-presentación de otra cosa.
¿Qué es aquella otra cosa? Pues la misma persona que produce la obra no lo sabe con certeza. Porque ¿cómo ha de conceptualizar sin lenguaje? Apenas se intenta pensarlo, ya se lo está ocultando. Esto de alguna manera me hace acordar a Kant.
Entonces tenemos una obra que de alguna manera está ahí negándose a sí misma, diciendo "estoy en lugar de otra cosa, pero no puedo decirlo", como el Oráculo de Delfos, nada dice ni oculta, sino que indica por medio de signos. Y si esto es así, no tenemos entonces ni significado ni significante. Sólo hay algo en lugar de algo.
Y en medio de eso estamos nosotros, intentando hacer de ese símbolo algo que nos signifique algo.
Entendiendo, sobre todo, que la propia felicidad es incomunicable y que esto mismo es lo que la hace frágil y perecedera.
sábado, 12 de abril de 2008
PENSAR CON LA LENGUA

El lenguaje es aquello que a todos nos comunica y nos incomunica.
Si digo "soy feliz" lo hago porque es una construcción gramatical que todos van a poder entender, y además sé que su significado también va a ser comprendido fácilmente.
Pero cualquiera puede decir "soy feliz" y no quiere expresar lo mismo que yo, mi felicidad no es cualquiera, es esta disposición fugaz en la que yo solo me encuentro.
Todo aquel que quiere realmente expresarse, entiende muy pronto que el lenguaje no le alcanza, pues cuando todos lo entienden, entonces nadie lo ha comprendido. El paso obligado es la búsqueda de un lenguaje propio, si es que tal cosa existe. Cuando uno lleva esto al extremo, puede transformarse en poeta, que es la concreción acabada de la persona que construye su propio lenguaje.
Pero el precio a pagar es que al poeta casi nadie lo comprenda. Pues de la misma manera que a él le requiere toda su vida llegar a expresarse de manera tan íntima, el lector también necesita de un cierto trabajo para salir de su lenguaje compartido y tratar de internarse en los nuevos significantes.
Cuando el lenguaje es arte, más que nunca, lo que está escrito no es lo que es. El ejemplo más conocido de esta afirmación es lo que se conoce como metáfora. Ella dice "no soy lo que digo". Pero todo el lenguaje se comporta de esta forma y toda obra de arte es re-presentación de otra cosa.
¿Qué es aquella otra cosa? Pues la misma persona que produce la obra no lo sabe con certeza. Porque ¿cómo ha de conceptualizar sin lenguaje? Apenas se intenta pensarlo, ya se lo está ocultando.
Entonces tenemos una obra que de alguna manera está ahí negándose a sí misma, diciendo "estoy en lugar de otra cosa, pero no puedo decirlo", como el Oráculo de Delfos que nada dice ni oculta, sino que indica.
Y si esto es así, no tenemos entonces ni significado ni significante. Sólo hay algo en lugar de algo.
Y en medio de eso estamos nosotros, intentando hacer de ese símbolo algo que nos signifique. Que tienda un puente entre lo otro y lo propio.
Entendiendo, sobre todo, que la propia felicidad es incomunicable y que esto mismo es lo que la hace frágil y perecedera.


