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jueves, 9 de febrero de 2017

Imagen, percepción y verdad en la obra de Vik Muniz

El pintor construye, el fotógrafo revela
Susan Sontag


Una mirada filosófica sobre las obras de arte no pretende simplemente interpretar desde un conjunto de teorías las obras que un artista presenta. Por supuesto, determinadas herramientas teóricas nos permiten ver de otra manera una propuesta artística. Pero el encuentro con las obras debe movernos a conceptualizar nuevamente, a ampliar nuestro registro de lo sensible y a poner en juego los saberes previos. Es con este espíritu con el que nos acercamos a la obra de Vik Muniz, artista contemporáneo brasilero que problematiza a través de sus fotografías, la relación del espectador con el mundo de las imágenes. Poner en evidencia, hacer ver, llevar al lugar de la mostración, son operaciones a las que los artistas plásticos o visuales nos tienen acostumbrados. Después de todo, este tipo de obra de arte no es sino una materialidad presente a los ojos, afirmación más que acertada en el caso de Vik Muniz quien, si bien trabaja con diferentes materiales, presenta al espectador solamente la fotografía de sus obras. O, en todo caso, sus obras son imágenes fotográficas que evidencian la ausencia de la materialidad involucrada en el proceso productivo. En este sentido, intentaremos pensar junto con la obra de Vik Muniz problemas relacionados con la mímesis, su ambiguación y su multiplicación infinita. También abordaremos la cuestión de la imagen como ideología y en particular la constitución de la memoria como archivo fotográfico. Para los fines del presente trabajo nos limitaremos en casi todos los casos a las obras expuestas en la retrospectiva que se exhibió entre mayo y septiembre del año 2015 en el Centro de Arte Contemporáno del Museo de la Universidad de Tres de Febrero. 



Partamos de algunas evidencias básicas a las que nos enfrentamos en relación a las obras de Vik Muniz. Todas las obras presentadas son fotografías, la mayoría de ellas analógicas y algunas otras con diferentes técnicas digitales. Sin embargo, una primera impresión es que se trata de fotografías de sus obras y no de las obras mismas. Vemos una muy rica y variada utilización de materiales y técnicas de construcción de imágenes, pero las vemos siempre a través de la documentación fotográfica. Muchas de las obras tienen un formato tan grande que nos obligan a alejarnos de ellas para que se pueda formar allí una imagen reconocible (a la manera de algunos cuadros impresionistas) y a acercarnos para intentar ver si efectivamente se trata de una foto o está allí presente el material: recortes de revistas, chocolate, azúcar, hilo, papel. En todos los casos esa búsqueda del material sufre una decepción, se trata sólo de fotografías. Pero al acercarnos a la obra vemos también cómo fue compuesta la imagen: por infinidad de pequeños fragmentos de otras fotografías, de basura, de pigmentos, de alimentos, de tierra. Es, por otra parte, el modo en que Muniz elige nombrar a muchas de sus series: “Imágenes de alambre”, “Niños de azúcar”, “Imágenes de chocolate”, “Imágenes de hilo”, “Imágenes de diamantes”, etc. Con estas observaciones preliminares queda claro entonces que Muniz nos presenta fotografías cuyas imágenes tienen en muchos casos un complejo y laborioso proceso de construcción más cercano al de las bellas artes, que parece poner en crisis el preconcepto que tenemos sobre las fotografías como simples instantáneas de lo real. ¿Cómo están compuestas las imágenes que se nos presentan? Este es uno de los primeros interrogantes, uno de los más inmediatos con el que Vik Muniz mismo juega y hace jugar al espectador. Veamos entonces hacia dónde nos puede llevar este interrogante.

Monadismo

            En el año 2003 Muniz realizó un conjunto de trabajos cuya serie forma “Mónadas”. Se trata de imágenes compuestas por una infinidad de elementos similares que dibujan uno de ellos en gran tamaño: soldaditos de plástico forman la imagen de un niño soldado, monedas forman la imagen de una gran moneda, diversas flores forman una gran rosa blanca. Todos los elementos no son idénticos entre sí, varían en colores y formas, pero tienen una equivalencia, son los pequeños ladrillos de una construcción bidimensional con la que Muniz dibuja, generalmente abriendo espacios en blanco entre los objetos. En muchas otras series utiliza técnicas similares, en las series “Jeroglíficos”, “Imágenes de basura”, “Autorretratos” entre otras, Vik Muniz compone una imagen de gran formato con una multiplicidad de elementos pequeños que quedan en evidencia acercándose a la fotografía. ¿En qué sentido el concepto leibniziano de mónada puede aportar claves de lectura que exceden a la serie homónima?


            En primer término, los cuerpos tal como los vemos están compuestos de elementos más simples. De acuerdo a Leibniz “Cada parte de la materia puede ser concebida como un jardín lleno de plantas y como un estanque lleno de peces. Pero cada rama de la planta, cada miembro del animal, cada gota de sus humores es también como ese jardín o ese estanque. Y aunque la tierra y el aire, que hay entre las plantas del jardín, o el agua, que hay entre los peces del estanque, no son ni planta ni pez, contienen, sin embargo, otras plantas y otros peces, tan sutiles, empero, casi siempre, que no podemos percibirlos.” Parece ser una cuestión de escala lo que no permite percibir los cuerpos más pequeños. El trabajo de Vik Muniz en este sentido revela al espectador la multiplicidad constitutiva de todas las imágenes que se nos presentan, magnifica los detalles, logrando poner en primer plano el aspecto compuesto de las figuras. Es entonces el espectador, tal como lo mostraron los teóricos de la Gestalt quien completa las figuras y supone que tienen continuidad, que no tienen costuras ni partes heterogéneas. Este juego de la distancia entre el espectador y la obra es parte del efecto buscado por Muniz: nos acercamos y aparecen los elementos que componen la figura, nos alejamos y la figura reconocible vuelve a armarse ante nuestros ojos. ¿Qué sucedería si fueramos capaces de ver aún más en detalle esas imágenes? ¿Veríamos los componentes de los soldaditos de plástico también formados por una variedad de elementos más pequeños? La física contemporánea por supuesto ya nos da una respuesta más completa, aunque no total, a ese acercamiento de la imagen. No conocemos aún los elementos simples que componen lo real, ni las dinámicas complejas del mundo subatómico.


Soldado de juguete, serie Mónadas, 2003 (Detalle)



Pero propiamente hablando las mónadas son entidades anímicas con distintos grados de posibilidades perceptivas y su forma de interacción es muy distinta a lo que podríamos suponer, no hay comunicación exterior entre ellas, cada mónada está cerrada sobre sí misma y todo su conocimiento e intercambio con el mundo se da en el modo de la representación. Las monadas son entonces entidades con distintos grados de percepción cerradas sobre sí mismas ¿Cómo es que perciben si no tienen contacto con un mundo exterior a ellas, si no tienen “ventanas” según la famosa expresión de Leibniz? Contienen en sí todo el universo representado, pero la mayor parte de esa representación se encuentra oscurecida, de tal modo que sólo accede a una pequeña porción de realidad, a una pequeña perspectiva que le pertenece y la diferencia de todas las demás mónadas. Hay distintos grados de percepción (hay mónadas inorgánicas, animales con memoria y espirituales o humanas), pero en todos los casos cada una accede a un punto de vista único de la totalidad y la única mónada increada (Dios) es la que contiene la totalidad de los puntos de vista existentes y posibles. “Y así como una misma ciudad, vista por diferentes partes, parece otra y resulta como multiplicada en perspectiva, así también sucede que, por la multitud infinita de sustancias simples, hay como otros tantos universos diferentes, los cuales no son, sin embargo, sino perspectivas de uno solo, según los diferentes puntos de vista de cada mónada.” Este trabajo de multiplicar las perspectivas es parte de la problematización de la obra de Vik Muniz, son las mónadas racionales (los espectadores de la obra) quienes pueden multiplicar sus percepciones desde nuevos puntos de vista y hasta generarlos. En este sentido el trabajo de Muniz no hace más que obligarnos a ampliar nuestras posibilidades perspectivas que muchas veces tendemos a subestimar. Tal como afirmó en una entrevista realizada en el diario Página 12: “Cuando estamos en un museo o en una galería, estamos haciendo dos cosas en paralelo: estamos viendo arte y estamos pensando cómo estamos viendo, de qué manera estamos viendo. Es una actividad muy importante: allí se unen la percepción y el discernimiento. Y a partir de esa fórmula podés actuar de una forma distinta en todos los aspectos de la vida”. Efectivamente la percepción y el discernimiento son características específicas de las mónadas racionales, pero lo que no parece estar puesto en juego en ese discernimiento normalmente es nuestra capacidad para acceder al mundo que percibimos. Vik Muniz solamente nos presenta imágenes, retira el mundo y se trata, en muchos casos, de imágenes que fácilmente reconocemos, es decir, imágenes que ya estaban de alguna manera en nosotros vistas desde una nueva perspectiva.


Castillo de arena #10, serie Castillos de arena, 2014

        El trabajo de la serie “Castillos de arena” fue producto de una experimentación de cuatro años, hasta que en conjunto con un técnico especializado Muniz logró dibujar castillos con una máquina de rayos de iones focalizados (normalmente utilizada para reparar microchips) sobre pequeños granos de arena, luego de sucesivos escaneos para agrandar la imagen, presenta los castillos de arena en impresiones de gran tamaño. La escala infinitesimal de las imágenes revela la capacidad de albergar representaciones de los objetos más pequeños, se abre así ante nuestros ojos la posibilidad de micromundos tal y como están esbozados en el pensamiento leibniziano. Esta experiencia se complementa con la serie “Colonias” en la que Muniz compone imágenes con diferentes patrones utilizando microorganismos (células cancerígenas o infectadas por virus, bacterias, etc.), nuevamente en conjunto con el Massachusetts Institute of Technology. En ambos casos la apuesta es clarificar percepciones mínimas que podríamos tener, que de hecho llegamos a tener a través de la obra de Vik Muniz. Pero por supuesto no se trata simplemente de agrandar una imagen ya dada, castillos y patrones de bacterias son artificios evidentes que ponen en juego nuevamente nuestra relación con las posibilidades de la materialidad devenida imagen.   


Hígado (Hepatocitos) patrón celular 1, serie Colonias, 2014

Imagen del mundo

Debemos pensar entonces en todos los aspectos que involucra un mundo en el que los percipientes no pueden salir de sí mismos, un mundo en el que todos los seres tienen diversos grados de percepción y diferentes perspectivas desde las cuales se representan el mundo, aunque el concepto mismo de representación aquí pierde parte de su sentido, en tanto esa percepción es para estas mónadas la única presentación posible de los otros entes. Como afirma Gilles Deleuze en su libro sobre Leibniz y el barroco: “Al no existir el mundo fuera de las mónadas, se trata de pequeñas percepciones sin objeto, micropercepciones alucinatorias. El mundo sólo existe en sus representantes tal como están incluidos en cada mónada.” Participar de este juego de percepciones, del percibir y el ser percibido es formar parte de un juego de constitución mutua, en el caso de Leibniz coordinado perfectamente por la armonía preestablecida ordenada por la mónada divina. Pero lo que nos importa es ante todo lo que significa para nosotros constituirnos en torno a una diversidad de imágenes. En este sentido la obra de Vik Muniz juega permanentemente con la evidencia de lo que la imagen hace y rehace en nosotros, así como los modos en los que nosotros demandamos de la imagen para constituir una comprensión del mundo que habitamos.


En su ya clásica conferencia de 1938 Die Zeit des Weltbildes, Martin Heidegger caracteriza a la época moderna como la “época de la imagen del mundo”. En lugar de pensar que hay una imagen moderna del mundo, que cambió respecto a una imagen medieval o antigua, lo que sostiene es que la moderna es la primera época en la que el mundo se comprende como imagen. Sin embargo, no hay que leer este concepto rápidamente, es menester comprenderlo en el contexto de toda la conferencia de Heidegger. “Imagen del mundo, comprendido esencialmente, no significa por lo tanto una imagen del mundo, sino concebir el mundo como imagen. Lo ente en su totalidad se entiende de tal manera que sólo es y puede ser desde, el momento en que es puesto por el hombre que representa y produce. En donde llega a darse la imagen del mundo, tiene lugar una decisión esencial sobre lo ente en su totalidad. Se busca y encuentra el ser de lo ente en la representabilidad de lo ente.” Esta representabilidad de lo ente está asocidada intrínsecamente al desarrollo de la ciencia moderna como técnica de manipulación de lo ente y a un particular modo de ser del hombre que se configura como el manipulador de lo ente a través del cálculo, la planificación y el conocimiento entendido como tecnificación. La época de la imagen del mundo es la época de apresamiento y utilización de la materialidad del mundo. Afirma Heidegger que el término “imagen” hay que entenderlo como en la expresión ‘wir sind über etwas im Bilde’, o sea, ‘estar al tanto de algo’. “Hacerse con una imagen de algo significa situar a lo ente mismo ante sí para ver qué ocurre con él y mantenerlo siempre ante sí en esa posición.” La imagen del mundo entonces implica una manipulación del mundo, un mantener frente a sí desde el cual operar sobre el mundo. Se trata entonces de una puesta en presencia o de un evidenciar el mundo, una forma de revelar lo que el mundo es que se patentiza como imagen presente.


Ahora bien, si en la conferencia de Heidegger, el mundo como imagen es la manera en la que los hombres nos presentamos al mundo desde la modernidad y nos permite disponer a la vez de este mundo, en la obra de Vik Muniz asistimos a un “mantener ante sí” de la imagen que desarma y pone en crisis esta pretensión moderna de dominio del mundo. Sospechemos del mundo como imagen, de la constitución de la subjetividad moderna como polo de puesta en imagen del mundo, eso parece querer decirnos una y otra vez la obra de Vik Muniz. ¿Cuáles son los nuevos modos del mundo que nos aguardan una vez que quede en evidencia el artificio del mundo como imagen? El artificio implica todo un sistema de “mantener ante sí” y de ‘estar al tanto’, una continuidad de los modos de la imagen en el mundo moderno que organizan la experiencia permitiendo un acceso claro al mundo. La operación de Vik Muniz parte de la evidencia de que estamos inmersos en un mundo de imágenes y en lugar de intentar salir de alguna forma de él, nos invita a entrenar la mirada ya que el hombre no es simplemente el que dispone ante sí lo ente, sino quien es constituido como hombre en un complejo entramado de imágenes. Como afirmó Muniz en una entrevista reciente: “La idea de poder transmitir que las cosas no son sólo lo que ves, sino que hay mucho más, forma la base ética de mi trabajo. Las imágenes son mecanismos, son instrumentos complejos, y cuando empiezas a revelar una cierta complejidad dentro de una imagen, empiezas a instigar en el individuo la necesidad de mirar todo mejor." Esta concepción de las imágenes como mecanismos o instrumentos implica entonces una exploración de los modos en que estos mecanismos funcionan.

En la serie Postales de ningún lugar Muniz compone imágenes icónicas de ciudades turísticas (Buenos Aires, Río de Janeiro, París, Roma, New York), imágenes de postal, con cientos de recortes de postales de diferentes lugares que forman un gigantesco collage en el que reconocemos la imagen de la ciudad. Pero, a diferencia de lo que esperaríamos de una postal, no hay una sola parte de la imagen que esté “tomada” de la ciudad representada. Y, sin embargo, la función representativa cumple en parte su propósito a la vez que evidencia la trampa de la composición. Como en muchos otros casos Vik Muniz quiere lograr el peor truco posible, pretende revelarnos fácilmente el mecanismo que nuestra relación con las imágenes pone en práctica. ¿Qué es lo que esperamos de una imagen, en particular de una postal, sino la posibilidad de capturar un fragmento seleccionado del mundo? ¿Y qué encontramos en las postales de Vik Muniz sino la desposesión de aquello que aguardábamos? Tenemos en algún sentido lo que buscábamos, pero aparece desplazado, como en una especie de imagen onírica en la que el cielo de Buenos Aires está repleto de autos voladores e imágenes de la reina de Inglaterra. Sin embargo, nada debería ser tan claro respecto a una imagen, como un lugar geográficamente identificable y que además, todos podamos reconocer. Precisamente la imagen revela su artificiosidad, su construcción como un conjunto de citas de otros lugares que en muchos casos no podemos identificar. ¿Cómo es que esta operación se lleva a cabo? 



Río de Janeiro, Serie "Postales de ningún lugar"

El trazo y la materia

            Otras series están realizadas de forma similar: Imágenes en papel, Imágenes de revistas o Álbum componen imágenes en muchos casos fácilmente identificables, poniendo en evidencia desde el título de la serie hasta el tratamiento del trabajo, el collage o la superposición de imágenes anteriores, imágenes fuera de su contexto original que componen otras imágenes, como en el caso de las Postales de ningún lugar. Sin embargo, en muchos casos, por ejemplo en la serie de Imágenes en papel, quisiéramos acercarnos a tocar la superposición de las capas de papeles de distintos tonos o colores.


Viento del noreste, a la manera de Winslow Homer, serie Imágenes en papel, 2010


Winslow Homer, Northeaster, Óleo sobre tela, 1895

Más allá de otros ejes que analizar en estas obras y lo que su autor cuenta de ellas y su historia, no hay que pasar por alto lo que nos sucede como espectadores en relación a la materialidad anhelada. Es, en muchos sentidos, una decepción ante nuestras expectativas llegar a la conclusión de que esa multiplicidad de materiales que están frente a nuestros ojos, se escurren como arena entre los dedos para dejarnos ante sus presentificaciones fotográficas. Hay, en la obra de Vik Muniz, una puesta en ausencia de la materialidad, un retirarse de los sentidos táctiles hacia el proceso de producción de la obra, del que los espectadores sólo llegan a atisbar una idea a través del detalle fotográfico. Pero este proceso de desmaterialización se evidencia ya en el devenir histórico de la obra de Muniz desde sus comienzos. Comenzando con sus primeros trabajos como escultor (serie Reliquias de 1987), vemos un proceso en el cual los materiales comienzan a volverse más intangibles: esculturas de algodón, luego líneas de alambre, después hilo, más tarde granos de azúcar, o polvo. En todos estos casos, podemos ver un laborioso proceso de ejecución de la obra que involucra explorar materiales distintos, pero nuevamente se nos presenta en la exhibición solamente la fotografía. Lo fotografiado, que en un primer momento uno podría verse tentado en llamar “la obra propiamente dicha” queda en algún lugar mítico, pero materialmente desaparece para darle la primacía al registro fotográfico, para el cual está especialmente creada. En el caso de las Imágenes de alambre y las Imágenes de hilo vemos una experimentación en la idea de trazo, un dibujo material en el que nuevamente se nos revela que el lápiz u otro material típico utilizado para el dibujo oculta su materialidad que tiende a aparecer invisibilizada. En cambio, es evidente no bien prestamos un poco de atención, que el alambre o el hilo permiten a la vez que limitan una serie de trazos de las figuras dibujadas.


Caracol, serie Equivalantes, 1993



Los zapatos del artista, serie Imágenes de alambre, 1994


Valentina, la más rápida, serie Niños de azúcar, 1996


16.200 yardas, serie Imágenes de hilo, 1996 

“Yo no soy un innovador, me sirvo de técnicas y estrategias de producción visual muy tradicionales. Dibujo como todo el mundo, académico, básico, figurativo, y fotografío como quien hace una fotocopia, sin mucho photoshop ni nada de eso. Pero la conjunción de ambas cosas, dibujo y foto, tiene un efecto conceptual muy fuerte.” Estamos entonces en presencia de dibujos que, como afirma Muniz, recurren a modos tradicionales de representación, en muchos casos recurren a imágenes icónicas del mundo del arte o a objetos muy simples, como una silla, un par de zapatos, un gatito. En otros casos, el dibujo copia una fotografía (por ejemplo en Niños de azúcar) y el resultado es fotografiado nuevamente para la obra final. Debemos interrogarnos entonces sobre ese pasaje por el dibujo, que en casi todas las obras de Vik Muniz implica una exploración de los materiales con los que dibujar. Series como Imágenes de chocolate o Imágenes de nubes evidencian la variedad de materiales con los que se pueden realizar trazos, dependiendo cada uno de ellos de diversos procesos de aplicación, de herramientas de dibujo, de secado y fotografiado. Por un lado la posibilidad de utilizar cualquier tipo de material para dibujar, es parte de un recorrido lúdico que parece tener sus raíces en los principios de su obra escultórica. Por otro lado, la especificidad de cada uno de los materiales, que no sólo demanda técnicas diversas, sino que se relaciona con las imágenes de las obras poniendo de relieve que se trata de algo más que un medio expresivo. Esto se evidencia en particular en las series en las que imágenes de personas reales son compuestas con materiales diversos (azúcar o basura) que tienen una relación inescindible con la vida cotidiana y el trabajo de esas personas. El proceso entonces parece ir desde objetos y materiales cotidianos (alambre, basura, polvo, azúcar), que son utilizados como herramientas para dibujar o trazar figuras fácilmente reconocibles que luego son fotografiadas y generalmente expuestas en grandes formatos. ¿Qué implica entonces la transformación de materiales cotidianos en elementos de dibujo? ¿Qué sucede cuando estos elementos reunidos formando una figura son fotografiados y transformados definitivamente en “obras de arte”? 




Atlas (Carlao), Serie Imágenes de basura, 2008

Vik Muniz cree que el medio fotográfico utilizado y la consiguiente puesta en ausencia de la materialidad acercan su propuesta artística a la reflexión conceptual. “La fotografía es la última forma tangible de mediación entre la mente y todo aquello que yace más allá del alcance inmediato de nuestros sentidos. Constituye una idea materializada, muy efímera, absolutamente dinámica y eficiente, si bien es un objeto o algo situado allí, en el umbral que separa un objeto de una idea.” Ni pura idea, ni puro objeto; ni pura abstracción, ni pura materialidad concreta, la fotografía es el umbral que puede revelar nuestra relación con la materia: las extenuantes jornadas en las plantaciones de azúcar o en el basurero municipal que modelan y constituyen los cuerpos de los trabajadores, aparecen ahora transfigurados. Esa misma materia que, dispuesta para la representación, intenta cambiar la relación de las personas con su vida diaria. Y a la vez, las fotografías de Vik Muniz pretenden revelar nuestra relación con la representación misma, con la proliferación de imágenes que terminan por conformar un mundo en el que vivimos. En la película documental Wasteland vemos este intento de Muniz por cambiar la vida de las personas que recogen y seleccionan basura, mediante esta técnica de la transubstanciación que transforma basura en arte. Su propósito es cambiar la vida de las personas con el mismo material con el que trabajan todos los días. Una primera lectura podría sugerirnos que la conversión en arte, salva, que la desmaterialización y la puesta en imagen, salvan, que  la materialidad enferma y la imagen salva. Sin embargo, no se trata de oponer materia a imagen. Justamente el trabajo de Muniz pone en estado de problema lo que sucede entre materia e imagen y el papel de la representación. La relación lúdica con la materia, el dibujar con cualquier material que se encuentre a la mano, es radicalmente distinta a la relación productivo-laboral con la materia. De ahí la puesta en crisis de lo que un objeto con un sentido muy específico supuestamente es y lo que puede llegar a ser, en la estela del ready-made pero esta vez con un grado de trabajo artesanal importante sobre el material ya existente. Producir imágenes permite entonces volver a significar el mundo a nuestro alrededor, no para llegar a un significado más verdadero o esencial, sino por el cambio mismo que reporta “mirar desde otro lugar” o “mirar con otros ojos”. En este caso Vik Muniz involucra en el proceso de la obra a aquellos cuya vida pretende cambiar.   “Yo estoy intentando crear arte, e influenciar individuos a través de la imagen ya no es suficiente. Yo quiero crear individuos, crear un nuevo tipo de individuos, y creo que hay posibilidad de hacerlo, haciéndolos productores de cosas. No se trata sólo de ver dibujitos animados: haz los tuyos propios. No se trata sólo de ver imágenes, puedes producir tú mismo esas imágenes, fotografiarlas, manipularlas. Lo puedes hacer con cinco años, en el colegio, y eso lo vas a asimilar y va a ser totalmente diferente del niño que sólo aprende a leer y escribir.”

 Visión, política y verdad

            En su análisis sobre la relación entre ocularcentrismo e ideología, Martin Jay da cuenta de la importancia de la visión como la metáfora privilegiada del conocimiento y, en este sentido, de una de las definiciones del concepto de ideología de Karl Marx, como una imagen invertida tal como sucede con la camera obscura. A esta visión distorsionada, se opondría una visión clara que se corresponde con lo que realmente sucede una vez quitados los velos ideológicos. Pero esta tradición ocularcentrista de la que Marx participa fue discutida y destronada desde diversos frentes. Algunos religiosos, en los que la palabra toma la primacía sobre la imagen, otros con tintes deconstruccionistas que pusieron el acento en la imposibilidad de llegar a tener una imagen “original” es decir, no distorsionada de una u otra manera. Sin embargo Jay no acuerda plenamente con las críticas deconstruccionistas del ocularcentrismo: “A pesar de su resuelto quebrantamiento de muchos de los supuestos fundamentales del pensamiento occidental, a pesar de su asedio -en el sentido derrideano de sacudir, pero dejando en pie- a las jerarquías tradicionales de ese pensamiento, y a pesar de toda su autoproclamada sedición, se hace difícil no llegar a la conclusión de que la alternativa desconstruccionista a la desacreditada versión ocularcentrista de la crítica de la ideología es en sí misma insuficiente.” Esta crítica interna al ocularcentrismo occidental parece movilizar en parte el trabajo de Vik Muniz. No porque quiera abandonar la centralidad de la imagen en la construcción de significación en nuestra vida, sino porque varios de sus trabajos dejan en evidencia los mecanismos de engaño y tergiversación a los que estamos sujetos como espectadores pasivos e ingenuos de las imágenes que se nos presentan. Si bien Vik Muniz no se reconoce como un “artista político”, muchas de sus obras pretenden poner en movimiento reflexiones sobre nuestro modo de relacionarnos con las imágenes, con intenciones que claramente podemos denominar “políticas”. Desde las temáticas de las series que se refieren a condiciones de trabajo de vulnerabilidad extrema, a guerras o a los inmigrantes africanos que pierden sus vidas en el Mediterráneo (Lampedusa), Muniz no deja de tocar problemáticas contemporáneas de una forma impactante. Sin embargo es consciente de las limitaciones que este tipo de intervenciones pueden provocar: “Está claro que las personas no van a generar conciencia sociopolítica a través de tus obras. Seguramente ni les pase por la cabeza, pero es un principio, un comienzo.” Claramente este “generar conciencia” no se refiere simplemente a enterarse de que estas crudas realidades ocurren diariamente en el mundo que habitamos. Es seguramente más importante el trabajo crítico que establece la obra con el espectador y la revisión que debe hacer en su relación con los modos de recepción de las imágenes, en particular de las fotografías.


Lampedusa, obra presentada en la Bienal de Venecia de 2013

       Si acercamos el trabajo de Vik Muniz a la crítica del ocularcentrismo no es, como ya afirmamos, porque se pretenda salir de él, como si hubiera un afuera posible. Como afirma Martin Jay, así como se presentan a la vista las seducciones del mercado y las formas de la vigilancia, también el imaginario social puede crear nuevas formas de comunidad y nuevos órdenes sociales posibles. En otras palabras, si pretendemos accionar a favor de un cambio social, no debemos simplemente mantener una distancia crítica respecto a las imágenes que se nos presentan porque son vehículo privilegiado del engaño ideológico; debemos también ser capaces de utilizar las imágenes para contribuir a una conciencia crítica y a una creatividad productora de lo nuevo.

            Una de las apuestas más interesantes que intenta poner en estado de cuestión nuestra relación que tenemos con las fotografías como archivo de una época, es la serie “Lo mejor de Life”, uno de los primeros trabajos de Vik Muniz en 1988. Basándose en un libro que había tenido y luego perdió con una selección de las mejores fotos de la revista Life, Muniz dibujó de memoria esas fotos icónicas de diversos sucesos históricos. Los dibujos fueron luego fotografiados fuera de foco y en una primera aproximación a las obras, no es fácil notar que no son las fotografías originales. Solamente después de una atenta mirada, se empiezan a notar detalles que parecen evidenciar que no estamos frente a fotografías que documentan lo sucedido, sino frente a versiones dibujadas de las fotografías, con más diferencias de las que podríamos sospechar. Al comparar las fotografías originales con los dibujos realizados por Vik Muniz, vemos que esas diferencias son sustanciales y nos cuesta aceptar la credulidad de nuestra primera mirada. La frase de Nietzsche que elige Jonathan Crary como epígrafe del capítulo cuarto de Técnicas del observador, es más que reveladora: “Nuestro ojo encuentra más confortable responder a un estímulo dado reproduciendo una vez más una imagen que antes hubo producido muchas veces que registrando aquello que es diferente y nuevo en una impresión.” La percepción entonces está preñada de memoria, al mirar estamos rememorando y reconociendo (en este caso de un modo parcialmente falso) la imagen que tenemos delante. Como ya afirmamos, Vik Muniz utiliza imágenes conocidas en muchas de sus obras, teniendo en cuenta el reconocimiento del espectador y a partir de allí despliega su juego. Así como en la serie Postales de ningún lugar es el espectador el que reconoce la imagen de la ciudad (que no está allí como tal), en este caso también es el espectador el que tiende a reproducir una percepción de conjunto de un modo que sin dudas podemos llamar conservador.



Representaciones de la memoria: Hombre deteniendo a un tanque en Pekín, serie Lo mejor de Life, 1988.


Foto original, revista Life




              
Representaciones de la memoria: Beso en Times Square, serie Lo mejor de Life, 1988.


Foto original, revista Life

            Este carácter conservador de la percepción cobra una relevancia mucho mayor en relación a la fotografía. Porque desde sus comienzos, ganó un lugar en el imaginario y las prácticas como una forma de documentación inigualable de la realidad. Accedemos a través de la fotografía a momentos únicos que de otro modo se hubieran perdido y la existencia del registro fotográfico constituye una prueba contundente que conforma un archivo histórico en muchos casos indispensable para probar que tales o cuales hechos realmente sucedieron. Sin embargo la obra de Vik Muniz continuamente pone en crisis esa función de la fotografía. En el caso de esta serie de trabajos, hay una primera indistinción ¿dibujo o fotografía? ¿artificio o realidad? Es claro que esta dicotomía es falsa. No podemos ya aceptar que algo así como la realidad sea lo que la fotografía nos muestra y tampoco podemos oponer entonces al dibujo como un artificio. En el primer caso estaríamos desconociendo el trabajo del fotógrafo: la selección, el encuadre, la composición, el marco en el que esa fotografía nos es presentada, pero también estaríamos desconociendo la relación que esa fotografía tiene con su contexto y con nuestra memoria en relación a otras imágenes. Muniz es muy consciente de esta pretensión que tenemos cuando miramos una fotografía: “Mi trabajo constantemente juega con la idea de pruebas y documentos en tanto incorpora los ímpetus primarios de la fotografía como una resaca temática.” Sobre la demanda de ser sostén de una mímesis lo más ajustada posible de la realidad, recibimos señales que no sólo parecen no corresponderse al mundo, sino que dejan en evidencia nuestra participación activa en esa construcción.

En el clásico texto de Walter Benjamin sobre la fotografía y el cine como formas de arte post-auráticas, la relación entre documento histórico, lucha política y fotografía queda explicitada del siguiente modo: “Las tomas fotográficas comienzan a convertirse, con Atget, en elementos de prueba del proceso histórico. Esto constituye su secreta significación política.” El receptor tiene que interpretar esa foto, es puesto en movimiento político y los textos que acompañan las fotos en los periódicos quieren direccionar esa interpretación. La primacía del valor de exhibición que predomina en la foto, hace de ella un particular escenario de la lucha política. La foto moviliza y lo hace hacia un lado o hacia otro. Esa recepción de las fotografías como documentos históricos está no solamente dirigida por los epígrafes de las fotografías en diarios y revistas sino, como afirmamos, por la memoria colectiva e individual que terminan de armar la percepción y de dar sentido a esas imágenes. La serie The Weimar file da cuenta de cómo se direccionan las interpretaciones de las fotografías como pruebas documentales. Como consecuencia de un caso en el que un conjunto de fotografías alemanas de la primera mitad del siglo XXI que fue vendido a un escritor especializado en libros de espionaje, Vik Muniz tomó cientos de fotografías que, exhibidas en conjunto y sin epígrafe ninguno que nos oriente, invita a armar un rompecabezas de historias de espías, experimentos científico-militares y contrainteligencia.


Exposición de la serie The Weimar file


Fotografías de la serie The Weimar file

            En este caso la fotografía funciona en serie con otras fotografías y permite armar una narración. Mejor dicho, obliga al espectador a hilar una narración que siga las pistas y sugerencias que permita tender puentes entre objetos sueltos que parecen no tener sentido por sí mismos y fotos de personas o lugares intervenidas con anotaciones que pueden dar a entender que fueron utilizadas para reconocimientos de distinto tipo. Tal como Benjamin indicó respecto a las fotografías de Atget, el juego del detective y del espía está involucrado en el proceso mismo del espectador. Reconocimiento, archivo, documentación, explicación de los hechos, se suceden vertiginosamente en el imaginario ante esta proliferación de fotografías que sólo pueden cobrar sentido por sus referencias a imágenes similares. “Cada vez que reconoces una imagen significa que estás tratando con su doble, con algo que ya has visto con anterioridad, tal vez en muchas ocasiones. Y cada vez que la vuelves a ver, lleva consigo el contexto de cada uno de los encuentros anteriores.” Aunque en este caso no se trata, como en Lo mejor de Life, de reconocer las mismas imágenes, sí se leen en el contexto de un imaginario que nunca está ausente del acto perceptivo. El sujeto no está solo en su percepción, sino que lleva con él las herramientas culturales y políticas de las que pudo hacerse durante su historia. Podemos afirmar entonces que el reconocimiento involucrado en la percepción, lo que llamamos más arriba el conservadurismo del espectador, se acentúa en el caso de las fotografías que presentan un cariz documental, e incluye todo el acervo de saberes que exceden la simple coincidencia de formas, trazos y tonos.

Funciones y posibilidades de las imágenes

            De acuerdo a lo que hemos afirmado, la obra de Vik Muniz es una apuesta crítica, lúdica y reflexiva en torno a las imágenes y nuestra relación con ellas, los modos en los que se configuran mundos o experiencias posibles. La movilización del espectador al que se le revelan los mecanismos del engaño, lo lleva a preguntarse por el mundo que lo circunda y por el grado de realidad que su particular perspectiva parece constituir. Para poder aclarar cierta confusión posible respecto a las relaciones complejas entre imagen y realidad y pensar el papel del arte y de la fotografía en este escenario, hagamos uso de algunos conceptos de Jacques Rancière. En una conferencia del año 2001 articula parte de estos interrogantes de la siguiente manera: “¿De qué se habla y qué es lo que se nos dice, en términos exactos, cuando se afirma que a partir de ahora ya no hay realidad sino sólo imágenes o, a la inversa, que a partir de ahora ya no hay imágenes sino sólo una realidad que permanentemente se representa a sí misma?” Parecería que en cualquiera de los dos casos estamos atrapados en una dimensión en la que no hay descentramiento posible respecto de los modos de percepción y experiencia. Una realidad tan presente a la experiencia que no permite su mímesis, o un régimen de representación tan potente que perdemos todo contacto con la realidad. Sin embargo, es en este contexto en el Vik Muniz presenta sus obras de arte, su particular modo de producción de imágenes fotográficas capaces de trastornar los automatismos del espectador. Debemos pensar entonces, como mínimo, en distintas funciones y posibilidades de las imágenes. Sigamos nuevamente aquí a Rancière para diferenciar entre una pretensión de semejanza y una alteración de esa función. “’Imagen’ significa entonces dos cosas distintas. Está por un lado la relación simple que produce la semejanza de un original: no se trata necesariamente de su copia fiel, sino simplemente de lo que alcanza para producir sus efectos. Y está el conjunto de operaciones que produce lo que llamamos “arte”, o sea, precisamente una alteración de la semejanza.” Aunque Rancière cree que la fotografía puede tener pretensiones de ‘archi-semejanza’, por ser la emanación misma del objeto la que capta la cámara, no es el punto que nos interesa pensar aquí en relación a la obra de Vik Muniz. Sí es pertinente en cambio este distingo entre una imagen y una imagen artística en tanto que esta última produce un distanciamiento respecto a la semejanza, juega con la semejanza, pone en evidencia la pretensión de semejanza de las imágenes. Justamente cuando la fotografía pierde, aunque más no sea parcialmente, esa demanda de constituirse en el sucedáneo de la realidad, en la prueba documental irrefutable de que algo ha sucedido, entonces es que se puede comenzar a hacer arte con ella. Esto es, se pueden comenzar a realizar composiciones formales y apuestas estéticas que no estén vehiculizadas por su función mimética, pero que tampoco pueden desconocerla. Por estos motivos, una particular combinación de estas búsquedas estéticas con un descentramiento crítico de la función de la semejanza, es el campo fértil en el que Vik Muniz despliega su trabajo.


Nube Nube, Manhattan, serie Imágenes de nubes, 2002

            A la hora de pensar cómo un determinado régimen de la imagen puede modificarse desde la praxis artística, Rancière parece acercarse al modo en que estuvimos analizando las obras de Vik Muniz, al afirmar que “la tarea del arte consiste entonces en jugar con la ambigüedad de las semejanzas y la inestabilidad de las diferencias, operar una redisposición local, un reordenamiento singular de las imágenes en circulación. En un sentido, la construcción de estos dispositivos pone al arte a cargo de las tareas que anteriormente le correspondían a la ‘crítica de las imágenes’.” En la serie Imágenes de nubes, este juego con la ambigüedad de las semejanzas es más que evidente. Las fotografías son literalmente (como en la mayor parte de los títulos de las series de obras de Muniz) lo que se describe. Sin embargo, son a la vez evidentemente otra cosa, un juego con la imagen estereotipada de la nube. Una puesta en escena de la expectativa que el espectador tiene respecto a la fotografía, que funciona como crítica de la imagen y amplía en un mismo movimiento sus posibilidades creadoras.




miércoles, 23 de diciembre de 2015

VERDAD Y MÉTODO EN WALTER BENJAMIN

Existen fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad científica “verdades” de un tipo completamente diferente con las más diversas etiquetas.
Friedrich Nietzsche

Conocemos el enorme escenario de conflictos sociopolíticos que signó a Europa durante la primera mitad del siglo XX. No podemos dejar de mencionar las dos grandes guerras, el ascenso de los fascismos y las revoluciones comunistas. Sabemos también que la magnitud de estos sucesos, así como la enormidad de las matanzas cometidas, tuvieron a la base un desarrollo científico-tecnológico sin precedentes. Fueron consecuencia directa del avanzado estadio técnico tanto las bombas atómicas arrojadas sobre la población civil japonesa, como la puesta en marcha de la “solución final” (Endlösung der Judenfrage) planificada y ejecutada de acuerdo a un modelo de producción industrial. Pero aún más allá de estas inconmensurables atrocidades, podemos afirmar que la encrucijada histórica de esos años en Europa no pudo haber tomado esas dimensiones ni esos derroteros si un continuo y cada vez más acelerado avance de la ciencia y la tecnología no hubiera generado enormes cambios en los modos de vida de sus habitantes. De alguna manera la promesa de la Ilustración, el indefinido progreso moral y material, había concluido en una catástrofe sin precedentes.

En ese convulsionado panorama son pocos sin embargo los que se atrevieron a sostener una actitud crítica respecto a la forma de pensar cómo se produce el conocimiento, que consecuencias sociales y políticas conlleva o cuáles son las fronteras de lo que puede ser considerado verdadero, tanto en el nivel de las ciencias naturales como en el de las humanas. Sabemos que una de las tradiciones más fuertes en el ámbito de la epistemología, el positivismo lógico, enraíza históricamente en estos momentos. Para esta corriente de pensamiento, el conocimiento científico debe revestir características que se le asignan a las denominadas “ciencias duras”: universalidad, forzocidad, formalidad, neutralidad ética[1]. Privilegiando una historia interna de la ciencia, el neopositivismo se ocupó de organizar el lenguaje científico de tal forma que nada externo a ella interfiriera en la búsqueda del conocimiento. El progreso ilimitado que propuso la Ilustración y que fue refrendado por el positivismo, encontraba aquí entusiastas epígonos que allanarían el camino hacia una acumulación de conocimientos y un acercamiento continuo hacia la verdad[2].



            Walter Benjamin compartió con varios de los positivistas lógicos la grave situación económica y social de la República de Weimar y el ascenso del nacionalsocialismo al poder. Como muchos de los que se agrupaban en el denominado Círculo de Viena, tuvo que huir de las zonas de influencia de Alemania a medida que se multiplicaban las persecuciones y sabemos que su trágica muerte en Port-Bou, fue consecuencia de los contratiempos que sufrió en su desesperado escape de la Gestapo. Sin embargo, allí se detienen las semejanzas. Benjamin se distingue explícitamente de toda raigambre positivista y encontramos en cambio coincidencias con los desarrollos que más tarde haría la tradición de epistemología francesa (Bachelard, Canguilhem, Foucault). Aunque no es nuestra intención afirmar que Benjamin haya sido un epistemólogo, sí queremos hacer énfasis en sus formulaciones y problematizaciones explícitas sobre este campo: el conocimiento, la verdad y el método fueron parte importante de sus reflexiones. Entendemos que sus concepciones filosóficas, estéticas, históricas y políticas estuvieron atravesadas por la emergencia de teorizar lo que iba construyendo un pensador original como pocos. Sus reflexiones sobre el conocimiento no tuvieron como origen el intento de poner a prueba los resultados de una comunidad neutral de investigación o la pretensión de encontrar la fórmula que permita distinguir al conocimiento científico del pseudocientífico; Benjamin tuvo que ensayar métodos novedosos en el contexto de una lucha política que fue crucial no solamente para él sino para el destino mismo de Occidente. Hemos afirmado que estas reflexiones tienen puntos en común con la epistemología francesa, pero no pueden reducirse a ella y creemos que tienen aportes originales para contribuir a una epistemología ampliada. La finalidad de este breve trabajo es intentar señalar algunos de estos aportes y entendemos que es una investigación que merece ser profundizada.

            Lo que constituye la singularidad de Benjamin es la heterogeneidad de influencias que fueron conformando su pensamiento y el atravesamiento histórico particular en el que se encontraba. La tradición mesiánica judía fue desde su formación universitaria y en adelante a través de su amigo Gershom Scholem, uno de sus pivotes fundamentales. Por otro lado, a partir de la amistad con Ernst Bloch y luego de la lectura de Historia y conciencia de clase de Georgy Lukacs en 1923, Benjamin se proclamará materialista histórico y formará parte de la tradición marxista, aunque debamos hablar de un marxismo heterogéneo: “La experiencia de nuestra generación: que el capitalismo no morirá de muerte natural.”[3] ¿Cómo pueden conjugarse marxismo y teología? ¿No parten acaso de fundamentos completamente contrapuestos? Sumemos a estas dos grandes tradiciones las influencias artísticas que en Benjamin tienen un peso capital: Baudelaire, Valéry, Kafka, Proust; mencionemos también las lecturas de Nietzsche, la influencia del psicoanálisis freudiano y el peso de la teoría crítica, sobre todo de la mano de su amigo Theodor W. Adorno. Podríamos sin duda adjudicarle a Benjamin las palabras que Friedrich Nietzsche le dirigiera a Rohde en 1870: “Ciencia, arte y filosofía crecen ahora tan juntos dentro de mí, que en todo caso pariré centauros.”[4] Desde las ortodoxias, la filosofía de Benjamin es ciertamente monstruosa, sobre todo porque articula una extraña convivencia de elementos pertenecientes a reinos extraños entre sí. Veamos entonces algunas de sus preocupaciones sobre la problemática del conocimiento. No hay ciertamente un tratado o una obra dedicada específicamente al tema y es necesario tener en cuenta gran parte de sus publicaciones en las que aparecen desarrollos más o menos extensos sobre el problema de la verdad y el método. Aprovecharemos, sin embargo, la sección de su Libro de los pasajes[5] titulada “Teoría del conocimiento, teoría del progreso” porque encontramos concentrados allí una cantidad de aportes suficientemente ricos para esta breve aproximación.



            Lo primero que tenemos que señalar, es que Benjamin pretende separarse tajantemente de las concepciones continuistas de la temporalidad y del saber. Es menester entender que las formas tradicionales de dar cuenta del saber están inscriptas en un modo de comprender el tiempo como homogéneo y continuo. Solamente en esa línea de tiempo puede el positivismo dar cuenta del progresivo avance en los “descubrimientos” que llevan a un acercamiento hacia la verdad que está esperando por fuera de la temporalidad humana. En cambio, para Benjamin no hay verdad por fuera del tiempo y ésta se manifiesta justamente en los instantes en los que se articula una conjunción particular que irrumpe como una iluminación. “Hay que apartarse decididamente del concepto de ‘verdad atemporal’. Sin embargo, la verdad no es –como afirma el marxismo- únicamente una función temporal del proceso de conocimiento, sino que está unida a un núcleo temporal, escondido a la vez tanto en lo conocido como en el conocedor.”[6] Ni atemporalidad, ni proceso, sino momento único en el que algo estalla entre los dos polos del conocimiento: entre el sujeto que conoce y lo conocido hay una posible unión en la que ambos se precisan. De esta manera Benjamin marca las enormes diferencias que lo separan de una tradición marxista-hegeliana en la que la verdad se va desplegando en la temporalidad misma. Si el núcleo de esa temporalidad que irrumpe está escondido, aparecerá como corte, como fogonazo iluminador, como instantánea fotográfica, aquí queda en evidencia la matriz teológico-mesiánica de Benjamin. “En los terrenos que nos ocupan, sólo hay conocimiento a modo de relámpago. El texto es el largo trueno que después retumba.”[7]

            Dijimos que pretendemos mostrar algunos puntos en común con la epistemología francesa. En este sentido es pertinente traer aquí las reflexiones sobre la verdad-cielo y la verdad-rayo que Michel Foucault contrapone y articula en su curso El poder psiquiátrico de 1973-74 en el Collège de France. Allí afirma que el saber científico supone que hay verdad en todo momento y en todos lados, se accederá a ella más fácilmente o no, se utilizarán instrumentos, pero la verdad recorre el mundo y no hay nada a lo que no pueda preguntársele “¿quién eres, en verdad?”[8] Esta verdad la puede decir quien quiera, mientras cuente con los medios, “los instrumentos necesario para descubrirla, las categorías indispensables para pensarla y el lenguaje adecuado para formularla en proposiciones”[9]. Foucault llama a esto ‘una tecnología de la verdad demostrativa’. Esta concepción moderna de la verdad recubre y tapa una anterior, que pensaba que la verdad tiene su tiempo y su lugar, su geografía y su kairos. Foucault ejemplifica con el oráculo de Delfos, con la alquimia, con la medicina hipocrática. Esta verdad tiene sus mensajeros exclusivos (adivinos, sabios, locos), es una verdad no universal, sino rara, dispersa, una verdad acontecimiento. “Esta verdad discontinua podría recibir el nombre de verdad rayo, en contraste con la verdad cielo, universalmente presente bajo la apariencia de las nubes.”[10] En la verdad-cielo-demostrativa se trata de conocer y la relación es sujeto-objeto. En la verdad-rayo-acontecimiento hay una relación arriesgada, “belicosa, de dominación y de victoria y, por tanto, no de conocimiento sino de poder.”[11] La verdad demostrativa intentaría ocultar su imbricación en las relaciones de poder, presentándose como neutral.
          
  Si bien no podemos identificar esta verdad-rayo que describe Foucault con las descripciones benjaminianas, hay aristas compartidas. Para el filósofo alemán, esta relación con la verdad también se presenta esquiva, es una situación de acecho, caza y resistencia. Rara vez la verdad se deja sorprender, como si fuera una pura pasividad que posara para la cámara. “La verdad (como un niño, como una mujer que no nos ama) se niega a quedarse tranquila y sonreír ante el objetivo de la escritura cuando nosotros nos acomodamos bajo el paño negro.”[12] Se pretende entonces una búsqueda activa de la verdad, una activación que tiene que interrumpir el curso “normal” de los acontecimientos. Porque Benjamin se está enfrentando a una concepción progresista de la verdad, que está presente tanto en algunas formas ortodoxas del marxismo (el despliegue histórico e ineluctable) como en la socialdemocracia burguesa. En el Libro de los pasajes afirma que “se puede considerar como uno de los objetivos metódicos de este trabajo mostrar claramente un materialismo histórico que ha aniquilado en su interior la idea de progreso. Precisamente aquí, el materialismo histórico tiene todos los motivos para separarse con nitidez de la forma burguesa de pensar. Su concepto principal no es el progreso, sino la actualización.”[13] Sabemos que el progreso es para Benjamin la catástrofe. El tren, la máquina emblema del progreso técnico y la revolución industrial, debe ser descarrilado. Ni el mismo Benjamin podría haber imaginado que esos mismos trenes llevarían a los judíos como él a las entrañas de los campos de exterminio. La actualización, en cambio, tiene que ver con la inserción de un tiempo pasado en el momento presente, para la dislocación del continuo de la temporalidad.

En este sentido, el momento del despertar juega un papel crucial para introducir algo del orden de lo onírico en el continuo de la vida consciente. Es aquí donde vemos la influencia que el psicoanálisis y el surrealismo tienen en la forma de pensar benjaminiana. “¿Ha de ser el despertar la síntesis entre la tesis de la conciencia onírica y la antítesis de la conciencia de vigilia? El momento del despertar sería entonces idéntico al “ahora de la cognoscibilidad”, en el que las cosas ponen su verdadero gesto –surrealista-. Así, en Proust es importante que la vida entera se vuelque en el punto de fractura de la vida, dialéctico en grado máximo: en el despertar. Proust comienza exponiendo el espacio del que despierta.”[14] Este es un ejemplo de la particular interpretación de la dialéctica en términos de Benjamin. La síntesis entre la vigilia y el sueño es el ahora del despertar, en el que una verdad que rompa con la vida como continuo consciente puede presentarse para fracturar esa vida. Es en esos momentos del “entre” la vigilia y el sueño donde puede aparecer la verdad, para escabullirse rápidamente, como pasa cuando queremos recordar los sueños apenas nos hemos despertado. Para Freud los lapsus del discurso no son materiales desechables que interrumpen la comunicación de una verdad que se transmite de un sujeto a otro, sino un acervo precioso que permite dar cuenta de una verdad inconsciente no asequible directamente por el discurso de la vigilia. A diferencia de los positivistas lógicos que intentaban reducir los equívocos y las desviaciones en los enunciados, se trata de adentrarse a través de esas interrupciones de la norma. Así también Benjamin está más interesado por esas interrupciones a las que hay que saber atender. “Comparar los intentos de otros con expediciones navales en las que el polo Norte magnético desvía los barcos. Encontrar ese polo Norte. Lo que para otros son desviaciones, para mí son los datos que determinan mi rumbo. Sobre los diferenciales de tiempo, que para otros perturban las “grandes líneas” de la investigación, levanto yo mi cálculo.”[15] Esas grandes líneas de investigación son justamente aquellas que desprecian lo pequeño, lo único, singular. Se esfuerzan en cambio para subsumir toda la realidad en leyes generales y reducir así todo el ámbito de los fenómenos a casos de esas leyes. Benjamin tiene, muy por el contrario, una mirada atenta a lo nuevo pero también a lo antiguo y no simplemente para mostrar las relaciones causales entre uno y otro punto del tiempo, sino para hacer revivir el pasado y modificar el presente. “¿De qué modo es posible unir una mayor captación plástica con la realización del método marxista? La primera etapa de este camino será retomar para la historia el principio del montaje. Esto es, levantar las grandes construcciones con los elementos constructivos más pequeños, confeccionados con un perfil neto y cortante. Descubrir entonces en el análisis del pequeño momento singular, el cristal del acontecer total. Así pues, romper con el naturalismo histórico vulgar.”[16] Benjamin intenta un camino lateral pero que se reconoce dentro de los límites del marxismo. La utilización de la técnica de montaje implica la conciencia de la fragmentación de la subjetividad de la vida moderna. Se trata entonces de ser capaz de tomar instantáneas, atisbar pequeños destellos aparentemente inconexos entre sí, para lograr esa plasticidad que el “naturalismo histórico vulgar” no es capaz de aprehender ni apreciar. Lo que particularmente nos interesa del enfoque benjaminiano es su atención a las singularidades y a los aspectos inconscientes individuales y colectivos. No abundan los abordajes que permitan dar cuenta del acontecer histórico, cultural y político sin reducir esas complejidades a las “grandes líneas de investigación” de las que Benjamin quiere desviarse.



            Para concluir, volvamos a ver por qué hemos sostenido que Benjamin es afín a la epistemología francesa y se diferencia de la tradición neopositivista. Frente a la universalidad, Benjamin enfoca su lente en la singularidad, pero aún más, esa singularidad pasada no permanece como tal inamovible, esperando a que vayamos a desenterrar su verdad, puede ser transformada, reactivada, vivificada, actualizada a la luz del presente. Frente a la continuidad, Benjamin privilegia la ruptura, el corte, la escansión, el desvío, la calle lateral, el “entre” que se abre entre la vigilia y el sueño. Frente a la neutralidad ética y política, Benjamin entiende que la verdad tiene que cumplir un papel político urgente, irrumpiendo en el supuesto progreso histórico que no es otra cosa que la acumulación de las derrotas de los oprimidos. Frente al método único y privilegiado, que sería adecuado y concordante con la verdad única a ser desenterrada, Benjamin propone la experimentación de nuevos métodos acorde a nuevas constelaciones de verdades. “El método científico se caracteriza porque desarrolla nuevos métodos al conducir a nuevos objetos. Es el mismo caso que el de la forma en el arte, caracterizada por desarrollar nuevas formas al conducir a nuevos contenidos. Y es que sólo externamente posee una obra de arte una sola forma, y el tratado un solo método.”[17]



[1] Díaz, E., Entre la tecnociencia y el deseo. La construcción de una epistemología ampliada, Buenos Aires, Biblos, 2007, p. 18.
[2] “Una de las características de la epistemología de la concepción heredada es pensar el desarrollo de la ciencia como un proceso acumulativo o progresivo en el que existe continuidad.” Ibídem, p. 46
[3] Benjamin, W., Libro de los pasajes, Madrid, Akal, 2011, p. 678.
[4] Citado por Andrés Sánchez Pascual en Nietzsche, F., El nacimiento de la tragedia, Buenos Aires, Alianza, 1998, p. 11.
[5] Das Passagen-Werk fue un proyecto monumental en el que Benjamin trabajó desde 1927 hasta que tuvo que huir de Paris cuando los nazis tomaron la ciudad en 1940. Si bien nunca llegó a concluirlo y contamos solamente con una versión en borrador publicada por Rolf Tiedemann en 1982, la influencia de este trabajo en las obras publicadas (como La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica) es innegable. En este sentido, aunque la sección “Teoría del conocimiento, teoría del progreso” se refiera en varios casos directamente a los métodos de producción de Das Passagen-Werk, podemos tomar lo que allí se sostiene como indicadores importantes del pensamiento de Benjamin más allá de esta obra.
[6] Benjamin, W., Libro de los pasajes, Madrid, Akal, 2011, p. 465.
[7] Ibídem, p. 459.
[8] Foucault, M., El poder psiquiátrico, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 269.
[9] Ibídem.
[10] Ibídem, p. 271.
[11] Ibídem.
[12] Benjamin, W., Dirección única, Madrid, Alfaguara, 2002, p. 85.
[13] Benjamin, W., Libro de los pasajes, Madrid, Akal, 2011, p. 462.
[14] Ibídem., p 466.
[15] Ibídem., p. 459.
[16] Ibídem, p. 463.
[17] Ibídem, p. 475.