Desde la dedicatoria que abre el texto, Maquiavelo fundamenta su saber en “el conocimiento de las acciones de los grandes hombres, aprendido con una larga experiencia de las cosas modernas y una continua lección de las antiguas.” Se trata entonces de las acciones de hombres que han cumplido la función de príncipes tanto en la actualidad como en el pasado y como se indica en varias ocasiones en el transcurso de la obra, hay que aprender a imitar estas acciones cuando son ejemplares.
Recordemos la famosa definición de la tragedia, del teatro trágico griego en la Poética de Aristóteles: mímesis praxeos, imitación o representación de una acción. Poner la acción de los hombres en primer lugar, porque el arte del gobernante es un arte eminentemente práctico, se trata de obrar en un escenario en el que el príncipe no puede ver por sí mismo lo que todos los otros actores están haciendo.
Maquiavelo presenta escenas que incluyen personajes diversos: príncipes, reyes, papas, secretarios, generales, soldados, súbditos, sabios que juegan en un escenario siempre constrictivo, el campo abierto o la ciudad amurallada, el terreno de caza, el castillo, el camino de alianzas que entretejen una y otra vez las sucesivas conquistas, necesidades y pactos políticos. Se trata de poner en evidencia que no hay acción que no forme parte de un juego mucho más amplio, el príncipe debe comprender su posición en el escenario adecuadamente y lograr una lectura, un diagnóstico lo más claro posible de los otros actores que conforman la escena.
Se supone que en este teatro de operaciones, Maquiavelo habría recomendado al príncipe utilizar todos los medios a su disposición para la resolución favorable de los conflictos políticos, independientemente de cualquier tipo de medida moral. Todo tipo de tropelías y crueldades podrían ser cometidas legítimamente en el caso de que sea necesario para que el gobernante conserve su lugar de poder.
Por supuesto, asistimos en esta obra a una ruptura entre virtud ética y virtud política y a una subordinación de la primera a la última. Pero esto no significa que no haya concepto alguno del bien y del mal, lo que sucedes es que Maquiavelo le está indicando al príncipe lo que hace al ámbito propio de lo político y en ese sentido está independizando, al menos parcialmente, el mundo ético del mundo político.
Allí aconseja Maquiavelo que cuando no se llega al principado por fortuna o virtud, sino por crímenes, es lo mejor dejar de cometerlos lo antes posible para mantener el poder.
Aquí queda claro que la virtud política implica también límites éticos, a la vez que se subraya que no hay violencia que pueda lograr la estabilidad de un gobernante si no hay una aprobación del mismo por medios no coactivos.
“No obstante no se puede llamar virtud al hecho de asesinar a sus conciudadanos, traicionar a los amigos, no tener fe, ni piedad, ni religión: y estos métodos pueden llegar a conquistar poder, pero no gloria.”
Por un lado, es evidente que si Maquiavelo está denominado crueldades a este tipo de acciones, es que no son indiferentes moralmente. Pero rápidamente se deja en claro que el buen o mal uso de ese tipo de acciones dependerá de la habilidad política.
Se trata de “usar bien o mal las crueldades. Bien usadas (si es lícito del mal decir que es bueno) se pueden llamar las que se hacen de una sola vez por la necesidad de asegurarse y luego no se insiste en ellas sino que son transformadas en algo que sea de la mayor utilidad posible para los súbditos.”
Maquiavelo tiene plena conciencia (y el paréntesis sobre la licitud de llamar bueno al mal lo pone en evidencia) de la instrumentalización política de actos moralmente reprobables. Hay algo de ambigüedad en la cualificación de los crímenes, si puede haber un “buen uso” de ellos, se trata de cometer los crímenes todos juntos, de concentrarlos y no de administrarlos dosificadamente en el tiempo. Al mal paso, darle prisa.
La contraposición propuesta entre “la verdad efectiva de la cosa” y su “representación imaginaria” es la explicitación del realismo y el desprecio por el imaginario, es la afirmación de la importancia del ser en detrimento de un deber ser que poco se asemeja al teatro de operaciones concreto. A ese deber ser no se imagina simplemente perfecto, irreal, se lo imagina bueno moralmente, cuando “la verdad efectiva de la cosa” es más bien un mundo donde todos, aún los príncipes, somos buenos y malos, caritativos y crueles.
“Puesto que hay tanta distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, quien deja de lado lo que se hace por lo que se debería hacer aprende más bien su ruina que su propia preservación. Porque un hombre que quiera hacer en todas partes profesión de bueno es inevitable que termine arruinado entre tantos otros que no son buenos. De donde resulta necesario a un príncipe que quiera conservar [su poder] aprender a poder no ser bueno y usar esto o no según su necesidad.”
Dejar de lado al príncipe imaginario y concentrarse en el efectivamente existente, implica comprender por qué va a ser alabado o censurado y entender a la vez que no se pueden evitar los vicios en un sentido pleno. El príncipe debe ser prudente, y eso implica entender que hay determinados vicios que pueden arrebatarle el estado y otros que le serán indispensables para sostenerlo. Aquí queda clara la subordinación del mundo ético a las necesidades políticas: “no apartarse del bien si puede pero saber entrar en el mal si lo necesita”.

























