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lunes, 16 de noviembre de 2015

SOBRE EL BALOTAJE Y EL AMOR

1. De la emergencia de la decisión

El problema de la emergencia de la decisión es que angosta nuestras posibilidades de análisis críticos. El pensamiento crítico no suele ser bienvenido en ningún espacio, salvo en los casos en los que se presenta como una crítica del bando contrario, en cuyo caso el pensamiento crítico está generalmente subsumido en una estrategia general que lo contiene, le marca sus límites y le indica las líneas generales de su reflexión. Si esto sucede en tiempos donde la emergencia de la decisión no es tan acuciante, las cosas empeoran cuando la encrucijada se aproxima y parece que todo lo que queda por hacer es juntar fuerzas de uno u otro lado para demonizar la opción contraria y volver a afirmar la propia con más convencimiento, con una entrega tal que contagie y convenza a los aún indecisos. Si en esos delicados momentos se levanta una voz de disenso, una demanda que requiera revisar ciertos postulados propios, es rápidamente acusada de inoportuna o traicionera, cuando no culpada por la posible derrota. 

Subyacen aquí dos equívocos: el primero y más general es el que opone el pensamiento a la acción, habría tiempos para pensar y tiempos para actuar y, claro está, el pensamiento arruina la acción cuando se quiere practicar en el momento inadecuado. El segundo equívoco supone que cuanto más homogénea (es decir, cuanto menos autocrítica) sea la línea de acción y pensamiento, más cerca estará la victoria porque será clara para los seguidores y falta de flancos débiles y contradicciones para los oponentes. Y si bien hay situaciones en las que estos dos supuestos pueden verificarse, son más los casos en los que la emergencia de la decisión otorga la credencial para erradicar cualquier atisbo de pensamiento crítico o posición disidente. 

Es indispensable no sólo llamar la atención sobre la torpeza estratégica que muchas veces comporta esta forma de acción que tiende a “cerrar filas” sino, sobre todo, entender que lo que se juega en una decisión no es simplemente el resultado por tal o cual posición ganadora, sino las formas en las que se constituyen los procesos colectivos que preceden, acompañan y exceden, a la vez que vertebran, esa decisión. En otras palabras, que pensar críticamente no implica no comprender (ni arruinar) la importancia estratégica de una elección (en este caso, de un balotaje), sino por el contrario, saber que lo que se juega en una elección de este tipo va siempre más allá del resultado de esta elección y que los modos que articulamos para posicionarnos ante ella no deben implicar nunca el abandono de las posiciones críticas. 

Seremos doblemente vencidos si no entendemos que lo que se juega en la política partidaria representativa es solamente una capa del complejo entramado político que no sólo decide qué grupo mantendrá el control de los recursos estatales durante un período. ¿Qué es lo que se juega al mismo tiempo? Nuestras formas de vida, nuestros modos de estar en común, nuestras posibilidades de articular políticas que no se dejen apresar por las formas estatales, nuestras maneras de producción y circulación de los afectos y las pasiones, nuestras posibilidades de pensar y de crear.

2. De estrategias y vectores




Como sostengo que no se trata de evitar la decisión huyendo hacia el mundo “puro” del pensamiento, sino de ampliar los alcances que esta decisión comporta y no lo contrario, paso rápidamente a exponer mi decisión para el próximo domingo: voy a votar a Daniel Scioli, aunque no haya sido mi elección ni en las primarias ni en las elecciones generales. No quiero extenderme en los motivos de esta decisión porque no es lo central de lo que me interesa exponer y porque ya se ha escrito mucho al respecto. Me sumo a los diversos sectores de las izquierdas no oficialistas (y no hablo aquí solamente de partidos) que, entendiendo las enormes diferencias que tienen con Scioli, sostienen estratégicamente que apoyarlo en este balotaje implica no entregar la conducción nacional a Macri y los intereses que representa. Aunque no se trata solamente de una estrategia para que no gane Macri, se trata de reconocer también que la candidatura de Scioli contiene, además de evidentes vectores conservadores, los sectores más progresistas del peronismo y de fuerzas populares que no tienen ninguna cabida en el macrismo.

Escuchando a los diferentes sectores de izquierda, progresistas, populares (organizaciones, partidos, instituciones, publicaciones, colectivos, referentes intelectuales, etc.) que ayudan a orientarse sobre todo a quien no tiene banderías partidarias, la mayoría se inclinan por el apoyo a Scioli y algunos (cuya decisión respeto completamente) optan por el voto en blanco. Del lado de Macri no hay nadie o prácticamente nadie de los que para mí pueden ser referentes en términos políticos. Es decir, la duda nunca fue si votar o no a Macri, dudamos si votar a Scioli o votar en blanco y en esa duda creo que vale la pena pensar. 

No me interesa que este pequeño texto se convierta en una herramienta más para capitalizar votos a favor de Scioli, me interesa que sirva para que podamos preguntarnos ¿qué hacer si gana Scioli? La pregunta ¿cómo hacer para que gane Scioli? es secundaria. El problema es qué hacer si gana. ¿Cómo hacer para que los vectores progresistas que de forma orgánica e independiente lo acompañan puedan ganar fuerzas en el armado político por venir? ¿Cómo hacer para que el oficialismo obsecuente no termine convalidando medidas que, de realizarlas el macrismo serían alta traición a la patria, pero si las instrumenta el peronismo se transforman en lo que las circunstancias requerían? ¿Cómo hacer para que la pluralidad de fuerzas del campo popular no queden subsumidas, “representadas” y acalladas por quienes se arrogan el derecho exclusivo de lo popular?  

Tanto si gana Macri, como si gana Scioli, las preguntas que más me interesan tienen que ver con los modos mediante los cuales 1) la política partidaria puede torcerse hacia la izquierda, cosa que en el caso de Macri es un oxímoron y en el caso de Scioli es muy complicado porque el kirchnerismo ha torcido hacia la derecha hasta llegar a sciolizarse con más resignaciones y aprobaciones que  resistencias y 2) la política no partidaria puede volver a ganar un protagonismo que fue parcialmente eclipsado por la política militante. 

Tanto la subjetividad neoliberal, exitista e individualista, como la subjetividad militante, obsecuente y dogmática capturan las posibilidades de desarrollo de otro tipo de constitución de lo común y nos pueden dejar, como en la coyuntura presente, con la obligación de elegir entre Guatemala y Guatepeor. 

3. De algunas formas del odio y del amor



No tengo mucho que discutir con los votantes de Macri. Aunque no creo que sean, como dicen algunos, “o boludos o hijos de puta”, sí creo que hay mucho antiperonismo en el voto macrista y el antiperonismo siempre tiene fuertes vectores clasistas y racistas. Esto no significa que no haya motivos más seriamente fundados para oponerse a diversas políticas del peronismo, pero abundan las identificaciones de clase y las reivindicaciones de un elitismo moral que, señalando al peronista como síntesis dialéctica del “negro” y el “ladrón” se instauran, por oposición, en el lugar blanco y limpio de la sociedad. Entiendo que no todos los votantes de Macri son de este tipo, pero también entiendo que casi todos los que tienen estas aspiraciones (y son muchos en nuestro país) van a votar por Macri el domingo. Por lo demás, el pensamiento crítico no existe en este espacio, apenas sí hay algo calificable como pensamiento. Abundan en cambio el cálculo, la administración y la moralina.

Este odio o desprecio hacia lo popular fue muchas veces contrapuesto al amor militante del kirchnerismo. Hemos escuchado la frase “el amor vence al odio”, ella pretende resumir la contraposición entre el odio de clase y el amor popular que no solamente es amor al pueblo y entre el pueblo, sino también amor a los líderes del movimiento popular. Pues bien, tal parece que el amor no vence al odio, pues aún una improbable victoria de Scioli el próximo domingo significa ya una derrota para ese amor militante. Creo que pasado ya el momento en que volvió la militancia (que algunos quisieron hacer pasar como el momento en que “volvió la política”), nos debemos una reflexión crítica sobre su papel. No quiero con esto hacer una descalificación de la militancia y afirmar por el contrario las virtudes del “ciudadano independiente”. Creo que es legítimo y también deseable que haya militancia política, pero debería portar como una de sus armas un espíritu crítico del que parece carecer. Sabemos que el enamorado es a la vez el más injusto, su amor no le permite más que idealizar lo amado, pero no por eso debemos afirmar el desapego y relegar las pasiones al ámbito de lo privado. Al contrario, se trata de construir vínculos políticos afectivos que tengan la fortaleza de revisarse y volver a constituirse en formas novedosas allí donde el tejido social y popular lo demande. 

No queremos monopolios del amor, no los queremos constituidos como religión ni constituidos como partido político. No queremos tampoco la alegría entusiasta de los globos de colores. Queremos amores de ocasión y también duraderos, de a varios, de a muchos, multitudinarios. Queremos alegrías del hacer en común y del estar en común. No puede ser que la crítica esté siempre dirigida al opositor, tiene que haber alegría también en la potencia de la crítica al movimiento que uno habita. No solamente para no darles razones para criticarnos a los otros, sino sobre todo porque nos constituimos entre todos cada vez que transigimos, que hacemos la vista gorda, que reafirmamos vínculos que tienen que ser terminados y que impiden crear otros.

No me interesa hacer un llamamiento para votar a Scioli, quiero que nos preguntemos por qué nos derrotó la derecha, la de Scioli o la de Macri. Quiero que nos preguntemos por qué si había tanto amor popular y tantas políticas que favorecieron a las mayorías, ahora ellas nos dan la espalda. Quiero que nos preguntemos qué hacer cuando gane Macri, qué hacer cuando gane Scioli. Quiero que seamos capaces de multiplicar las políticas por fuera de las estructuras partidarias y a la vez cambiar la forma en la que esas estructuras funcionan. Al menos quiero que sea un problema. Y realmente no veo que suceda. Veo que las posiciones se abroquelan, que se nos llama una vez más a elegir entre buenos y malos, santos y pecadores. Veo que se multiplican las papillas predigeridas de los catequistas, mientras los más críticos dicen “ahora no es el momento”. Pero tal parece que nunca es el momento, tal parece que siempre para defender lo conseguido, pagamos el precio de no criticarlo. Y entonces no somos capaces de ver lo evidente, devenimos conservadores para no hacerle el juego a la derecha y aún así somos derrotados: doble derrota.






sábado, 30 de octubre de 2010

NÉSTOR KIRCHNER, INTERROGANTES 2

La tercera pregunta está en boca de Platón: ¿Realidad o apariencia?, que bien podríamos traducir por ¿es o se hace? Más allá de los pruritos por algunas formas de hacer políticas o de las herencias no peronistas, lo que nos mantuvo alejados a muchos de un franco apoyo, fue antes que otra cosa, esta pregunta. Voy a ser concreto. Primero arreglan con Clarín (decreto de fusión de Cablevisión y Multicanal entre otras cosas), después Clarín es el diablo. Primero apoyan al menemismo durante los '90, luego otra vez el diablo. Primero apoyan la venta de YPF, se prorrogan privatizaciones en el área de hidrocarburos, por otro lado estatizaciones y nueva demonización de las privatizaciones. Ni que hablar del enriquecimiento familiar, la compra de tierras fiscales a bajo costo y las pocas muestras de querer limpiar los focos de corrupción en el seno mismo del kirchnerismo (Skanska, Jaime, la famosa valija de Antonini Wilson). Sí, peco de ingenuo. Quisiera que un gobernante que habla sobre redistribución de la riqueza llevara un tren de vida como el de Pepe Mujica. También quisiera que en siete años se hubiera pensado en una reforma política seria, que entre otras cosas permita desaparatear el famoso aparato.

¿Realidad o apariencia de qué? Bueno, de eso tan amplio que llamamos "progresismo" y que tiene entre sus ingredientes una distribución más justa de la riqueza, respeto a los derechos de las minorías, promoción de prácticas democráticas y un largo etcétera. Eso que los Kirchner parecen sostener que son, pero que muchas veces parece acercarse al engaño.

Entiendo que en este principio de respuesta oculté muchas cosas. Primero que nada, todas las acciones que efectivamente (más allá de los discursos, que también son acciones) son progresistas: la casi impecable política de DDHH sobre lo ocurrido en la última dictadura (desde el simbolismo del cuadro de Videla, hasta la realidad de los juicios a los genocidas, desde el 24 de marzo feriado nacional hasta la ESMA como espacio de la memoria). La Corte Suprema de Justicia independiente. Las estatizaciones, sobre todo de las jubilaciones. El giro de timón en las relaciones exteriores, la integración con los países vecinos y los discursos y acciones contra los poderosos cuando hicieron falta. La política educativa, esto va con negrita. La política educativa. En % de presupuesto del PBI, inédito. En mejora de los sueldos de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, en todos los ámbitos, en las universidades y los centros de investigación. (¿Se acuerdan cuando Cavallo mandó a lavar los platos a los científicos? Ahora miren lo que es el Conicet y el Ministerio de Ciencia y Técnica). Miren lo que es la cultura, el Canal Encuentro. Y un dato no menor. Recuerdo a Sofovich cortando la manzana con sus secretarias-gatos detrás, hoy en día está Capusotto en el mismo canal. Por supuesto la Asignación Universal por Hijo. La Ley de Medios. El apoyo (porque el proyecto no fue oficial) a la Ley de Matrimonio Igualitario. La política de no reprimir ni criminalizar las protestas políticas. La total subordinación de las FFAA al Poder Ejecutivo. La patada en el culo al FMI.


Por otro lado se me dirá lo siguiente. Que no se pueden abrir tantos frentes de batalla a la vez y que en el mundo de la política real (y no ideal, para volver a la contraposición platónica), se deben tejer y destejer diversas alianzas para poder realizar otras tantas acciones y enfrentar tales o cuales intereses. Concedo el punto.

Se me dirá también (y seguimos demoliendo la dicotomía de Platón), que en política debemos comparar no con un ideal, sino con otros reales. Que los ideales son (Kant) reguladores, horizontes que marcan un camino, pero no opciones reales. Que en este ámbito, en el de las sucias apariencias, en pocos años se han logrado cambios profundos hacia cierto ideal si comparamos a este gobierno con muchos otros. Digámoslo aún de otro modo, que lo ideal en política es que haya cambios reales y que muchos de éstos sucedieron, están sucediendo. Concedo el punto.

Agrego yo que la retórica política está siempre más cerca de los sofistas que del filósofo-rey, que descreo de los dogmatismos que defienden a capa y espada cada acción de gobierno como "la verdad revelada" y que una de las cosas más interesantes de este gobierno es ensuciar a los demás, en el sentido de que parecía antes que los políticos eran los que estaban sucios y creo que desde el kirchnerismo se puso en evidencia, se mostró, salió a la luz, lo que muchos quizás no querían ver, que sucios estamos todos, desde los conocidos grupos de poder hasta cada uno de los ciudadanos con sus pequeñas corruptelas. En otras palabras, que el mundo de las Ideas de Platón, es una promesa para giles, que pensar en eso es conservador, que aquí en el degradado mundo de lo aparente -el único que existe- tenemos que luchar por las opciones que nos parezcan mejores y por mejorar esas opciones.


La cuarta pregunta es de Pascal y sería más o menos así: ¿Cuándo vale la pena apostar? Apostar es jugarse la vida, o el sentido de la vida, no hay diferencia. Apostar es cerrar los ojos cuando hay que cerrarlos, es ese momento crucial (mi mejor amigo de la infancia, Aníbal, tenía una ruleta de juguete, conozco muy bien ese momento) del todo o nada, del ahora o nunca. Pascal calcula que es más conveniente creer en la existencia de Dios porque el beneficio si gana la apuesta (la vida eterna en la felicidad), es mucho mayor que el beneficio de ganar la contraria (la vida limitada con sus felicidades y sus desdichas).

Pascal apuesta, decide, porque la verdad (la existencia de Dios) no puede ser conocida. Se apuesta siempre, porque la verdad no se conoce nunca, esa es nuestra única certeza. La decisión es una mezcla de motivos, de cálculos como el de Pascal y también de esas famosas "razones del corazón, que la razón no entiende".

Hay gente que está a la espera de subirse al primer tren que pase cerca para apostar por él, siempre leí un facilismo en esa actitud: me sumerjo en la gracia divina o en el Partido. En ese caso la apuesta se realiza y se mantiene con fidelidad, aún si muchas veces el corazón o la razón nos indican que algo no nos gusta. Hay otras personas que en algunos aspectos no apuestan nunca, siempre leí un facilismo en esa actitud: me quedo a un costado mientras el mundo sucede, critico a todas las posiciones desde mi supuesta neutralidad, no pongo el cuerpo, ni la razón, ni el corazón.

Vuelvo a mi historia personal. Mi juventud me encontró en la década de 1990. La política era casi una mala palabra, Fukuyama había decretado el fin de la historia. Había caído el muro de Berlín. Se gestó lo que se conoció como el "Consenso de Washington". Otra vez vivimos la versión local de un fenómeno que nos excedía (1970: golpes de estado, 1980: retornos democráticos, 1990: neoliberalismo, 2000: progresismos con integración regional), pero que en ese entonces afirmaba que si había que hacer una apuesta en la vida, la política no tenía nada que ver en eso. La apuesta era individual, la palabra favorita era el "éxito" y el proyecto era personal. Los proyectos grupales no tenían sentido, ya habían sido resueltos, teníamos un ganador. Además, nos decían, la radicalización de la política de 1960 y 1970 no llevó a nada bueno. (En el doble sentido de "si en serio querés cambiar algo, ya sabés lo que te espera" y en el otro, donde la opción de la izquierda triunfó, acaba de morir por sí sola).

Lo que se vivió en esta década fue, todos lo dijeron ya, una vuelta de la política. Una revalorización de la apuesta política como tal. Un renacimiento de la militancia, una valorización de los colectivos sociales, de las organizaciones regionales, de la sindicalización, de los movimientos sociales de todos los colores y bandos. Y un gobierno muy receptivo a fogonear, recibir, atender, escuchar y dialogar con esos sectores. Cierto es que en muchos momentos el kirchnerismo no pudo dialogar con algunos sectores, es un gran defecto que debería revisar. Pero cierto también que fue uno de los pocos gobiernos que recibió como ningún otro a muchos ninguneados, a aquellos que Galeano llamaba "los nadies". La bisagra entre la década de los '90 y ésta fue el "que se vayan todos" del 2001. No había política que pudiera cambiar algo, todos eran corruptos, todos eran "de la vieja política", todos eran inservibles y actuaban en beneficio personal. No se podía apostar por nadie, esa era la sensación. La verdad era que esa podredumbre estaba en todos nosotros, no en la clase política. Y yo no sé qué pasará de ahora en adelante, pero creo que podemos volver a apostar. Y que el llanto tiene que ver con que algo despertó en nosotros. En mí.


La última pregunta se la voy a asignar a Cioran y sería algo así como ¿Qué hacés con aquello que te interpela? En la tradición filosófica es Sócrates el interpelador por excelencia. Aquel que allí encuentra su forma de actuar, molestando a cada uno de los atenienses, para que se revisen, para que reflexionen sobre sí mismos. Acuerdo con esta visión. Es el papel del filósofo interpelar. Pero en este caso es un político el que nos interpela. Este flaco, bizco y narigón, con actitudes de rocker peronista es el que nos interpela. El político tenía que ser aquel que atempere, que modere una discusión entre distintos actores sociales. Pues bien, Kirchner más bien pareció avivar esas polémicas. Y Polemos, lo sabemos, en griego quiere decir "guerra".

He aquí alguien que me incomoda, que me pone en un lugar de riesgo, que me obliga a pensarme. Y que lo hace desde el lugar más radical posible, desde la muerte. No esa muerte del descanso eterno, la muerte estatuaria. Más bien la muerte del instante mortal, del abandono, de la presencia fulgurante, del "ya no más". Y ahí nomás te enterás, te interpela esa muerte, que está ocurriendo, que te ocurre. Y llorás. Y sin saber todavía por qué, te encontrás en la Plaza, porque ya estabas ahí.

NÉSTOR KIRCHNER, INTERROGANTES 1


Pasando ya la etapa del duelo -esa transición entre el estupor, la tristeza, el desconsuelo, el horror vacui-, puedo sentarme y reflexionar. No es que descrea de lo que se escriba en caliente, en medio de la rabia o del dolor, pero la reflexión es algo que viene después, aunque se dé sincrónicamente, está en el ambito de lo meta, de la acción de segundo orden, de volvernos sobre aquello que sucede.

Estas reflexiones están hechas, como siempre pero esta vez más que nunca, desde lo que mucha gente da en llamar "lo personal". Parten, simplemente a modo de ordenamiento, desde algunos interrogantes que asigno a diversos filósofos y que me ayudan a estructurar la multiplicidad de lo que pasó a través mío, de lo que me atravesó en estos días.

La primera pregunta se la quiero asignar a Foucault y también a Freud, aunque estoy seguro de que ninguno la suscribiría formulada de esta manera. ¿Quién soy? Podría ser mejor ¿Cómo he llegado a ser lo que soy? y más que preguntar por la esencia de mi ser individual, se interroga por la historia que me llevó a devenir la multiplicidad en la que me reconozco. Me refiero a las prácticas y los discursos a los que he sido sometido y me he sometido en todos estos años. A la educación, a los mandatos y costumbres familiares, a los libros y diarios que he leído, a las personas con las que he hablado o discutido, a los sitios que he frecuentado, a los barrios en los que he vivido y caminado. En fin ¿quién soy yo que se sorprende a sí mismo llorando una tarde de miércoles por la muerte de un ex-presidente al que no votó? ¿Cuál es la extraña combinación de circunstancias que lograron esto? ¿Cuáles los disparadores, cuáles los significados? ¿Qué me genera esto que pasa en mí? ¿Cómo actúo? es decir, ¿Quién soy?

Para comenzar soy alguien que nunca votó al peronismo. Me reconozco más en algo cercano a la socialdemocracia, a Binner o Sabatella o Pino Solanas, salvando las distancias que los separan. En mi familia tampoco votaron nunca al peronismo, es increíble cómo la familia marca a fuego en esas cosas -religión, política y fútbol, esas cosas que no se discuten para no llegar a una pelea-. Sobre el peronismo originario, el de Perón, se contaba la anécdota de mi abuela, que era profesora de francés y de joven como muchos otros de familias educadas era más cercana al PC que al peronismo. Le exigieron que se afilie al peronismo para continuar dando clases y ella se negó y se quedó sin trabajo. Esa fue la anécdota medular del peronismo en mi familia. Por mi parte, el peronismo que yo viví fue el de la década del '90, el de Menem rifando el país, generando la mayor fiesta (pseudoprimermundista, mediática, tilinga, obscena), y la mayor miseria (el desguace del país, el desarmado de sus estructuras productivas y sociales).

Recuerdo que pocos días después de la caída de De la Rúa en diciembre del 2001 estaba yo en El Calafate, en esas jornadas donde no se sabía bien quién gobernaba y una señora de una pizzería me dijo "El que tendría que ser presidente es Néstor Kirchner, el gobernador de acá, ese sí que es bueno, pero nunca va a llegar porque no lo conoce nadie". Es verdad, yo no lo conocía. Desde la llegada de Kirchner a la presidencia se notó que pasaban cosas buenas, distintas. Hacia el final de su mandato yo afirmaba -junto con otros- que ese período presidencial era seguramente uno de los mejores de los últimos tiempos. Así lo afirmabamos, con muchas pinzas, diciendo "seguramente", diciendo "uno de los mejores", diciendo "los últimos tiempos". No voté a Cristina, lo voté a Pino Solanas.

¿Por qué entonces lloré? ¿Por qué fui a la Plaza? No son preguntas retóricas, cuando sucedió, hace unos días, fueron primero las reacciones y después las reflexiones. Si a uno le sucede algo de este tenor, tiene que hacerse varias preguntas.


La segunda pregunta se desprende un poco de lo anterior y es la de Sócrates, la pregunta por la esencia: ¿Qué es el peronismo?

Sabemos bien que no podemos responder fácilmente a esta pregunta. Sócrates mismo lo sabía y muchos de sus diálogos terminaban aporéticamente. Sin salida, sin una solución clara, con un recorrido de múltiples respuestas posibles. Más allá de la anécdota de mi abuela y de mis vivencias durante la década del '90, leí bastante sobre el peronismo de Perón y entendía que era una particular forma de llevar las riendas del poder, en general muy eficiente. Que le dio voz y voto a sectores hasta ese momento invisibles. Que asignó derechos a los trabajadores y que distribuyó la riqueza entre ellos como nadie hasta ese momento. Que todo eso se gestó sobre un trasfondo más bien fascista-conservador, como se evidenció desde temprano, pero se terminó de ver con la vuelta de Perón en 1973. Eso era a grandes rasgos lo que yo entendía por peronismo y discutía fervorosamente tanto con quienes pensaban que era la culpa de todos nuestros males, como con quienes creían que era nuestra única posibilidad y la suma de la felicidad del pueblo.

Pero a pesar de los libros de historia, tuvo que llegar el kirchnerismo para que yo me pudiera hacer una idea mucho mejor, mucho más cercana de aquel peronismo que no había vivido. De las divergencias que habían surgido. No sólo por lo que se llama despectivamente "populismo", sino sobre todo por lo que se llama "gorilismo". Claro, durante la década del '90 no había gorilismo porque la derecha gobernaba en una perversa e inédita coalición con el peronismo. Pero con Kirchner salió a la luz. ¡Y de qué manera! Nunca hubiera imaginado cuánto odio, cuánto rencor de clase, de piel, cuánta ignorancia puede haber en algunas personas que, paradojalmente, creen ser las poseedoras de la "buena educación" y el "ser nacional". No me gusta santificar a los pobres, ni a los muertos, ni creo que los "descamisados" sean los verdaderos argentinos, creo que la categoría de "pueblo" es un campo de batalla y sospecho de cualquiera que clame victoria sobre él. ¡Pero qué asco señores gorilas! ¡Cuánta ignorancia!

Sigo sin saber qué es el peronismo. No creo que el kirchnerismo se haya acercado más a su "esencia" que sus predecesores. Duhalde, Menem y Ruckauf son tan peronistas como Kirchner. Pero sí sé que ahora comprendo, comprendo mucho más que antes.

(continúa...)