miércoles, 10 de noviembre de 2010

TRAJE DE VIDRIO

Alejandra Pizarnik tiene 18 años cuando empieza a escribir sus diarios. Ya en ese momento su destino está signado. Sería tentador, pero absurdo, suponer que la angustia es la que lleva a Alejandra a escribir. Escritura y angustia la atraviesan por igual. A veces es la escritura la que nos vuelve locos. El 28 de septiembre de 1954 cierra así su diario:

"Creo que no fue posible hallar un golpe más brusco para mi angustia existencial.
De pronto, siento náuseas de mi resignación de ser-para-la-muerte. ¡No! ¡Quiero liberarme! ¡Quiero vivir!

Alejandra: recuerda. Recuerda bien todo lo que has oído. Primeramente, debes aprender a separar el sueño de la vigilia. Recuérdalo, y no pienses que 'estás desnuda o llevas un traje de vidrio'."

Para vivir hay que aprender a distinguir el sueño y la vigilia, o lo que es lo mismo, no estar loco. La cita de Pizarnik es una versión libre de la descripción que hace de la locura, en la primera de las Meditaciones Metafísicas, René Descartes. Titulada "De las cosas que podemos poner en duda".

"...yo no debo fiarme de los sentidos. Pero si éstos nos inducen a error en algunas cosas, en las poco sensibles y muy lejanas, por ejemplo -hay muchas que por los sentidos conocemos y de las cuales no es razonable dudar: que yo estoy aquí, sentado al lado del fuego, con un papel entre las manos, vestido de negro, es cosa indudable para mí. ¿Cómo puedo negar que estas manos y este cuerpo son míos? Para negarlo tendría que ser un insensato o un perturbado, como esos que aseguran continuamente que son emperadores y van vestidos de andrajos, o creen que poseen trajes de oro y púrpura y van desnudos o se imaginan ser un cántaro o que su cuerpo es de cristal. Ésos son locos y yo sería tan extravagante como ellos si siguiera su ejemplo."

Un insensato, un perturbado, un loco. Sólo una persona así podría negar lo que es obvio a los sentidos, las evidencias más próximas. Es el mismo tipo de gente que no es capaz de distinguir su mundo imaginario -de vidrio, de cristal-, de su desnudez real. En este punto de su duda metódica, Descartes desdeña utilizar el ejemplo de los locos como duda genuina de lo que puede saberse. Sigue derribando el edificio de los conocimientos cada vez más radicalmente, pero sobre los locos no dice mucho más. En este gesto de exclusión de la locura, Foucault encuentra una acción análoga a la exclusión e internamiento de los locos que desde el siglo XVII ocurre en Europa. Foucault afirma que el Cogito, el 'Yo pienso' no puede nunca estar loco y que esa división sensato/insensato es radicalmente marcada por la filosofía en ese momento.

"No se puede suponer, ni aun con el pensamiento, que se está loco, pues la locura justamente es condición de imposibilidad del pensamiento. En la economía de la duda, hay un desequilibrio fundamental entre locura, por una
parte, sueño y error, por la otra. Su situación es distinta en relación con la verdad y con quien la busca; sueños o ilusiones son superados en la estructura misma de la verdad; pero la locura queda excluida por el sujeto que duda."


Esta pequeña mención en el texto de Foucault a la aún más breve mención de la locura en Descartes, provoca una respuesta detallada y crítica de un joven Jacques Derrida, quien en 1963 dicta una conferencia con otra mirada sobre la relación entre locura y Cogito cartesiano, además de atacar el corazón del proyecto foucaultiano. Independientemente de la argumentación de uno y otro (Foucault responde a Derrida en un escrito titulado en referencia a Descartes 'Mi cuerpo, ese papel, ese fuego'), argumentación imposible de reponer en este espacio, me importa la lucha de Titanes que emerge entre dos inmensos pensadores del siglo XX. Derrida entiende que Foucault es, en ese momento, un maestro para él y abre con estas palabras su conferencia.

"Libro admirable desde tantos puntos de vista, libro potente en su aliento y en su estilo: tanto más intimidatorio para mí, que, gracias a haber tenido la ocasión de recibir la enseñanza de Michel Foucault no hace mucho, conservo una consciencia de discípulo admirativo y agradecido. Pero la consciencia del discípulo, cuando éste empieza no digo que a discutir, pero sí a dialogar con el maestro, o más bien a proferir el diálogo interminable y silencioso que lo constituía en discípulo, entonces, la consciencia del discípulo es una consciencia desgraciada. Cuando ésta empieza a dialogar en el mundo, es decir, a responder, se siente ya desde siempre cogida en falta, como el niño, el infante, que, por definición, y como su nombre indica, no sabe hablar y así sobre todo no debe responder. Y cuando, como ocurre aquí, ese diálogo corre el riesgo de ser entendido -equivocadamente- como una discusión, el discípulo sabe que se queda solo, al encontrarse a raíz de tal circunstancia discutido ya por la voz del maestro que, en él, precede a la suya. Se siente indefinidamente discutido, o recusado, o acusado: como discípulo, lo es por el maestro que habla en él antes que él para reprocharle que levante esta discusión y para recusarla por anticipado, al haberla desarrollado antes que él; como maestro de la interioridad, es discutido en consecuencia por el discípulo que también es. Esta desgracia interminable del discípulo consiste quizás en que no sabe, o en que todavía se oculta a sí, que, como la verdadera vida, el maestro está quizás siempre ausente. Así pues, hay que romper el hielo, o más bien el espejo, la reflexión, la especulación infinita del discípulo sobre el maestro. Y empezar a hablar."


En el transcurso de su conferencia, Derrida va a sostener algo más que interesante. Descartes no estaría excluyendo a la locura en ese momento de la duda metódica por las razones que Foucault supone. Más bien sería porque el argumento del sueño y el del Genio Maligno son aún más fuertes. Es decir, para el lector de Descartes, es claro que un loco puede suponer que su cuerpo es de vidrio, pero eso no pone en duda el edificio del conocimiento. Ahora bien, esa persona razonable que está leyendo a Descartes puede fácilmente reconocer en sí mismo que todas las noches cuando sueña, cree como reales, como verdaderas, todas las extravagancias que se le presentan y no es nada sencillo establecer una distinción precisa entre sueño y vigilia. Además afirma Derrida -y ésta es la parte más importante de su interpretación- el momento (no temporal, sino ontológico) mismo del 'Cogito, ergo sum', de la certeza indubitable, es el momento de la inclusión de la locura en el pensamiento. Allí, aunque el Genio Maligno me haga pensar cualquier disparate, que dos más dos son cinco o que las estrellas gritan su hastío de muerte siempre demorada, sigo estando seguro de que yo pienso. Aún no puedo distinguir entre ideas claras y distintas u oscuras y confusas. Todo lo que se me presente es para mí un pensamiento, una cogitatio. Sobre este basamento firme Descartes construirá el nuevo edificio de la filosofía y de la ciencia modernas. Pero allí, en su propia base, quedó atrapada la posibilidad de cualquier extravagancia. El Cogito no excluye de ningún modo a la locura, ese va a ser el papel de Dios, a quien Descartes va a llamar en su auxilio, para esta actividad de distinguir, de discriminar de separar y echar luz allí donde habitaba lo confuso o lo imposible.

¿Quién separa si no el sueño de la vigilia como pide Alejandra? ¿No es acaso el mismo que separa el cielo de la tierra, las tinieblas de la oscuridad? ¿No es aquel que lo hace mediante el Verbo? ¿No es acaso Dios el Verbo? El Verbo que distingue y que sustantiviza. ¿Cómo no volver loco al Verbo, si retornamos, si no pudimos nunca salir de aquel momento donde quedó instaurado de una vez y para siempre un Cogito desnudo?

"Hablo como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque."

Alejandra Pizarnik. Extracción de la piedra de la locura.

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