viernes, 27 de mayo de 2016

EL OÍDO DE ZARATUSTRA

¿Cómo tener oídos para lo absolutamente singular? ¿Con qué lenguaje recibir lo que no puede ser nombrado, apresado por el código compartido con el que nos comunicamos? Este es un problema central en la obra más conocida de Friedrich Nietzsche. Así dice Zaratustra:

“Hermano mío, si tienes una virtud, y esa virtud es la tuya, entonces no la tienes en común con nadie. Ciertamente, tú quieres llamarla por su nombre y acariciarla; quieres tirarle de la oreja y divertirte con ella.” 

¿De qué modo reconocer esa virtud propia? Zaratustra tematiza insistentemente no solamente la problemática del lenguaje, su insuficiencia y su carácter ficcional, su vitalidad, también pone en evidencia que es necesario desarrollar una receptividad hospitalaria y muy generosa para lo que no podemos categorizar.

“Harías mejor en decir: ‘inexpresable y sin nombre es aquello que constituye el tormento y la dulzura de mi alma, y que es incluso el hambre de mis entrañas’.” 


A pesar de que la creación esté relacionada a un principio activo, tal parece que hay que saber prestar atención, afinar el oído, ser capaz de sintonizar con lo que allí ya sucede. Se trata de una recepción, pero no como pura pasividad, sino como creación de un nuevo lenguaje o, mejor, como creación de lo nuevo en el lenguaje.

Por eso es que hay que desviarse de ciertos circuitos, que atronan con sus voces: la plaza, el mercado, los sacerdotes que hablan dentro nuestro. No puede haber receptividad con tanto ruido de la comunicación, con tanto lenguaje sin dobleces, con tanto leer y escribir de los ociosos. Este es el motivo por el que Zaratustra no puede ser comprendido cuando baja de su montaña a la plaza de la ciudad.

“¿Habrá que romperles antes los oídos, para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que atronar igual que timbales y que predicadores de penitencia? ¿O acaso creen tan sólo al que balbucea?” 

En este sentido la creación implica una “función femenina”, la de dar a luz aquello que está produciéndose, el niño como nueva verdad. La hospitalidad implica justamente esta atención, porque el cuerpo, el sí-mismo, habla siempre un nuevo lenguaje. Esta función femenina es la que Zaratustra ha desarrollado e invita a todos a practicar. 

“y a quien todavía tenga oídos para oír cosas inauditas, a ése voy a abrumarle el corazón con mi felicidad.”



Si la creación implica recepción, entonces no se trata de una creación entendida como “lo que a mí se me ocurre”, sino entendida como “lo que en mí ocurre”, en la que la posición del yo tiene que saber obedecer la voz que manda. Es más importante aprender a escuchar que imponer la supuesta libertad de un yo que no sabe lo que su sí-mismo está diciendo. El trabajo mismo de la escucha, paciente y comprometido con el pathos, será el que cree una nueva forma de libertad.

El último hombre no sabe obedecer, no tiene allí puesto su orgullo, no tiene la fuerza, no puede ser camello.

“¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento dominante, y no que has escapado de un yugo. ¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servidumbre.”

Obedecer es interpretar, en este sentido “crear” es crear algo que, de algún modo, ya está allí. Es lo que hace cualquier buen artista, crea un lenguaje, un estilo, una sintaxis desde los materiales con los que trabaja (su cuerpo, su tela, su época).

“Tú debes” le suena a un buen guerrero más agradable que “yo quiero”. Y a todo lo que os es amado debéis dejarle que primero os mande.”

Entonces, no “vale todo lo mismo” luego de la muerte de Dios. Desde la voluntad de poder, desde la vida siempre hay algo que se impone, no hay paridad de valores, hay creación en relación a un existente, a una corriente que nos arrastra.

“¡Vigilad y escuchad, solitarios! Del futuro llegan vientos con secretos aleteos; y a oídos delicados se dirige la buena nueva.”

jueves, 10 de marzo de 2016

STIFTERS DINGE

1. Mecanismos y escenas

Cuando asistimos al teatro como espectadores, se nos oculta por lo general el entramado de poleas, sogas, rieles, luces, cables que permiten componer el escenario y regular sus dinámicas. En el detrás de escena se monta, con ayuda de diversas técnicas del artificio y aparatos varios, un complejo destinado a la invisibilidad y al silencio. No hay nada natural en el dispositivo teatral. Allí, sin embargo, asistimos a la performance humana en la que las máquinas cumplen un rol de servidumbre: instrumentos musicales o muebles para ser utilizados por los actores, están allí para cumplir con una pequeña función al interior de la función general.

El músico alemán Heiner Goebbels presentó hace pocos días en el Teatro Colón una puesta en escena rigurosamente diferente a la norma mencionada. Comenzando por el hecho de que los espectadores compartían el escenario con los actores, lo que hacía que a pesar de la zona delimitada para los espectadores, toda la obra transcurriera 'tras bambalinas' poniendo en evidencia como un fondo compartido, los artificios técnicos que sostienen normalmente la escena. Aún más, los actores de la obra visual-musical eran máquinas. Unos pocos hombres aparecieron fugazmente en escena como ayudantes de las máquinas, en su rol de servidumbre. Luego, lo que pareció un puro automatismo, el resultado de un paciente juego de la programación cronometrada entre bombas de agua, pianos que tocaban sus propias melodías, pequeños robots autómatas sincronizados con algunas voces humanas que aparecían sin cuerpo.

                         

2. El modo de existencia de los objetos técnicos

El filósofo francés Gilberlt Simondon, cuya obra está siendo editada y estudiada fuertemente en los últimos años, dedicó su tesis complementaria de doctorado a pensar el modo de existencia de los objetos técnicos. Allí Simondon no solamente se opone al humanismo que teme al desarrollo técnico, también realiza una apología de las máquinas y da cuenta de su sensibilidad. A partir de allí la relación hombre-máquina es de implicación mutua, el hombre como organizador e intérprete de las máquinas y éstas con una sensibilidad que exceden el simple automatismo.


"El verdadero perfeccionamiento de las máquinas, aquel del cual se puede decir que eleva a grado de tecnicidad corresponde no a un acercamiento del automatismo, sino, por el contrario, al hecho de que el funcionamiento de una máquina preserve un cierto margen de indeterminación. Es este margen lo que permite a la máquina ser sensible a una información exterior. A través de esta sensibilidad de las máquinas a la información se puede consumar un conjunto técnico, y no por un aumento de automatismo. [...] La máquina que está dotada de una alta tecnicidad es una máquina abierta, y el conjunto de máquinas abiertas supone al hombre como organizador permanente, como intérprete viviente de máquinas, unas en relación con otras”





3. Origen del mundo y pérdida del lenguaje

No se trata de una progresividad simple. El hombre no es lo que viene después de la naturaleza y antes de la máquina. Ella cohabita con un mundo vegetal que se encuentra entre los pistones y un fondo mineral acuático que remite al origen del mundo, en el que asistimos al animarse de los elementos químicos hasta transformarse en vida burbujeante. Oímos voces humanas con sentido: William Burroughs, Lévi-Strauss. Nos hablan de una añoranza respecto a lo que estaba antes de la artificiosidad del lenguaje. Sonidos de tambor, de engranajes, regresión a través de la técnica hacia los albores de la humanidad y de la vida misma. Ritmo vital de la tierra y de la máquina.

Stifters Dinge logra sin dudas el efecto buscado. No sabemos ante qué estamos, aunque se trata claramente de una máquina, de una comunidad de máquinas, cuyas almas logran latir con la tierra y desplegar una sensibilidad visual y sonora que tiene la potencia de lo viviente.



domingo, 24 de enero de 2016

EPICURO: TEMPORALIDAD DEL PLACER

Sabemos que Epicuro propone una filosofía práctica cuya finalidad es la felicidad. Sabemos también que esta propuesta es hedonista, es decir, que la felicidad se alcanza mediante el placer. Además también estamos enterados de que su propuesta fue tergiversada ya desde sus inicios: se lo acusó de libertino, de afirmar una vida de lujos y desenfrenos (más cercan a la filosofía de Aristipo de Cirene); cuando su ética se centraba en evitar los dolores y las preocupaciones para alcanzar la serenidad.

Sin embargo, poco se ha llamado la atención sobre la importancia de la dimensión temporal en la filosofía de Epicuro. Comencemos por lo más sencillo. Una filosofía basada en el placer, debería centrarse en el presente. Es lo que vemos una y otra vez en el modo de entender el placer de nuestros contemporáneos: el placer es aquí y ahora, es el "momento" que no hay que dejar pasar, es un instante a aprovechar que puede quedar arruinado si estamos pensando en lo que fue o en lo que será. Como suele interpretarse la famosa frase del poeta epicúreo Horacio, carpe diem invita hoy en día a disfrutar el presente como si no hubiera un mañana, ni una historia.


Para comenzar a ver cómo juega la temporalidad en la filosofía de Epicuro, aquí tenemos uno de los pasajes más conocidos, al comienzo de la Carta a Meneceo cuando se invita a filosofar a personas de todas las edades:


“De modo que deben filosofar tanto el joven como el viejo: el uno para que envejeciendo, se rejuvenezca en bienes por el recuerdo agradecido de los pasados, el otro para ser a un tiempo joven y maduro por su serenidad ante el futuro.”

La filosofía se propone como una terapéutica que tiene como finalidad alcanzar la felicidad. Se podría suponer que una filosofía hedonista se centra en el presente, en el placer y la ausencia de dolor del momento que se está viviendo. Sin embargo para Epicuro parece claro que no habitamos solamente el presente, que recuerdos y esperas están presentes en el ahora perturbando o mejorando el estado en el que nos encontramos.


De todos modos los extremos de juventud (no hay niñez) y vejez no son congruentes entre sí. El joven será “a un tiempo” joven y maduro en tanto pueda prever, aceptar y accionar respecto a su futuro. El viejo (quien también puede tener preocupaciones y aún más urgentes en cuanto a su futuro), en cambio, se acerca a la felicidad viviendo más de su pasado que de su presente. Recordando los “buenos viejos tiempos”.

Suelen distinguirse dos tipos de placeres en la filosofía de Epicuro. Los primeros se denominan cinéticos porque implican un movimiento que place al disminuir un dolor presente. Por ejemplo, tomar agua disminuye el dolor de la sed y el placer como tal termina cuando la sed está saciada. Este tipo de placeres tienen corta duración, terminan cuando el dolor ha desaparecido, o cuando reaparece (se me terminó el agua y vuelve la sed). Una dimensión distinta del placer es el llamado catastemático, no implica un movimiento de recuperación de un equilibrio previo, sino el equilibrio mismo. Se trata de un estado, cuando el alma no está perturbada ni el cuerpo dolorido, un momento de bien-estar. Como tal, también es de corta duración, no tenemos (como los dioses epicúreos) las condiciones para permanecer en esta situación de imperturbabilidad: pronto aparecen las necesidades corporales, las preocupaciones por el porvenir o los recuerdos dolorosos.

Epicuro en la pintura de Rafael "La Escuela de Atenas" (detalle)

Epicuro sostiene que el placer es fácil de conseguir, pero también afirma que su duración es limitada. Uno de los problemas reside en que nuestro cuerpo, nuestra carne, no tiene este saber respecto a su propio placer, pero es la razón práctica (la phrónesis) la que debe administrar la medida de los placeres y desalentar los deseos de lo que no puede conseguirse: placeres ilimitados. Como afirma en las Máximas capitales:

(20) "La carne concibe los límites del placer como infinitos y un tiempo infinito requeriría para procurárselos. Pero la mente, que ha comprendido la conclusión racional sobre la finalidad y límite de la carne y que ha desvanecido los temores a la eternidad, nos procura una vida perfecta. Y ya para nada tenemos necesidad de un tiempo infinito."

Más allá del error respecto a la naturaleza temporal del placer, el problema se presenta en relación a las ansias de un futuro que jamás se podrá conseguir. Quizás más central aún que la dinámica de los placeres y dolores, es la importancia que Epicuro asigna a los miedos. Por eso comienza por allí su famoso tetrapharmakon o cuádruple remedio, tratando de atacar eficazmente el miedo a los dioses y el miedo a la muerte. Cualquier placer simple, como una buena comida con amigos, puede ser arruinado por los temores respecto a un posible castigo futuro. 

Más allá de identificar a los dioses y a la muerte como la causa de grandes temores, se trata de dos modos de temor a lo por venir. ¿Qué me depararán los dioses si hago o dejo de hacer tal o cual cosa? ¿Qué me esperará en la muerte? Por eso, luego de tratar estos dos temas en la Carta a Meneceo, Epicuro afirma:

"Hay que rememorar que el porvenir ni es nuestro ni totalmente no nuestro para que no aguardemos que lo sea totalmente ni desesperemos de que totalmente no lo sea."

Si lo que más turba la serenidad del alma (y en consecuencia también los placeres del cuerpo) es lo que nos va a deparar el porvenir, si se trata de aquietar la incertidumbre, entonces nada mejor que entender la naturaleza de ese porvenir en relación a nuestras acciones y decisiones. Avanzando un poco más en la carta, encontramos esta clasificación:

"Algunas cosas suceden por necesidad, otras por azar y otras dependen de nosotros" por lo que sólo estas últimas pueden ser objeto de juicio nuestro y de los demás. Si aprendemos a distinguir lo que era necesario que sucediera, o lo que sucedió por azar, entonces queda sensiblemente acotado el campo de lo que nos puede quitar la serenidad. No hay nada que podamos hacer frente al hecho necesario de que nuestra vida va a terminar, tampoco podemos hacer nada frente a las contingencias que durante nuestra vida enfrentaremos, entonces simplemente no debemos perturbarnos por lo que no está en nuestras manos. 

Saturno (Chronos) devorando a su hijo - Goya

Epicuro comprende muy bien que, aunque el placer sea fácil de conseguir, las preocupaciones y los temores lo arruinan permanentemente. Si nunca vivimos en un absoluto presente, si estamos permanentemente arrojados a lo porvenir, entonces quizás se pueda todavía multiplicar la experiencia del placer aprovechando esa expansión temporal de la existencia. A través de Cicerón, nos llega el siguiente fragmento de Epicuro:

"El cuerpo se complace mientras siente el placer presente; el alma también percibe el placer presente del mismo modo en que lo hace el cuerpo; pero además percibe por anticipado el placer futuro y no permite que se le escape el placer pasado. De modo que, el sabio siempre tendrá placeres continuos y entrelazados, porque la expectativa de los placeres esperados se une al recuerdo de los ya experimentados."

A diferencia de los dioses, que se encuentran en una situación permanente de placer catastemático, en un absoluto bien-estar, los hombres estamos sujetos a la temporalidad, es decir a la pérdida, la corrupción del cuerpo y el dolor. Eso nos proporciona, en términos epicúreos, innumerables oportunidades para el placer cinético. 

El tiempo nos devora en dos direcciones: no sólo arruinando una y otra vez el frágil equilibrio presente, sobre todo depositando en cada momento una ansiedad incontrolable respecto al futuro. Es allí donde todos los miedos, los vanos deseos y las perturbaciones del alma encuentran su refugio. Sin embargo, es allí donde hay que dar la lucha, porque no se trata de abandonarse a los designios de la Fortuna. 

Epicuro dedica muchas energías a discutir la idea de un Destino, de una vida determinada por los dioses o por la naturaleza. Lo único necesario son las condiciones que nos tocaron en suerte al nacer y la muerte que llegará inexorablemente algún día. Si lo pensamos, afirmar que hay un Destino es casi como afirmar que no hay tiempo. Hoy estaría escrito nuestro futuro, nuestra vida se transformaría en una soga que se va desenrollando y el tiempo sería simplemente ese desarrollarse de la soga. Pero esa concepción determinista no nos da oportunidades de enfrentar, de una u otra manera lo que sucede y de dirigirnos bien hacía aquí, bien hacia allá en el transcurso de la vida.

Cerramos entonces con el fragmento 47 del Gnomologio vaticano:

"Me he anticipado a ti, Fortuna, y me atrincheré frente a todas las grietas (por las que entras). Y no nos rendiremos ni ante ti, ni ante ninguna otra circunstancia. Por el contrario, cuando nos llegue lo necesario (esto es, la muerte), luego de escupir en grande sobre la vida y sobre quienes se aferran vanamente a ella, partiremos de la vida gritando, con una bella canción, que hemos vivido bien."

lunes, 18 de enero de 2016

LA LEY DEL MERCADO

Fui a ver al cine la película "El precio de un hombre" de Stéphane Brizé. En una línea que continúa, de alguna manera, las reflexiones de Laurent Cantet en "Recursos humanos" y "El empleo del tiempo", el argumento se centra en la experiencia laboral constituyendo nuevas formas de subjetividad y comunidad en tiempos de neoliberalismo.

Lo primero que hay que decir es que el título elegido para su estreno en nuestro país es, como mínimo, desafortunado. Ni que hablar del slogan agregado al afiche: "Todos tenemos un límite moral y deberemos ponerlo a prueba algún día". Porque no se muestra la historia de alguien cuyos límites morales son tentados por una oferta que no se puede rechazar, no se trata del problema de la Tentación.


El protagonista, Thierry, desde el comienzo de la película se resiste a la situación en la que se encuentra. Víctima de un recorte de personal de una gran empresa, lo encontramos en una oficina seguramente estatal, quejándose de que para conseguir empleo le hicieron realizar un curso para manejar grúas y después le dicen que no hay forma de que consiga trabajar manejando grúas si no tiene experiencia laboral. A partir de esa escena inaugural, asistimos a la tensión entre lo que el sistema ofrece a un desempleado a quien le urge trabajar para mantener a su familia y las resistencias que provoca en Thierry entrar en ese traje que todo el tiempo lo incomoda.

La maquinaria en la que el desocupado es escupido por la empresa funciona como un sistema de evaluación constante, en el que la pérdida de autonomía monetaria implica más que nunca un gobierno compartido de la vida, donde entran agentes bancarios, estatales, empresariales, escolares y compañeros de trabajo.

Escena tras escena Thierry es evaluado y humillado. Es obligado a humillarse a sí mismo: sí, estaría dispuesto a ganar menos dinero que antes; sí, estaría dispuesto a trabajar en horarios flexibles; sí, estaría dispuesto a formar parte de la maquinaria de evaluación y vigilancia. Lo que opera el sistema es una disponibilidad casi absoluta. Sin embargo, dijimos que desde un comienzo Thierry se resiste a la disponibilidad absoluta.



El título original de la película nos abre un panorama bastante más amplio. La loi du marché o "La ley del mercado". Estamos por supuesto en la senda de Marx, la fuerza de trabajo es lo único que tiene Thierry para intercambiar en el mercado y eso es lo que puede llevar a una lectura que tienda un puente con el título en español. Todo hombre (sin capital) tiene un precio en el mercado de trabajo. Hay un precio de mercado para sus horas de trabajo, pero hay otro costo, aún más grande (y es aún más grande en este sentido la enseñanza de Marx) llamado cosificación y alienación. Hay un modo de vida individual y social que el capitalismo talla en sus trabajadores.

Veamos entonces un punteo rápido de los principales problemas que la película muestra para dar cuenta de un mercado de trabajo contemporáneo y un estilo de vida moldeado de una manera que difiere en muchos aspectos del modelo fabril del siglo XIX:

1) Vigilancia y control. De Foucault a Deleuze, de Vigilar y castigar al Post-scriptum sobre las sociedades de control vemos multiplicarse los métodos y sistemas de evaluación: algunos más tradicionales, como las evaluaciones que el hijo de Thierry debe pasar en su escuela para poder llegar a la Universidad, otros bien contemporáneos como el control de la oficina de empleo, la intromisión hasta niveles inauditos del agente bancario en la vida íntima. Como una amarga lección de la sumisión a este nuevo sistema Thierry sólo consigue trabajo como vigilante en un supermercado, allí se transforma en un engranaje más de la gran maquinaria de control.

2) Pequeñas diferencias. La característica de este control, como ya afirmó Deleuze, es la de la competencia contra uno mismo. La "superación" de los registros anteriores vale para todos: alumno, desempleado, agente bancario, gerente de empresa. Una pequeña diferencia arruina las vidas: el chico no puede ir a la universidad no por ser mal alumno, sino porque baja su rendimiento,; la empleada del supermercado se queda sin trabajo no por faltar o robar dinero o trabajar mal, sino por quedarse con algunos puntos del programa de recompensa. Durante toda la película asistimos a escenas de negociación en las que un evaluador exprime hasta más no poder las desventajas sobre el evaluado: sus deseos, sus necesidades, sus ambiciones.

3) No hay afuera. La ley del mercado no implica simplemente que todo tiene un precio, que todo hombre tiene un precio, que todo se transforma en mercancía. No se trata de un problema de intercambio. La ley del mercado demanda crecimiento, acumulación, hasta en los lugares más marginales pensables. La ley del mercado premia/demanda/incentiva el esfuerzo, multiplica los puntos de vigilancia intra e interpersonales y sobre todo, no permite siquiera soñar con un afuera. Si por algo queda entrampado Thierry en esa cadena de humillaciones es porque no puede vislumbrar otra posibilidad de vida que la que se le ofrece. La tragedia es que la resistencia de Thierry no llega a encauzar un proceso creativo hacia un exterior posible.







miércoles, 23 de diciembre de 2015

VERDAD Y MÉTODO EN WALTER BENJAMIN

Existen fuerzas terribles que constantemente le amenazan y que oponen a la verdad científica “verdades” de un tipo completamente diferente con las más diversas etiquetas.
Friedrich Nietzsche

Conocemos el enorme escenario de conflictos sociopolíticos que signó a Europa durante la primera mitad del siglo XX. No podemos dejar de mencionar las dos grandes guerras, el ascenso de los fascismos y las revoluciones comunistas. Sabemos también que la magnitud de estos sucesos, así como la enormidad de las matanzas cometidas, tuvieron a la base un desarrollo científico-tecnológico sin precedentes. Fueron consecuencia directa del avanzado estadio técnico tanto las bombas atómicas arrojadas sobre la población civil japonesa, como la puesta en marcha de la “solución final” (Endlösung der Judenfrage) planificada y ejecutada de acuerdo a un modelo de producción industrial. Pero aún más allá de estas inconmensurables atrocidades, podemos afirmar que la encrucijada histórica de esos años en Europa no pudo haber tomado esas dimensiones ni esos derroteros si un continuo y cada vez más acelerado avance de la ciencia y la tecnología no hubiera generado enormes cambios en los modos de vida de sus habitantes. De alguna manera la promesa de la Ilustración, el indefinido progreso moral y material, había concluido en una catástrofe sin precedentes.

En ese convulsionado panorama son pocos sin embargo los que se atrevieron a sostener una actitud crítica respecto a la forma de pensar cómo se produce el conocimiento, que consecuencias sociales y políticas conlleva o cuáles son las fronteras de lo que puede ser considerado verdadero, tanto en el nivel de las ciencias naturales como en el de las humanas. Sabemos que una de las tradiciones más fuertes en el ámbito de la epistemología, el positivismo lógico, enraíza históricamente en estos momentos. Para esta corriente de pensamiento, el conocimiento científico debe revestir características que se le asignan a las denominadas “ciencias duras”: universalidad, forzocidad, formalidad, neutralidad ética[1]. Privilegiando una historia interna de la ciencia, el neopositivismo se ocupó de organizar el lenguaje científico de tal forma que nada externo a ella interfiriera en la búsqueda del conocimiento. El progreso ilimitado que propuso la Ilustración y que fue refrendado por el positivismo, encontraba aquí entusiastas epígonos que allanarían el camino hacia una acumulación de conocimientos y un acercamiento continuo hacia la verdad[2].



            Walter Benjamin compartió con varios de los positivistas lógicos la grave situación económica y social de la República de Weimar y el ascenso del nacionalsocialismo al poder. Como muchos de los que se agrupaban en el denominado Círculo de Viena, tuvo que huir de las zonas de influencia de Alemania a medida que se multiplicaban las persecuciones y sabemos que su trágica muerte en Port-Bou, fue consecuencia de los contratiempos que sufrió en su desesperado escape de la Gestapo. Sin embargo, allí se detienen las semejanzas. Benjamin se distingue explícitamente de toda raigambre positivista y encontramos en cambio coincidencias con los desarrollos que más tarde haría la tradición de epistemología francesa (Bachelard, Canguilhem, Foucault). Aunque no es nuestra intención afirmar que Benjamin haya sido un epistemólogo, sí queremos hacer énfasis en sus formulaciones y problematizaciones explícitas sobre este campo: el conocimiento, la verdad y el método fueron parte importante de sus reflexiones. Entendemos que sus concepciones filosóficas, estéticas, históricas y políticas estuvieron atravesadas por la emergencia de teorizar lo que iba construyendo un pensador original como pocos. Sus reflexiones sobre el conocimiento no tuvieron como origen el intento de poner a prueba los resultados de una comunidad neutral de investigación o la pretensión de encontrar la fórmula que permita distinguir al conocimiento científico del pseudocientífico; Benjamin tuvo que ensayar métodos novedosos en el contexto de una lucha política que fue crucial no solamente para él sino para el destino mismo de Occidente. Hemos afirmado que estas reflexiones tienen puntos en común con la epistemología francesa, pero no pueden reducirse a ella y creemos que tienen aportes originales para contribuir a una epistemología ampliada. La finalidad de este breve trabajo es intentar señalar algunos de estos aportes y entendemos que es una investigación que merece ser profundizada.

            Lo que constituye la singularidad de Benjamin es la heterogeneidad de influencias que fueron conformando su pensamiento y el atravesamiento histórico particular en el que se encontraba. La tradición mesiánica judía fue desde su formación universitaria y en adelante a través de su amigo Gershom Scholem, uno de sus pivotes fundamentales. Por otro lado, a partir de la amistad con Ernst Bloch y luego de la lectura de Historia y conciencia de clase de Georgy Lukacs en 1923, Benjamin se proclamará materialista histórico y formará parte de la tradición marxista, aunque debamos hablar de un marxismo heterogéneo: “La experiencia de nuestra generación: que el capitalismo no morirá de muerte natural.”[3] ¿Cómo pueden conjugarse marxismo y teología? ¿No parten acaso de fundamentos completamente contrapuestos? Sumemos a estas dos grandes tradiciones las influencias artísticas que en Benjamin tienen un peso capital: Baudelaire, Valéry, Kafka, Proust; mencionemos también las lecturas de Nietzsche, la influencia del psicoanálisis freudiano y el peso de la teoría crítica, sobre todo de la mano de su amigo Theodor W. Adorno. Podríamos sin duda adjudicarle a Benjamin las palabras que Friedrich Nietzsche le dirigiera a Rohde en 1870: “Ciencia, arte y filosofía crecen ahora tan juntos dentro de mí, que en todo caso pariré centauros.”[4] Desde las ortodoxias, la filosofía de Benjamin es ciertamente monstruosa, sobre todo porque articula una extraña convivencia de elementos pertenecientes a reinos extraños entre sí. Veamos entonces algunas de sus preocupaciones sobre la problemática del conocimiento. No hay ciertamente un tratado o una obra dedicada específicamente al tema y es necesario tener en cuenta gran parte de sus publicaciones en las que aparecen desarrollos más o menos extensos sobre el problema de la verdad y el método. Aprovecharemos, sin embargo, la sección de su Libro de los pasajes[5] titulada “Teoría del conocimiento, teoría del progreso” porque encontramos concentrados allí una cantidad de aportes suficientemente ricos para esta breve aproximación.



            Lo primero que tenemos que señalar, es que Benjamin pretende separarse tajantemente de las concepciones continuistas de la temporalidad y del saber. Es menester entender que las formas tradicionales de dar cuenta del saber están inscriptas en un modo de comprender el tiempo como homogéneo y continuo. Solamente en esa línea de tiempo puede el positivismo dar cuenta del progresivo avance en los “descubrimientos” que llevan a un acercamiento hacia la verdad que está esperando por fuera de la temporalidad humana. En cambio, para Benjamin no hay verdad por fuera del tiempo y ésta se manifiesta justamente en los instantes en los que se articula una conjunción particular que irrumpe como una iluminación. “Hay que apartarse decididamente del concepto de ‘verdad atemporal’. Sin embargo, la verdad no es –como afirma el marxismo- únicamente una función temporal del proceso de conocimiento, sino que está unida a un núcleo temporal, escondido a la vez tanto en lo conocido como en el conocedor.”[6] Ni atemporalidad, ni proceso, sino momento único en el que algo estalla entre los dos polos del conocimiento: entre el sujeto que conoce y lo conocido hay una posible unión en la que ambos se precisan. De esta manera Benjamin marca las enormes diferencias que lo separan de una tradición marxista-hegeliana en la que la verdad se va desplegando en la temporalidad misma. Si el núcleo de esa temporalidad que irrumpe está escondido, aparecerá como corte, como fogonazo iluminador, como instantánea fotográfica, aquí queda en evidencia la matriz teológico-mesiánica de Benjamin. “En los terrenos que nos ocupan, sólo hay conocimiento a modo de relámpago. El texto es el largo trueno que después retumba.”[7]

            Dijimos que pretendemos mostrar algunos puntos en común con la epistemología francesa. En este sentido es pertinente traer aquí las reflexiones sobre la verdad-cielo y la verdad-rayo que Michel Foucault contrapone y articula en su curso El poder psiquiátrico de 1973-74 en el Collège de France. Allí afirma que el saber científico supone que hay verdad en todo momento y en todos lados, se accederá a ella más fácilmente o no, se utilizarán instrumentos, pero la verdad recorre el mundo y no hay nada a lo que no pueda preguntársele “¿quién eres, en verdad?”[8] Esta verdad la puede decir quien quiera, mientras cuente con los medios, “los instrumentos necesario para descubrirla, las categorías indispensables para pensarla y el lenguaje adecuado para formularla en proposiciones”[9]. Foucault llama a esto ‘una tecnología de la verdad demostrativa’. Esta concepción moderna de la verdad recubre y tapa una anterior, que pensaba que la verdad tiene su tiempo y su lugar, su geografía y su kairos. Foucault ejemplifica con el oráculo de Delfos, con la alquimia, con la medicina hipocrática. Esta verdad tiene sus mensajeros exclusivos (adivinos, sabios, locos), es una verdad no universal, sino rara, dispersa, una verdad acontecimiento. “Esta verdad discontinua podría recibir el nombre de verdad rayo, en contraste con la verdad cielo, universalmente presente bajo la apariencia de las nubes.”[10] En la verdad-cielo-demostrativa se trata de conocer y la relación es sujeto-objeto. En la verdad-rayo-acontecimiento hay una relación arriesgada, “belicosa, de dominación y de victoria y, por tanto, no de conocimiento sino de poder.”[11] La verdad demostrativa intentaría ocultar su imbricación en las relaciones de poder, presentándose como neutral.
          
  Si bien no podemos identificar esta verdad-rayo que describe Foucault con las descripciones benjaminianas, hay aristas compartidas. Para el filósofo alemán, esta relación con la verdad también se presenta esquiva, es una situación de acecho, caza y resistencia. Rara vez la verdad se deja sorprender, como si fuera una pura pasividad que posara para la cámara. “La verdad (como un niño, como una mujer que no nos ama) se niega a quedarse tranquila y sonreír ante el objetivo de la escritura cuando nosotros nos acomodamos bajo el paño negro.”[12] Se pretende entonces una búsqueda activa de la verdad, una activación que tiene que interrumpir el curso “normal” de los acontecimientos. Porque Benjamin se está enfrentando a una concepción progresista de la verdad, que está presente tanto en algunas formas ortodoxas del marxismo (el despliegue histórico e ineluctable) como en la socialdemocracia burguesa. En el Libro de los pasajes afirma que “se puede considerar como uno de los objetivos metódicos de este trabajo mostrar claramente un materialismo histórico que ha aniquilado en su interior la idea de progreso. Precisamente aquí, el materialismo histórico tiene todos los motivos para separarse con nitidez de la forma burguesa de pensar. Su concepto principal no es el progreso, sino la actualización.”[13] Sabemos que el progreso es para Benjamin la catástrofe. El tren, la máquina emblema del progreso técnico y la revolución industrial, debe ser descarrilado. Ni el mismo Benjamin podría haber imaginado que esos mismos trenes llevarían a los judíos como él a las entrañas de los campos de exterminio. La actualización, en cambio, tiene que ver con la inserción de un tiempo pasado en el momento presente, para la dislocación del continuo de la temporalidad.

En este sentido, el momento del despertar juega un papel crucial para introducir algo del orden de lo onírico en el continuo de la vida consciente. Es aquí donde vemos la influencia que el psicoanálisis y el surrealismo tienen en la forma de pensar benjaminiana. “¿Ha de ser el despertar la síntesis entre la tesis de la conciencia onírica y la antítesis de la conciencia de vigilia? El momento del despertar sería entonces idéntico al “ahora de la cognoscibilidad”, en el que las cosas ponen su verdadero gesto –surrealista-. Así, en Proust es importante que la vida entera se vuelque en el punto de fractura de la vida, dialéctico en grado máximo: en el despertar. Proust comienza exponiendo el espacio del que despierta.”[14] Este es un ejemplo de la particular interpretación de la dialéctica en términos de Benjamin. La síntesis entre la vigilia y el sueño es el ahora del despertar, en el que una verdad que rompa con la vida como continuo consciente puede presentarse para fracturar esa vida. Es en esos momentos del “entre” la vigilia y el sueño donde puede aparecer la verdad, para escabullirse rápidamente, como pasa cuando queremos recordar los sueños apenas nos hemos despertado. Para Freud los lapsus del discurso no son materiales desechables que interrumpen la comunicación de una verdad que se transmite de un sujeto a otro, sino un acervo precioso que permite dar cuenta de una verdad inconsciente no asequible directamente por el discurso de la vigilia. A diferencia de los positivistas lógicos que intentaban reducir los equívocos y las desviaciones en los enunciados, se trata de adentrarse a través de esas interrupciones de la norma. Así también Benjamin está más interesado por esas interrupciones a las que hay que saber atender. “Comparar los intentos de otros con expediciones navales en las que el polo Norte magnético desvía los barcos. Encontrar ese polo Norte. Lo que para otros son desviaciones, para mí son los datos que determinan mi rumbo. Sobre los diferenciales de tiempo, que para otros perturban las “grandes líneas” de la investigación, levanto yo mi cálculo.”[15] Esas grandes líneas de investigación son justamente aquellas que desprecian lo pequeño, lo único, singular. Se esfuerzan en cambio para subsumir toda la realidad en leyes generales y reducir así todo el ámbito de los fenómenos a casos de esas leyes. Benjamin tiene, muy por el contrario, una mirada atenta a lo nuevo pero también a lo antiguo y no simplemente para mostrar las relaciones causales entre uno y otro punto del tiempo, sino para hacer revivir el pasado y modificar el presente. “¿De qué modo es posible unir una mayor captación plástica con la realización del método marxista? La primera etapa de este camino será retomar para la historia el principio del montaje. Esto es, levantar las grandes construcciones con los elementos constructivos más pequeños, confeccionados con un perfil neto y cortante. Descubrir entonces en el análisis del pequeño momento singular, el cristal del acontecer total. Así pues, romper con el naturalismo histórico vulgar.”[16] Benjamin intenta un camino lateral pero que se reconoce dentro de los límites del marxismo. La utilización de la técnica de montaje implica la conciencia de la fragmentación de la subjetividad de la vida moderna. Se trata entonces de ser capaz de tomar instantáneas, atisbar pequeños destellos aparentemente inconexos entre sí, para lograr esa plasticidad que el “naturalismo histórico vulgar” no es capaz de aprehender ni apreciar. Lo que particularmente nos interesa del enfoque benjaminiano es su atención a las singularidades y a los aspectos inconscientes individuales y colectivos. No abundan los abordajes que permitan dar cuenta del acontecer histórico, cultural y político sin reducir esas complejidades a las “grandes líneas de investigación” de las que Benjamin quiere desviarse.



            Para concluir, volvamos a ver por qué hemos sostenido que Benjamin es afín a la epistemología francesa y se diferencia de la tradición neopositivista. Frente a la universalidad, Benjamin enfoca su lente en la singularidad, pero aún más, esa singularidad pasada no permanece como tal inamovible, esperando a que vayamos a desenterrar su verdad, puede ser transformada, reactivada, vivificada, actualizada a la luz del presente. Frente a la continuidad, Benjamin privilegia la ruptura, el corte, la escansión, el desvío, la calle lateral, el “entre” que se abre entre la vigilia y el sueño. Frente a la neutralidad ética y política, Benjamin entiende que la verdad tiene que cumplir un papel político urgente, irrumpiendo en el supuesto progreso histórico que no es otra cosa que la acumulación de las derrotas de los oprimidos. Frente al método único y privilegiado, que sería adecuado y concordante con la verdad única a ser desenterrada, Benjamin propone la experimentación de nuevos métodos acorde a nuevas constelaciones de verdades. “El método científico se caracteriza porque desarrolla nuevos métodos al conducir a nuevos objetos. Es el mismo caso que el de la forma en el arte, caracterizada por desarrollar nuevas formas al conducir a nuevos contenidos. Y es que sólo externamente posee una obra de arte una sola forma, y el tratado un solo método.”[17]



[1] Díaz, E., Entre la tecnociencia y el deseo. La construcción de una epistemología ampliada, Buenos Aires, Biblos, 2007, p. 18.
[2] “Una de las características de la epistemología de la concepción heredada es pensar el desarrollo de la ciencia como un proceso acumulativo o progresivo en el que existe continuidad.” Ibídem, p. 46
[3] Benjamin, W., Libro de los pasajes, Madrid, Akal, 2011, p. 678.
[4] Citado por Andrés Sánchez Pascual en Nietzsche, F., El nacimiento de la tragedia, Buenos Aires, Alianza, 1998, p. 11.
[5] Das Passagen-Werk fue un proyecto monumental en el que Benjamin trabajó desde 1927 hasta que tuvo que huir de Paris cuando los nazis tomaron la ciudad en 1940. Si bien nunca llegó a concluirlo y contamos solamente con una versión en borrador publicada por Rolf Tiedemann en 1982, la influencia de este trabajo en las obras publicadas (como La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica) es innegable. En este sentido, aunque la sección “Teoría del conocimiento, teoría del progreso” se refiera en varios casos directamente a los métodos de producción de Das Passagen-Werk, podemos tomar lo que allí se sostiene como indicadores importantes del pensamiento de Benjamin más allá de esta obra.
[6] Benjamin, W., Libro de los pasajes, Madrid, Akal, 2011, p. 465.
[7] Ibídem, p. 459.
[8] Foucault, M., El poder psiquiátrico, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008, p. 269.
[9] Ibídem.
[10] Ibídem, p. 271.
[11] Ibídem.
[12] Benjamin, W., Dirección única, Madrid, Alfaguara, 2002, p. 85.
[13] Benjamin, W., Libro de los pasajes, Madrid, Akal, 2011, p. 462.
[14] Ibídem., p 466.
[15] Ibídem., p. 459.
[16] Ibídem, p. 463.
[17] Ibídem, p. 475.

sábado, 5 de diciembre de 2015

UN CIRCO EN COMÚN

Palabras para la entrega de diplomas de mis alumnos que terminaron el secundario



1  “La sociedad en la que vivimos tiene un sistema increíblemente sofisticado cuando se trata de adoctrinar a las jóvenes generaciones, y así generar una determinada manera de pensar.”

2 “¿Por qué aceptamos lo que nos impone la sociedad sin ningún tipo de crítica? ¿Por qué no buscamos una alternativa de vida distinta? ¿Por qué no intentamos modificar aquello que no nos agrada o convence? ¿Cómo sabemos que es lo que en realidad está “bien” o “mal”?”

3 “Vivimos en un mundo en donde se nos exige tener una “mejor vida”, o la “vida perfecta”, en donde el capitalismo muestra que la vida más placentera es una casa grande y de lujo, una esposa con una belleza incomparable y dos hijos que vayan a la universidad más cara del mundo.”

4 “La mayor parte de la gente en nuestra sociedad se mata buscando algo que muy pocos consiguen. Pisan y se dejan pisar, todo con el objetivo de conseguir lo que quieren.”

Espero que algunos de ustedes hayan reconocido estas citas. Son fragmentos de los ensayos que escribieron hace muy poco. Los temas que eligieron son distintos, pero en esa variedad hay algo en común. ¿Cuál es ese ser-en-común? ¿Qué es lo que permite pensar en una comunidad entre ustedes y nosotros? Escuchemos con atención sus palabras.

5 “¿Qué responsabilidad tiene cada uno con respecto a la sociedad en la que vivimos? ¿Pensamos acerca de las cosas que suceden en la sociedad? ¿Tenemos responsabilidad para cambiar las cosas?”

6 “Fueron los seres humanos los que eligieron el fascismo como verdad humana y pueden volver a elegirlo en un mañana. No se trató de un monstruo que dominó a una sociedad entera, sino que cada ser humano durante esa época fue libre de elegir que actos individuales llevar a cabo, ya sea dar o seguir órdenes, no querer enterarse de lo que sucedía para no hacerse cargo, decidir no hospedar en su casa a personas perseguidas. Todas esas decisiones construyeron el fascismo como una verdad humana.”

7 “Nacemos en una sociedad en la que hay ciertos temas o perspectivas que ya están impuestas. A lo largo de nuestras vidas se nos enseña o impone qué es lo que está “bien” o “mal”. Frente a esto, las personas responden como una especie de “robot”, ya que en general lo aceptan como si fuera la única forma de vida o pensamiento posible.”

Si hay una apuesta pedagógica en el movimiento de presentarles a los pensadores que leímos juntos, es para ver si eso enciende en ustedes un problema que sea compartido, un problema común entre esos desconocidos y ustedes.

Y si Voltaire, Sócrates, Nietzsche, Sartre pueden encender algo en ustedes, es porque un problema nunca es exclusivamente propio. Descubrir que un problema no es solamente mío, que hay algo en común que pensar y sobre lo que crear, es algo sobre lo que tenemos que seguir trabajando, en una época que nos invita cada vez más a pensar los problemas como desafíos privados. Vivimos un tiempo de privatización de los problemas, cuya contracara es la “superación personal”. A ese movimiento hay que oponer la comunidad de pensamiento.

8 “Parte del sentido de la vida está también en rodearse de personas y aprender de ellas.”

Permítanme ponerle palabras propias entonces al común que hay en sus ensayos. El problema se llama ¿Qué puedo hacer? ¿Qué es lo que puedo hacer con mi vida? ¿Cuáles son mis potencias? ¿Cómo no ser una simple máquina de reproducción? ¿Cómo no ser un simple robot? El problema es qué hacer con nuestra potencia y la potencia siempre es un problema.

Escuchemos nuevamente con atención:

9 “¿Cuántas veces nos ha pasado que nos encontramos ahogados en un mar de preguntas y posibilidades que no cumplimos debido a la extrema libertad e incertidumbre que llevamos?”

10 “El ser humano siente inseguridad ante lo desconocido, de lo que lo haga salir de la zona de comodidad. A veces, esta inseguridad está bien planteada, pero no siempre es así. ¿Y qué si quiero romper un poco con lo normal, probar otras cosas, ser original?”

11 “¿Qué pasaría si dejáramos la escuela? La respuesta es absolutamente nada, es decir, nuestros padres se enojarían, nos quitarían una serie de beneficios, y al mismo tiempo seríamos mal vistos por la sociedad, pero no hay nada que nos diga que dejar el colegio está mal, porque nadie sabe lo que de verdad está bien o mal. Sin embargo, todas estas cuestiones son consecuencias que en general no queremos afrontar, entonces, decidimos continuar con lo que ya está impuesto. ¿Qué quiere decir esto? Que no somos nada más y nada menos que conservadores.”

El problema es qué hacer con nuestra potencia y es por eso por lo que preferimos ponerle gruesas cadenas.

Escuchemos con atención:

12 “Varias veces son las que nos sentimos “encarcelados” debido a las cargas horarias de nuestro aprendizaje en universidades o trabajos. Comúnmente se dice que somos esclavos de nuestras actividades en la comunidad, que somos “presos”, ¿pero dónde están las cadenas? Llevamos varias horas quejándonos pero sin hacer nada, ¿y qué hacemos al respecto?”

13 “El preso sin cadenas está preso en su inconsciente. Está preso en su comodidad. Está preso de una posición de la cual no quiere moverse para no gastar energías.”

14 “Es hora de escapar de una cárcel que nadie vigila y unas paredes que nadie construye. Nosotros somos nuestros mismos carceleros y nuestra mente es nuestro propio prisionero. Ya es tiempo de que el carcelero sea eliminado y que nuestras ideas vengan a nuestra mente sin tratamientos y condenas. Nosotros somos dueños de nosotros mismos.”

Me gustaría para concluir oponer a la imagen del robot, del autómata, del hombre encadenado a sí mismo, otra imagen. La imagen del circo que llega al pueblo. Quizás ustedes no tengan tan presente esta imagen. Pero el circo que llega al pueblo no implica solamente un lugar donde ir a ver lo exótico y lo peligroso. Las fieras salvajes, la mujer barbuda, los enanos, los equilibristas, los magos.

Cuando el circo se iba, después de que la curiosidad quedaba saciada, los habitantes del pueblo se daban cuenta de que alguien se había ido con el circo. El circo se convertía entonces en una oportunidad para transformarse, no solamente para huir, sino para explorar la propia potencia, para los que sueñan con ser fieras salvajes, mujeres barbudas, enanos, equilibristas, magos.

Escuchemos con atención:

15 “Una posible manera de seguir es armar comunidades por fuera de la vida social."

Hay, en todos nosotros, como un problema en común, una fuerza que nos impulsa a irnos con el circo, a formar parte de una comunidad de raras potencias. Ojalá que ese problema, el problema de la potencia, el problema de querer ser-en-común con el circo, ese problema que a la edad de ustedes se presenta como una emergencia, siga vivo en ustedes. Y ojalá que allí podamos reencontrarnos.






lunes, 23 de noviembre de 2015

BUTLER PARA HETEROSEXUALES

Es curioso lo de decir algo en nombre propio, 
porque no se habla en nombre propio cuando uno 
se considera como un yo, una persona o un sujeto. 
Al contrario, un individuo adquiere un auténtico nombre propio
al término del más grave proceso de despersonalización, 
cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan 
enteramente, a las intensidades que le recorren.
Gilles Deleuze 
1.      ¿Quién sos?



Nunca se sale indemne de una interpelación. Aún cuando haya una respuesta afirmativa a una demanda que se cree comprender, aún cuando se diga “sí, es a mí” y se intente en vano clausurar el movimiento que toda interpelación comporta. Poder ser interpelado por otros implica necesariamente encontrarse habitando la intemperie, dejar en evidencia que no hay resguardo para lo que creemos ser, reafirmar que estamos expuestos. Porque no hay posibilidad de responder a una interpelación con una respuesta previa, con una identidad ya constituida, con un “efectivamente soy tal y cual”. Y esto por dos motivos. En primer lugar porque no hay posibilidad de narrarme, de dar cuenta de quién soy si no es a través de una interpelación. No hay narración previa, existe un quién soy sólo para un otro. En segundo término, porque esa interpelación no me deja indemne, me demanda una respuesta que recorre un camino intrincado a velocidades inciertas. Y cuando esa respuesta aflora, aunque parezca ser simple resultado de un automatismo, ya no puedo ser el mismo. Soy entonces, si se me permite la aparente complejidad lógica, constituido y modificado por el mismo acto que implica la irrupción del otro. “¿Quién sos?” dice, ordena, pregunta la interpelación. Y aunque una voz familiar, algo así como una voz que reconocemos propia responda “Soy yo”, tal vez haya en esa respuesta un temblor. Y tal vez allí comience el pensamiento.

Allí al menos comenzó el pensamiento en mi caso, gracias a la interpelación de la compañera Paola Martínez (aquí a mi lado), cuando se estaban planeando estas jornadas y se acercó para invitarme a escribir un trabajo sobre Judith Butler y así armar junto con ella y Rocío Feltrez una mesa sobre temáticas de género y feminismo. En ese momento yo estaba dictando un curso sobre la obra de Butler, así que dije que sí. Y mientras algo en mí sostenía ese “sí” tan firmemente como podía, otras cosas fueron pasando. ¿Qué voy a hacer yo – comencé preguntándome- en una mesa junto a Paola y Rocío que ya han estudiado y escrito mucho sobre feminismo y teoría queer? La pregunta no estaba atravesada por pruritos basados en un déficit en el saber. O sí. Quiero decir, no se trataba de un problema de saber académico, de haber investigado menos el tema que ellas. Se trataba más bien de saber lo que me movilizaba a ocupar ese espacio. ¿Sabía yo quién era cuando dije sí a ocupar este espacio? (Finalmente Rocío preparó otro tema para su exposición). En todo caso creía saberlo, pero no era sino el principio de un problema. Se me presentó primero la dificultad de hablar sobre una de las más importantes pensadoras del feminismo, el posfeminismo, la teoría queer o como querramos clasificar a Judith Butler, sin reconocerme ni queer, ni trans, ni homosexual. Y peor aún, sin ser ni siquiera mujer. Terminé rápidamente pensando algunos de los problemas que implicaba que algo así como que un varón blanco heterosexual universitario esté hablando sobre feminismo y teoría queer.

Entonces la interpelación “¿Quién sos?” se comenzó a responder en el entramado  de la obra de Butler, a través de lo que ella denomina la “matriz heterosexual”, a saber: “un modelo discursivo/epistémico hegemónico de inteligibilidad de género, el cual da por sentado que para que los cuerpos sean coherentes y tengan sentido debe haber un sexo estable expresado mediante un género estable (masculino expresa hombre, femenino expresa mujer) que se define históricamente y por oposición mediante la práctica obligatoria de la heterosexualidad.”[1] ¿Cómo hablar entonces de las prácticas minoritarias en torno al género, si uno se encuentra el lugar hegemónico? ¿Cómo hacer para no reproducir otra vez el lugar de la voz autorizada, para no hablar en lugar del otro, ocupando su lugar a la vez haciéndolo callar? Creo que esto toca algunos nervios centrales del cuerpo problemático que atraviesa estas jornadas: subjetividad, alteridad y hospitalidad. Soy interpelado, recibo una invitación para hablar, pero no sé si debo antes que nada callar para que el otro deje ser hablado. ¿Cuáles son mis posibilidades para alojar una reflexión crítica sobre la degeneración si me reconozco como un agente de reproducción del orden dominante? ¿Cómo escribir si no es con el cuerpo y desde el deseo? Pero ¿cómo hacer hablar el deseo, si ello fuera posible, cuando lo descubrimos como un deseo opresor?  Opté entonces por intentar pensar desde el lugar de la heterosexualidad. ¿En qué sentido la propuesta teórica de Judith Butler puede permitir pensar la heterosexualidad? ¿Cuáles son las herramientas que aporta para una comprensión crítica del lugar que tenemos en la matriz heterosexual?



2.      Un campo de fallas.

Podemos pensar buena parte de la filosofía de Judith Butler como la expansión continua de un campo de fallas. La falla implica en primer lugar un yerro, un desacierto, una equivocación. Deberíamos ser capaces de ver entonces en qué estamos fallando o qué es lo que falla en nosotros, sobre todo cuando creemos que acertamos. Pero la falla es también un desfasaje, una discontinuidad, un desplazamiento sobre un plano o a través de un cuerpo que se pretendía sólido. La falla es tal siempre en relación a un acierto o a una solidez, en este sentido parece tratarse de un concepto negativo. Pero en la filosofía de Butler las fallas cobran una dimensión productiva. Junto al gesto deconstructivo que gusta poner en evidencia la falla, encontramos en Butler una imaginación propositiva, que se interesa particularmente por los modos que permiten establecer nuevas conexiones.

La primera falla tiene la duplicidad que atraviesa el pensamiento de Butler, es a la vez lingüística y política. Se trata del concepto de “representación”. El modelo clásico de la representación implica que hay un sujeto constituido que luego puede ser representado en la arena política. Butler advierte sobre la falla de la representación sobre todo porque soslaya que el sujeto se constituye como tal en su actuación política. Esta falla en el sujeto originario del contrato político, termina evidenciando una grieta en la manera en que la metafísica de la sustancia concibe nuestra identidad y abona de ese modo la salida de un esencialismo que, en el plano del género y la sexualidad, intenta muchas veces fundamentarse en una concepción no revisada de la biología. No hay una identidad sexual, esto es, no habitamos un género claramente y esta no es una característica de quienes son reconocidos en sexualidades “desviadas” o “perversas”, cuenta también para quienes se identifican sin problemas en el esquema que la matriz heterosexual les proporciona: “El género es una complejidad cuya totalidad se posterga de manera permanente, nunca aparece completa en una determinada coyuntura en el tiempo.”[2]

En otras palabras, nunca puedo asegurarme de una vez por todas ser un “hombre” o ser una “mujer”. Si hay discontinuidades en la identidad, si hay discontinuidades en la identidad sexual, entonces tengo que suturar una y otra vez estas discontinuidades para hacer aparecer mi vida como una línea sólida y coherente en la que pueda reconocerme y ser reconocido por los otros. De ahí que la teoría de la performatividad aparezca como reverso productivo de la discontinuidad de las identidades subjetivas. Tengo que actuar una y otra vez de diferentes formas aquello que creo ser y aquello que parcialmente termino siendo. Por eso la performatividad no puede reducirse a la actuación como acto limitado, porque se realiza todo el tiempo sin depender de la libre voluntad del actor. Por otra parte cuando actúo una y otra vez mi intento de ser un hombre heterosexual, no solamente nunca paso la prueba definitivamente, sino que no hay modelo estático del género en el que me reconozco que me sirva como guía. Hay una pluralidad de ideas de hombre encarnadas en innumerables actos de masculinidad que se van modificando histórica y culturalmente. Somos víctimas irredentas del nominalismo. Sin embargo, esto no quiere decir que el género no tenga entidad, ni consecuencias en nuestros modos de vida,  ni que la heteronormatividad no intente violentar continuamente lo que sin cesar se aleja de ella. “El género ni es una verdad puramente psíquica, concebida como algo “interno” u “oculto”, ni puede reducirse a una apariencia de superficie; por el contrario, su carácter fluctuante debe caracterizarse como el juego entre la psique y la apariencia (entendiendo que en este último dominio se incluye lo que aparece en las palabras). Además, éste será un juego regulado por imposiciones heterosexistas, aunque, por esa misma razón, no pueda reducirse a ellas.”[3]

Habitar un campo de fallas implica entonces que aunque haya normas hegemónicas, no solamente no son las únicas disponibles, sino que ellas mismas están en permanente estado de temblor. Porque es la pérdida la que organiza nuestros derroteros. Es el permanente estado de menesterosidad de nuestra identidad el motor de nuestras insistencias y de nuestras violencias. De aquí podemos desprender una primera conclusión. Aún habitando y reproduciendo una identidad hegemónica heteronormativa, podemos debilitar los niveles de coerción siempre que estemos dispuestos a pagar el precio de reconocer nuestra falla constitutiva y en consecuencia no demandar a los otros una identidad que nosotros mismos no podemos sostener. “El reconocimiento de que uno no es, en cada oportunidad, totalmente igual a como se presenta en el discurso disponible podría implicar, a su turno, cierta paciencia con los otros que suspendiera la exigencia de que fueran idénticos en todo momento.”[4] Hay un desfase temporal entre la normatividad del reconocimiento y la autopercepción que genera un “fracaso” en conocernos y presentarnos. Entonces tenemos que ser capaces de esperar estos fracasos también en los otros. “Cuando solicitemos conocer al otro o le pidamos que diga, final o definitivamente, quién es, será importante no esperar nunca una respuesta que sea satisfactoria. Al no buscar satisfacción y al dejar que la pregunta quede abierta e incluso perdure, permitimos vivir al otro, pues la vida podría entenderse justamente como aquello que excede cualquier explicación que tratemos de dar de ella.”[5]



3.      Una puerta clausurada.

Sostuve en la sección anterior que es la pérdida la que organiza nuestros derroteros. Quiero referirme rápidamente a un último aspecto de la constitución de la heterosexualidad que señala agudamente Judith Butler. Hay una pérdida que no se refiere a la identidad que nunca se termina de asegurar, sino una pérdida de un objeto de amor, que justamente constituye la identidad en la que nos reconocemos, en este caso la heterosexualidad. Hay objetos de amor resignados, perdidos absolutamente, puertas clausuradas que la heterosexualidad no solamente parece no estar dispuesta a franquear, sino que desconoce que esos objetos posibles de amor, hayan constituido una pérdida. Y si lo que se perdió no puede ser siquiera llorado, porque no sabemos que lo hemos perdido, estamos constitutivamente melancolizados. En palabras de Butler: Existen, por supuesto, varios modos de negarse a amar, todos los cuales pueden ser considerados como repudio. Pero ¿qué ocurre cuando cierto repudio del amor se convierte en la condición de posibilidad de la existencia social? ¿No se produce entonces una socialidad aquejada de melancolía, una socialidad en la cual la pérdida no puede ser llorada porque no puede ser reconocida como tal, porque lo que se pierde nunca tuvo derecho a existir?”[6] Desde esta perspectiva y sin poder pensar ahora en las enormes implicancias políticas que tiene para Butler el problema del duelo, deberíamos poder ahondar en lo que significa para nuestras concepciones del amor, la imposibilidad constante de llorar nuestras pérdidas.

Mucho se ha escrito sobre los amores no correspondidos, sobre los amores que podrían haber sido, sobre los que ocurrieron fugazmente y fueron trágicamente interrumpidos, y sobre todas aquellas formas de la pérdida amorosa que habitan el espacio del dolor. Pero poco sabemos aún sobre ese espacio limítrofe entre lo prohibido y lo imposible en el que nos aguardan impacientes en el gozo y en el llanto, aquellos amores que tienen la potencia de destruirnos.





[1] El género en disputa, p. 292
[2] El género en disputa, p. 70.
[3] Cuerpos que importan, p. 328
[4] Dar cuenta de sí mismo, p. 62.
[5] Dar cuenta de sí mismo, p. 63.
[6] Mecanismos psíquicos del poder, p. 35.