
martes, 17 de abril de 2012
LA BESTIA Y EL SOBERANO

lunes, 16 de abril de 2012
LA FILOSOFÍA ANORMAL

lunes, 2 de abril de 2012
FILOSOFÍA Y ACTUALIDAD


viernes, 9 de marzo de 2012
PASIONES HERÉTICAS


miércoles, 29 de febrero de 2012
ESENCIAS Y ACCIDENTES

En 1967 Gilles Deleuze realiza una comunicación en la Sociedad francesa de filosofía, titulada El método de dramatización, allí hace un adelanto de algunos de los puntos principales de su tesis de doctorado que presentaría un año después: Diferencia y repetición. La exposición se realiza ante los miembros de la sofrphilo y luego de ella hay interesantes y por momentos tensas discusiones con filósofos de la talla de Jean Wahl y Jean Beaufret.
“No es seguro que la cuestión ¿Qué es…? sea una buena pregunta para descubrir la esencia o la Idea. Puede que las preguntas del tipo ¿Quién? ¿Cuánto? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? sean mejores.”
Desde aquí formularemos algunas preguntas y anotaremos algunas observaciones.

Quizás lo primero que podemos preguntar es hasta qué punto descubrir esencias es el objetivo último de la indagación filosófica. Una cosa es identificar los tipos de preguntas que mejor permiten arribar a la esencia, otra es poner en entredicho que las respuestas que definen una esencia sean las más fundamentales en el ejercicio filosófico. Una tercera cuestión, derivada de esta última, giraría alrededor de no suprimir la pregunta por la esencia, pero sin afirmar que ese es el nivel fundamental, sustancial, más allá del cual nada puede ser indagado. Quizás este nivel guarde debajo de sí una riqueza dinámica a la que, en tanto se siga manteniendo la pregunta ¿Qué es…? con su correspondiente esencia abstracta como respuesta, sólo estemos ocultando.
Tomando este camino, el movimiento deleuziano nos lleva a acercar a la Idea al nivel de los accidentes por sobre la esencia, en una inversión de los parámetros de la filosofía clásica. Podríamos preguntarnos si el problema de la esencia y el accidente es análogo al problema de lo que se repite y lo que se diferencia. Desde un punto de vista no deleuziano lo que se repite es la esencia y los accidentes son lo que se diferencia en cada una de sus repeticiones. En este sentido Deleuze deberá afirmar que no hay repetición sin diferencia y así caerá el primado de la esencia sobre el accidente.
Suponiendo que Deleuze logre componer todos los problemas ontológicos derivados de esta posición, ¿qué implica la primacía del accidente por sobre la sustancia? ¿Qué implica políticamente para la formación de una comunidad? ¿Qué implica estéticamente para la afirmación del status artístico de una obra de arte? ¿Implica lógicamente poner en riesgo el mismísimo principio de identidad? (Estas parecen preguntas del tipo ¿Qué es…?). No sabemos si para salvar el problema del principio de identidad es que Deleuze traza la distinción entre différentier y différencier, o si finalmente es un problema que quedaría anulado al interior mismo de una ontología en la que los accidentes en algún sentido, constituyen de manera fundamental a las sustancias.
Pero vayamos a un ejemplo que plantea el mismo Deleuze alrededor de un tema central en la historia del quehacer filosófico: la verdad.
"No basta con preguntar abstractamente '¿Qué es la verdad?'. Preguntamos quién quiere la verdad, cuándo y dónde, cómo y cuánto, y nuestra tarea consiste en asignar sujetos larvados (el celoso, pongamos por caso) y puros dinamismos espacio-temporales (bien el surgir de la cosa en sí misma a cierta hora, en cierto lugar, o bien la acumulación de indicios y signos hora a hora y a lo largo de un camino interminable)."
El concepto de verdad no será nunca un universal abstracto, válido de una vez y para siempre y en todos los casos. Dependerá de las relaciones de fuerza, de los tiempos y las intensidades, de los quiénes, de los cómo y de los cuánto.
"Dado un concepto en la representación, nada sabemos aún mediante él. Sólo aprendemos en la medida en que descubrimos la Idea que opera bajo tal concepto, el o los campos de individuación, el o los dinamismos que determinan su encarnación; únicamente en estas condiciones podemos penetrar en el misterio de la división de conceptos. Y todas estas condiciones definen la dramatización y su corte de preguntas: "¿en qué caso?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿cuánto?".
domingo, 12 de febrero de 2012
ÁGORA


viernes, 6 de enero de 2012
IMPERIO

Luego del derrumbe de la URSS, asistimos a una acelerada globalización que está debilitando cada vez más la soberanía de los Estados-nación, a la vez que se materializa el “imperio”, una nueva forma de soberanía global “compuesta por una serie de organismos nacionales y supranacionales”. Debilitamiento de los Estados-nación y fortalecimiento del imperio, son dos caras de la misma moneda.
No hay que confundir al imperio naciente con el imperialismo, este último es un fenómeno que se basa en la expansión del territorio y poderío de los Estados-nación. El imperialismo ejerce su poder desde su capital, establece fronteras delimitadas. “En contraste con el imperialismo, el imperio no establece ningún centro de poder y no se sustenta en fronteras o barreras fijas. Es un aparato descentrado y desterritorializador”. Además, las identidades que maneja son híbridas y las jerarquías flexibles.
Estos cambios se corresponden con la transformación de la producción, desde un régimen industrial en fábricas a otro comunicativo, afectivo. “En la posmodernización de la economía global, la creación de la riqueza tiende aún más hacia lo que llamaremos la producción biopolítica”. El imperio tiene tres características principales: no tiene fronteras territoriales, se presenta por fuera del régimen histórico (no tiene fronteras temporales), domina todos los órdenes del mundo social (no tiene frontera su control interno). “El imperio no sólo gobierna un territorio y una población, también crea el mundo mismo que habita.” En cuarto lugar, aunque el concepto de imperio esté dedicado a la paz, su práctica está “bañada en sangre”.

Negri y Hardt explicitan la tarea política a realizar, que consiste no tanto en resistir a estos procesos, cuanto en “reorganizarlos y redirigirlos hacia nuevos fines”, aparece aquí “la multitud” como el sujeto político colectivo que permitiría construir un “contraimperio”, que invente nuevas formas democráticas y que permita superar en última instancia el dominio imperial.
El orden que se está formando no surge espontáneamente ni por el mercado ni por la astucia de la razón, pero tampoco está dirigido desde un poder oculto, central y omnisciente. Hardt y Negri quieren dar cuenta de la constitución del imperio en términos jurídicos, para eso analizan el surgimiento de las Naciones Unidas, que representa a la vez la maduración y la crisis de un orden internacional que se encamina pronto hacia un orden global. Hans Kelsen fue uno de los padres teóricos de la validez del derecho internacional (y en última instancia supranacional) para fundamentar el derecho estatal. Buscaba una norma fundamental, universal, a partir de la cual toda otra ley se debería formar. Pero entre la teoría de Kelsen y la realidad, pasaron muchas cosas, entre ellas, empezó a tomar forma “el concepto jurídico de imperio”, que plantea un cambio de paradigma jurídico.
Las transformaciones jurídicas ponen de manifiesto los cambios que nos llevan al imperio y que por supuesto implican transformaciones políticas, culturales y ontológicas. Investigando su genealogía se puede ver que el imperio romano ha tratado de unificar derecho y ética y presentarse como “permanente, eterno y necesario”. Los dos caminos que se desarrollaron en la modernidad: el del derecho internacional y de la utopía de la “paz perpetua” parecen unificarse en el nuevo derecho del imperio. La resurrección del concepto de “guerra justa” es un signo importante del advenimiento del imperio.
El imperio es un sistema jerárquico, que produce legitimidad desde una estructura dinámica y flexible articulada horizontalmente a la vez que reclama una autoridad central. Los valores que lo fundamentan son la paz y el equilibrio. Se presenta como una máquina de creación continua de acuerdos que crean un requerimiento de autoridad. La autoridad imperial es convocada para resolver conflictos y debe estar respaldada por consensos. La autoridad, como lo mostró Schmitt, está asociada a la capacidad jurídica de definir la excepción y aplicar los instrumentos necesarios para solucionar las crisis. Se funda así un derecho de policía universal. Este derecho de policía queda legitimado por valores éticos universales que permiten intervenir en los Estados particulares. Los individuos entramos en relación directa y ya no mediada por lo local, con los valores éticos universales. Pero el imperio naciente puede ser visto a la vez como un imperio en crisis, decadencia o corrupción. “La cuestión de la definición de la justicia y la paz no alcanzará una verdadera resolución; la fuerza de la nueva constitución imperial no se corporizará en un consenso que se articule en la multitud.”





