lunes, 17 de mayo de 2010
EL JUEGO DE LA VIDA 1
domingo, 16 de mayo de 2010
PEQUEÑA JERUSALEM
Pone en el seguro terreno de lo prohibido todas aquellas situaciones que pueden amenazarnos. Nos resguarda de lo que nos despedaza, nos cobija sobre todo de no ser gobernados por quien no elegimos, de estar a merced de lo evanescente.

Laura es una bellísima y joven estudiante de filosofía de un barrio judío de París. Su religión es la de la Torah, la del libro, la de la ley. Vive en un hogar ortodoxo, gobernado por la ley de un padre ausente. La ortodoxia en el judaísmo es sobre todo el apego a la letra de las leyes bíblicas. No sorprende entonces que en el pequeño escritorio de su habitación donde Laura estudia filosofía, haya una imagen de Immanuel Kant, el filósofo jurídico por excelencia.
Al contrario de lo que creen muchos de sus compañeros de estudio, Laura entiende que la libertad se juega en la obediencia a la ley y no como parecería en la rebeldía. Elegir obedecer una ley es para Laura la afirmación mayor del acto de libertad para mantenerse a resguardo de lo que acecha, para no ser presa de sus pasiones. ¿Cómo ser libre siendo presa?
Para ella, para su hermana Mathilde y para su madre, el amor se juega entre la prisión de la ley y la prisión del deseo. La repetición de los gestos, el agotamiento de los rituales impuestos, tienen una fuerza que pretende conjurar el movimiento continuo del erotismo. Y el problema se presenta tanto cuando lo logra, como cuando fracasa. La ley sabe de su fracaso, porque el padre mismo fracasa.
Cada uno de los personajes de la película entiende -para acatarlo, para rebelarse, para sufrirlo- que la ley nunca será un bastión lo suficientemente seguro.
Someterse a la propia ley es ser libre. Pero sigue siendo un sometimiento.
Laura va, como un frágil péndulo entre un sometimiento y otro, se hace dueña de sí, se aliena, detiene su existencia, se abandona.
sábado, 15 de mayo de 2010
CUATRO VECES FOUCAULT
"En cuanto al problema de la ficción, es para mí un problema muy importante; me doy cuenta de que no he escrito más que ficciones. No quiero, sin embargo, decir que esté fuera de la verdad. Me parece que existe la posibilidad de hacer funcionar la ficción en la verdad; de inducir efectos de verdad con un discurso de ficción, y hacer de tal suerte que el discurso de verdad suscite, "fabrique" algo que no existe todavía, es decir "ficcione". Se "ficciona" historia a partir de una realidad política que la hace verdadera, se "ficciona" una política que no existe todavía a partir de una realidad histórica."

"Pensar, ni consuela ni hace feliz. Pensar se arrastra lánguidamente como una perversión; pensar se repite con aplicación sobre un teatro; pensar se echa de golpe fuera del cubilete de los dados. Y cuando el azar, el teatro y la perversión entran en resonancia, cuando el azar quiere que entre los tres haya esta resonancia, entonces el pensamiento es un trance; y entonces vale la pena pensar."
"Pero, ¿qué puede ser hoy la filosofía -quiero decir la actividad filosófica- si no es el trabajo crítico del pensamiento sobre sí mismo? Y si no consiste en tratar de, en lugar de legitimar lo que ya se sabe, saber cómo y hasta dónde sería posible pensar de otro modo. Siempre hay algo de irrisorio en el discurso filosófico cuando quiere, desde el exterior, imponer su ley a los otros, decirles dónde está su verdad y cómo encontrarla, o cuando se empeña en constituir su proceso como positividad ingenua, pero está en su derecho de explorar lo que, en su propio pensamiento, puede ser cambiado mediante el ejercicio que hace de un saber que le es extraño."
martes, 11 de mayo de 2010
KANT Y LA ISLA IMPOSIBLE

Todo pensamiento expresa una tensión y se funda en ella.
La filosofía kantiana no es la excepción, es la arquitectónica de un inmenso y complejo andamiaje conceptual que da cuenta de esa tensión y que sabe que es incapaz de resolverla.
La tensión está, en términos kantianos, entre lo condicionado y lo incondicionado.
La revolución copernicana kantiana saca a flote un terreno seguro, una isla de conocimiento, "la tierra de la verdad (un nombre encantador)" dirá el viejo Kant. De las sombras fantasmales de la metafísica dogmática a la segura tierra del entendimiento. De las peligrosas aguas del escepticismo humeano, a los seguros pilares de las formas puras a priori. Con gran esfuerzo logra Kant hacerse dueño de esa pequeña isla, en ella nuestro conocimiento está a salvo de seres fantásticos o divinos. Podemos entonces en tierra firme hacer ciencia, ciencia moderna. Podemos dominar a la naturaleza pues el fundamento de tal dominio está en que hemos puesto límites a nuestras pretensiones.
La filosofía kantiana es una filosofía del límite.
Pero un límite tiene que ser puesto allí donde se sabe que puede ser traspasado y que hay una propensión a hacerlo. Lo condicionado no alcanza, no nos es suficiente. Sobre todo en tanto somos, como dice Schopenhauer "animales metafísicos". Kant lo sabe muy bien y por eso se ocupará de lo incognoscible, de la libertad, de la belleza, de todo aquello que pueda tender algún tipo de puente entre nosotros y el mundo. Porque tenemos que ser claros, el precio a pagar por la seguridad del conocimieno es la alienación definitiva del acceso al mundo.
El conocimiento humano es un movimiento de aislación.
Lo paradójico de esta isla es que allí no habitamos, tendemos a la aventura, a salir de Königsberg. Y no seamos ingenuos, Kant también, él más que muchos. Porque más allá de que lo incondicionado nos llame en tanto somos seres libres, el mundo nouménico parece colarse aún en esta isla segura del entendimiento. En la Analítica Trascendental no termina la filosofía kantiana. Allí empieza.
El noúmeno es aquello incognoscible que acecha como límite en el campo mismo de conocimiento.
Y la categoría de posibilidad es el espía que lo incondicionado envía al corazón mismo de la tierra de la verdad. Como categoría del entendimiento su función es clara, sus límites son claros, tiene que conocer lo fenoménico, que se define por ser dado primero a nuestra sensibilidad. ¿Pero cómo conocer aquello que nunca se presenta a nuestra sensibilidad, aquello que es meramente posible y no existente? ¿Qué tipo de entidad fenoménica es aquella que es estrictamente "posible"?
No solamente tenemos facultades que están a sus anchas en el mundo de lo incondicionado. El entendimiento mismo que debería ser el baluarte del conocimiento científico, también tiene una tendencia a ir más allá de sus propios límites.
Hay lo impuro en el corazón mismo de lo puro.
Hay la imposibilidad de una isla.
sábado, 8 de mayo de 2010
RICARDO FORT

Lo que hace que Ricardo Fort sea tan funcional a los medios de entretenimiento masivos es que ambos son bajo el modo de la repetición. Fort es millonario y excéntrico, su dinero tiene valor en tanto pura mostración, por eso todo en él es brillante y aceitoso. Él encarna un mensaje claro y transparente: la riqueza es derroche y despilfarro. A nadie convencen ya los millonarios que, al estilo de Bruno Diaz, invierten sus fortunas en sostener proyectos ético-políticos y con esos fines presentan una fachada de mesura y recato. El modo de entretenimiento televisivo tampoco soporta los dobles discursos, sólo repite lo evidente. Es un ir de una imagen a otra sin promesa de novedad o cambio, con la misma autorreferencialidad con la que el dinero se muestra a sí mismo. El entretenimiento tiene la lógica de la distracción en la multiplicación de la superficie, pretende que no pase nada. La repetición dice "yo soy todo lo que hay". Y vuelve a empezar.
domingo, 18 de abril de 2010
SERAPHINE

El francés René Descartes afirmó que hay dos sustancias separadas e independientes. Gustaba llamarlas res cogitans y res extensa. Su compatriota Séraphine, sabe que esa tal separación es falsa, insuficiente para explicar su relación con el mundo natural, con los árboles, las hojas, con la materia prima de sus pinturas. También es insuficiente para explicar su relación con el mundo sobrenatural, mediado, entreverado con esa naturaleza. Panteísmo y cristianismo en una particular fusión que hacen de la vida de Séraphine el punto de equilibrio precario entre lo trascendente, lo inmanente y el existente humano. La intensa relación que tiene Séraphine con lo matérico es, sin lugar a dudas, de una profunda espiritualidad. Los ángeles con quienes habla Séraphine la mantienen despierta por las noches, pintando febrilmente gigantescas hojas, marañas de frutos salvajes que se multiplican como plagas.

Séraphine es capaz de robar, de cometer pequeños pecados para conseguir los materiales con los que trabajará con sus manos. La relación entre la artista y sus pinturas, es la de la cocinera con sus guisos, Séraphine tiene sus secretos de cocina que le permiten conseguir los rojos más intensos. El daimon le ordena pintar, y ella obedece, como lo hace con las señoras que la contratan para fregar pisos y lavar sábanas en el río. Pero a ella no le importa su condición de pobreza, pero a ella parece que no le importa su condición de pobreza. Así es que apenas puede, Séraphine se lanza a concretar sus sueños, sus planes que la saquen de la humillación constante, el vestido de novia, la inmensa mansión, la platería. Este movimiento súbito la desequilibra definitivamente. Ya todo el mundo: hombres-árboles-ángeles debería amarla, debería estar con ella. Ya en su obra todos podrían fundirse en un gesto infinito de admiración. Pero el mundo se rebela incapaz de este infinito amor, el mundo es contingente, el mundo es absurdo, el mundo la sigue humillando aún triunfante.

Séraphine enloquece porque no hay posibilidad de redención divina o terrena. ¿Qué motivo habría para seguir operando en el simulacro de la normalidad?
lunes, 29 de marzo de 2010
UN VIDRIO
Hay distintos modos de transitar la ciudad. Desde el auto todo transcurre sin grandes contratiempos una vez que uno aprendió a resignarse al tráfico del centro porteño. Y es bien sabido que una resolución eficaz para la resignación es el aislamiento. Con las ventanas bien cerradas por el frío, la radio prendida y el automatismo de frenar y arrancar esquivando motos y colectivos, los edificios y los semáforos se suceden. Somos lo que parecemos, pequeños destinos volviendo a nuestros hogares, ensimismados, abismados en nosotros mismos. Los otros autos, la gente agolpada en los colectivos o aún más contracturada por debajo, en el subte, todos somos lo que parecemos. Una marea humana de aislamiento en la muchedumbre, un terror de mirarnos a los ojos, porque ¿qué hemos de hacer si nos encontramos?
En la esquina de Avenida Córdoba y Larrea, en ese lugar donde el transitar se hace espeso, justo en ese lugar, Luis limpia los vidrios de los autos atrapados por el semáforo. Más que preguntar, la realidad irrumpe. Y eso es Luis, aunque él lo desconozca, porque su condición de sujeto le es negada sistemáticamente. Es una realidad humana que irrumpe de tal modo que uno no pueda decir que no. Voy a explicarme mejor. La mayoría de los automovilistas dicen “no”, pero el aviso ya está dado. La mecánica de la ciudad es de autos por las calles y transeúntes por las veredas. Tránsito, trenes, transeúntes y Luis. ¿Qué es lo que él está haciendo allí?
Si le preguntáramos, él diría “me estoy ganando una moneda”. Si le damos una moneda, como si fuera una limosna, él nos dice “dejame que me la gane” y nos limpia el parabrisas aunque esté impecable. "Trabajo" es la palabra que me parece más adecuada, pero ¿quién se atrevería a decirlo? Porque si eso es trabajo ¿qué nos diferencia a los que vamos dentro del auto, los que trabajamos de verdad? En esos lugares preparados para trabajar, está claro cuál es el adentro y cuál el afuera. Y lo mismo pasa cuando vamos en nuestros autos.
Nosotros, los que no estamos obligados a establecer nuestro trabajo en un lugar donde se transita, los que podemos decir “yo trabajo” sin generar polémicas. Nosotros, los que tenemos curriculum vitae, tarjetas personales, escritorio, los que tenemos la billetera llena de credenciales con nuestro nombre. Los que pertenecemos al gimnasio, al banco, al videoclub, al supermercado, a la medicina privada. Nosotros, los que estamos habilitados, los que estamos de este lado del vidrio.
Y del otro lado, Luis, con su nombre de rey francés, con su pequeña violencia que trastoca el orden de autos y transeúntes. Obligado a abrir un espacio antes inexistente, no pensado para el trabajo, no pensado para las personas, sino para los automóviles y los autómatas que los conducen. Luis en ese no-lugar, irrumpiendo en ese brevísimo momento en que el semáforo nos detiene y no hay tiempo para la pregunta. Decimos que sí o que no, gesticulamos, bajamos la radio, bajamos la ventanilla, quizás le preguntamos a Luis su nombre. Quizás nos responda “Luis” y nos desee buen fin de semana.
